EL ÚLTIMO ALIENTO

LIENZO EN BLANCO

La imagen de un lienzo en blanco aún inviolado siempre le producía la misma sensación embriagadora. Un rayo de excitación nerviosa le recorría todas las entrañas justo cuando tomaba el primer pincel y lo sumergía lentamente, con sumo cuidado, con precisión calculada, midiendo la profundidad exacta con la que penetraba la punta en el pequeño montón de óleo que se ordenaba junto a sus compañeros de paleta, formando un círculo exacto de colores.

Hacía tiempo que había descubierto su capacidad, y desde entonces, desde el momento en el que recibía el don directamente de la mano de Dios, toda su vida se transformaba. En cada uno de los momentos que ocupaban su existencia se empeñaba en dar salida a un ímpetu incontrolable por cumplir con su cometido en la Tierra. Prácticamente se trataba de una obsesión, pero por primera vez en su vida creía estar dando sentido a cada uno de sus actos conscientes, e inconscientes en ocasiones; porque incluso cuando dormía, cuando se dejaba sucumbir rendido por la falta de sosiego mental, era capaz de recrear en sueños todos y cada uno de los actos pasados y también futuros que envolvían esta su nueva capacidad. Cada momento del día, cada minuto de la película en la que se proyectaba su vida, era víctima de una sensación de zozobra perpetua que solo se aplacaba justo en ese instante en el que veía el óleo sucumbir a la embestida del pincel dominado por su mano. Toda la angustia acumulada durante días, toda la tensión, toda la presión que se agolpaba en su cabeza en forma de anhelo por dar rienda suelta a su talento, se aliviaba repentinamente dando paso a un estado de abstracción mental inalcanzable para cualquier otro mortal. Cuando el pincel comenzaba a correr por la tela dejando tras de sí la estela pigmentada en negro, comenzaba él con su particular catarsis sensorial.

A partir de ese instante en el que su mano iniciaba el vals por la pista imaginaria que formaba el espacio vacío entre la paleta y el caballete, acompañada de su pareja de baile, el pincel recién estrenado para lucir con honor su mejor traje de gala, todo a su alrededor dejaba de tener presencia. No importaban ya las largas jornadas de meditación confusa en búsqueda de una explicación razonable que diera sentido a aquél deseo incontrolable, ni las largas horas previas en las que, frenéticamente, acondicionaba con ahínco excesivo la estancia sobre la que más tarde tendría lugar aquella redención corporal de la que él se sentía el auténtico artífice y protagonista al mismo tiempo. Todo desaparecía y se volvía oscuro en el momento en el que la música comenzaba a oírse en su cabeza, y se abría un túnel directo entre su mirada, la modelo y el lienzo, sobre el que dibujaba en negro la primera forma de su retrato. En negro, porque así era como él creía estar convencido de que Dios había decidido teñir el marco de las puertas de cielo.

1

No se puede decir que mi vida hubiese cambiado mucho, pero después de mi aventura andaluza el verano anterior, en la que un par de matones rumanos primero y un guaperas chulo de playa más tarde a punto estuvieron de acabar con mi vida, sí que es cierto que había germinado en mi cabeza una pequeña semilla de sensatez. Le costaba crecer, tal vez porque seguía regándola cada noche con alguna copa más de la cuenta, pero ya empezaba a dejar ver una punta de su raíz que poco a poco iba agarrándose a mi cerebro y que, aunque aún no tenía la fuerza suficiente para impulsar un cambio total de conducta, sí al menos había conseguido que todas las mañanas, después de una noche de baile con mis incondicionales anónimos amigos de barra, al despertar mi conciencia tuviese una dura audiencia con el remordimiento.

Habían pasado cuatro meses desde que había recibido la carta de mi clienta gaditana, agradeciéndome los servicios prestados con un pequeño regalo en forma de nota de reconocimiento, escrita en el papel impreso de una de sus chequeras. En un primer momento no estuve seguro de que aceptar aquel dinero no supusiese a la larga una carga de ética mayor de lo que estaba acostumbrado a digerir, pero tengo que reconocer que después de leer la cifra varias veces, alguna de ellas en voz alta, conseguí deshacerme por completo de la sensación de traición hacia mi condición de personaje independiente y autosuficiente, y decidí cambiarla por la de recompensa merecida por la mala experiencia sufrida. Además, aquella cantidad que no me permitía ni mucho menos pensar en retirarme, sí que supuso el empujón que mi carrera como investigador privado estaba necesitando.

Los meses siguientes a la recepción de la carta fueron vertiginosos. Lo primero, después de un par de años pasando las noches entre bares de mala muerte y el centro comercial en el que trabajaba de segurata, decidí dejar una de las dos cosas y volcarme por completo en la otra. Así que, sin pensarlo un solo instante, al día siguiente de cobrar el cheque e ingresarlo en mi cuenta, me pasé por las oficinas de la empresa de seguridad y gustosamente presenté la dimisión. No se puede decir que se pusieran a llorar cuando les dije que me iba, tampoco yo esperaba que lo hicieran, pero tengo que admitir que un poco herido en mi corazoncito sí que salí de allí, después de que el tipo de Recursos Humanos no se dignara a levantar la cabeza de sus papeles mientras yo le explicaba los motivos de mi abandono. Se limitó simplemente a darme un formulario y a pedirme que lo cubriese y lo dejase en la mesa de su secretaria antes de irme. Esa misma noche, tratando de ahogar el desdeñoso trato recibido, liberado ya de mi responsabilidad laboral y con la cartera bien acolchada, celebré en la Taberna de Moe en compañía de Barney, Lenny y el resto de los amigos pseudoalcohólicos mi definitiva emancipación profesional. Ellos sí que se alegraron de verme tan decidido, sobre todo después de la cuarta ronda de todas las que pagué aquella noche.

Al día siguiente no, no podía, pero dos más tarde comencé con la segunda de las mutaciones. En este caso me empeñé en trasformar mi imagen de investigador, empezando por el local en el que tenía mi centro de operaciones. En solo dos semanas conseguí deshacerme del bajo que mi tío me había dejado en herencia, vendiéndoselo a un fontanero particular que necesitaba un sitio en el que guardar los materiales y las herramientas que usaba habitualmente en su trabajo. Es cierto que tuve que malvenderlo; de ningún otro modo hubiera encontrado a nadie tan desesperado para invertir su capital en él, pero con el dinero de la recompensa, llamémoslo así, más lo que saqué por la venta del local, pude buscar un sitio más confortable para realizar mis dos actividades fundamentales. Por un lado, vivir algo más cómodo de lo que lo había hecho durante mi estancia en Madrid en la pequeña boardilla de veinticinco metros, y por el otro, ocupar una de las habitaciones de mi nueva residencia para instalar un buen escritorio de madera de roble comprado de segunda mano, y un par de sillones de despacho que le daban un aspecto más profesional a la oficina en la que pensaba recibir a los futuros clientes.

Por mediación de una agencia había conseguido encontrar un céntrico apartamento de dos habitaciones, salón, cocina y cuarto de baño, medianamente amueblado y listo para entrar a vivir. Era algo más caro de lo que en un principio me hubiese gustado, pero con la cuenta saneada, a poco que tuviera tres o cuatro trabajillos al mes para cubrir los gastos, podría mantener el piso durante unos años. Ese tiempo era muchísimo más de lo que yo era capaz de planificar a largo plazo, así que no dudé un instante en mudarme allí una vez que la chica de la inmobiliaria me lo hubo enseñado.

Se trataba un lugar bastante acogedor y tenía un estupendo pasillo central al que se accedía directamente desde la puerta exterior, y del que podías llegar a todos los cuartos de la vivienda, añadiendo la posibilidad de aislarlos si mantenías las puertas interiores cerradas, que era eso precisamente lo que yo hacía. De esta manera, si un cliente llamaba desde el portal usando el interfono, cuando alcanzaba el piso en el que estaba el apartamento, podía nada más bajarse del ascensor dejarse guiar por la placa grabada con mi nombre y remachada junto a la entrada; “Isaac Molina. Investigador Privado”. Ya en el interior, el visitante no atisbaba más que un pequeño pasillo iluminado por una lámpara central, con tres puertas cerradas y una abierta, que era la del despacho. Así podía mantener separada mi vida personal de la laboral, y conseguía dar un aspecto más profesional a mi nueva agencia de investigación.

 

Llevaba algo más de cuatro semanas en el nuevo apartamento cuando apareció la chica. Era una tarde lluviosa y fría del mes de enero. Después de una reconfortante siestecilla al son del soporífero murmullo de la televisión, mientras escuchaba la cafetera roncar y el olor a café recién hecho inundaba toda la vivienda, de pie junto a la ventana, concentrado en la lluvia que golpeaba con fuerza sobre el asfalto de la calle, y sintiendo los últimos suspiros de un cigarrillo a punto de agotarse, el estruendo del timbre, me sobresaltó hasta el punto que casi consigo quemarme con la colilla que se me escapó de entre los dedos. Tardé un rato en reaccionar a la llamada. Cuando por fin acabé de recoger la ceniza, abrí la puerta del portal y esperé paciente en el pasillo, finalizando antes el ritual que escrupulosamente me llevaba a cerrar todas las puertas del apartamento, abrir la del despacho, encender la luz del corredor, y vaciar medio bote de ambientador con aroma de lavanda para disimular el olor que el tabaco dejaban adherido al mismísimo yeso de las paredes. No tardé en escuchar el ascensor cerrarse en el rellano de la escalera. Abrí mi puerta antes de que el visitante llegase a ella.

Se trataba de una mujer joven. No más de treinta. Morena, con la melena ondulada a la altura de los hombros, estatura media y buena figura. Vestía unos pantalones vaqueros ajustados, y llevaba puesto un abrigo corto de color negro. En su mano derecha portaba un paraguas cerrado chorreando agua sobre la cerámica del rellano.

―¿Isaac Molina? ―preguntó deteniéndose nada más verme aparecer tras la puerta.

―Yo mismo ―respondí.

La chica dio un paso al frente y se acercó a mí.

―Es usted el investigador privado, ¿no? ―volvió a preguntar

―Bueno. Eso pone en la placa ―respondí señalando con la cabeza el letrero dorado grabado con mi nombre.

―Necesitaba hablarle de un asunto.

―Está bien, pase por favor. No se quede en la escalera.

Me hice a un lado y la invité a pasar al interior del apartamento. La chica se quedó un instante inmóvil en la entrada mirando al fondo del pasillo, dudando qué dirección tomar.

―Vaya al despacho ―indiqué―, hacia la puerta que está abierta.

Se volvió hacia mí y levantó el paraguas empapado.

―Se lo voy a poner todo perdido ―advirtió.

―No se preocupe. Déjelo aquí junto a la entrada. Luego ya pasaré un trapo para secar el suelo.

La mujer aceptó mi propuesta y posó el paraguas junto al marco, apoyando el asa en la pared para que no se cayera. Al segundo de dejarlo ya se había formado un pequeño charco bajo la punta y eso me recordó la necesidad de comprar un paragüero.

Caminó despacio hacia el despacho y al entrar, después de lanzar una mirada por toda la habitación, se dirigió hacia una de las dos butacas que tenía situadas frente al escritorio. Yo por mi parte pasé al otro lado y me senté en la mía. Me quedé un segundo mirando hacia ella. Había adoptado una postura rígida, sin descansar la espalda en el respaldo y con las manos entrelazadas posadas sobre las piernas, que las mantenía juntas. Parecía nerviosa. Yo en parte también lo estaba. Era mi primer cliente después del cambio de imagen corporativa.

―Usted dirá. ―La animé a comenzar hablando.

―Verá, no sé muy bien por dónde empezar. Nunca antes había hecho algo parecido ―lo dijo como si estuviese a punto de cometer un delito.

Esperé en silencio a que continuara.

―El motivo de mi visita es que necesito encontrar a una persona. Bueno, más que encontrarla, necesito saber qué le ha ocurrido.

Joder, no me lo podía creer. Habían pasado varios meses desde que me había visto envuelto en otro caso de búsqueda, y después de aquella aventura, todos mis esfuerzos se habían centrado en provocar un cambio en mi estatus. Esta era la primera ocasión en la que alguien venía solicitando un servicio desde que me había instalado en la nueva residencia y a priori me estaba planteando un caso de características similares. Si seguía por este camino, me iba a convertir en el nuevo Paco Lobatón.

―Explíquese por favor ―le pedí haciendo un gesto con la mano derecha para que tomara de nuevo la palabra.

―Mi compañera de piso ha desaparecido ―afirmó directamente.

Miré hacia ella levantando las cejas.

―Necesitaré algún dato más ―añadí.

―Sí, claro.

La mujer se inclinó hacia atrás en la silla y desenlazó las manos.

―Hace ahora casi un año que estoy compartiendo piso con otra chica ―empezó hablando despacio―. Se llama Rebeca. Es una mujer muy discreta. Tanto, que después de todo el tiempo que he compartido con ella apenas conozco poco más que su nombre. Lo único que puedo decir sin ningún miedo a equivocarme es que se trata de una buena persona ―aseguró con firmeza.

―Entiendo. Continúe por favor.

―Bien. Como le decía, Rebeca llegó a mi casa hace un año y desde entonces no ha pasado un solo día en el que no haya sabido nada de ella. No siempre coincidimos, tenemos horarios distintos ―explicó―, a veces simplemente sé que ha pasado por casa porque cuando yo vuelvo me encuentro con algún plato en el fregadero, alguna prenda en el cesto de la ropa sucia, la cama sin hacer… Ya sabe, este tipo de cosas que siempre hay cuando compartes piso con otra persona.

Se quedó callada esperando una reacción por mi parte.

―¿Y bien? ―insistí.

―Pues que hace tres semanas que no sé nada de ella. Es como si se la hubiese tragado la tierra ―declaró con solidez. Parecía molesta―. Una mañana se levantó, y simplemente desapareció.

En silencio saqué un cuaderno que aún permanecía sin estrenar en uno de los cajones de la mesa, y tomé un bolígrafo de un pequeño bote metálico enrejado de color negro que tenía perfectamente colocado en una esquina del escritorio. Las dos cosas me habían costado un euro con setenta y cinco céntimos en un chino cercano.

―Veamos ―dije abriendo el cuaderno por la primera hoja―. Su amiga Rebeca, la que lleva viviendo con usted desde hace más de un año, dice que de buenas a primeras, un día se levantó de la cama, se fue, y desde entonces ya no ha vuelto a saber nada de ella; y esto sucedió hace exactamente tres semanas.

―Bueno, casi tres semanas ―corrigió―. Este viernes hará justamente tres semanas.

―De acuerdo. Eso quiere decir que el día que desapareció fue un viernes.

―Así es ―confirmó mientras que yo hacía un cálculo mental rápido para averiguar la fecha concreta de la desaparición. Después la anoté en el cuaderno.

―Usted explicaba hace un momento que no solían coincidir en el apartamento, así que ¿cuándo se dio cuenta de que la chica se había ido?

―Eh…

Hizo otra pequeña pausa reflexiva antes de comenzar con la explicación.

―Rebeca trabaja de camarera en un pub en Chueca. Normalmente ella entra a las ocho de la tarde los días de semana, y regresa de madrugada. Yo me suelo levantar sobre las siete de la mañana, así que cuando me voy al trabajo ella sigue aún durmiendo. Cuando regreso, normalmente ella ya se ha ido. Solo coincidimos un día por semana que ella descansa, y los fines de semana que soy yo la que no trabajo; aunque los sábados y los domingos ella entra primero, y como no sale de la cama antes de las doce del mediodía, pues comprenderá que tampoco tenemos mucho tiempo para coincidir.

―Entiendo ―afirmé sin tener muy claro si de verdad había entendido el baile de días, de entradas y salidas de una y de la otra en su propia casa.

―Bueno; pues el viernes del que le hablo, cuando me levanté de la cama, ella se encontraba durmiendo como de costumbre. No la sentí llegar esa noche pero, cuando yo me acosté, la puerta de su habitación estaba abierta y por la mañana estaba cerrada a cal y canto. Esa es la manera que tengo de comprobar habitualmente que ella ha vuelto a casa sin problemas. Después, yo me fui a trabajar como de costumbre. Ese día salí del trabajo y me quedé a tomar algo con unas compañeras cerca de la oficina, y alrededor de la una de la madrugada regresé a casa. Cuando llegué, Rebeca ya no estaba.

―Hasta ahí todo era normal, ¿no? ―observé.

―Sí, hasta ese momento todo me parecía normal. Supuse que ella se había ido a trabajar, como hace todas las tardes.

Volvió a quedarse en silencio para ordenar las ideas. Yo no dije nada y esperé paciente a que continuara con el relato.

―Lo extraño comenzó a la mañana siguiente ―continuó.

Noté un pequeño cambio en el tono de su voz. Parecía que el recuerdo de aquella jornada le producía cierto estado de nerviosismo.

―¿Qué ocurrió? ―pregunté.

―Pues que esa mañana, cuando me desperté y me dirigí hacia el baño, vi que la puerta de su habitación continuaba abierta. En ese momento pensé que quizá ella se había levantado temprano y se había ido a algún sitio.

―¿Tan temprano? Me decía que usted se levantaba sobre las siete de la mañana ―la interrumpí recordado lo que hacía unos segundos acababa de explicarme sobre los hábitos de su compañera.

―Sí, es cierto. Pero no los sábados ―aclaró―. Además, como la noche anterior había estado tomando alguna copa y llegué más tarde de lo normal, cuando abrí los ojos eran más de las once.

―Está bien. Siga.

―Bueno, como decía, fui al baño sin darle mucha importancia al asunto. Después de ducharme me acerqué hasta la cocina, y ahí fue cuando empecé a sospechar que algo no iba bien.

Asentí para que continuara.

―Ya le había dicho que Rebeca es una buena chica, le tengo mucho aprecio, pero como compañera de piso es un desastre. En todo un año de convivencia no ha habido un solo día en el que al levantarme e ir a desayunar, no me encontrara con los restos de un huracán esparcidos por la cocina. No sé cómo es capaz de conseguir tanto desorden en tan poco tiempo.

Aguardó un segundo, apartó el pelo de la frente, y después retomó la conversación.

»Verá. Cada noche, cuando regresa del bar, tiene la costumbre de tomarse un vaso de leche y comer algo de lo que suelo preparar yo para cenar. Al principio no lo hacía, pero al poco tiempo de empezar a vivir con ella, me di cuenta de que era una chica que necesitaba que alguien le dedicara un poco de atención, así que por las noches empecé a cocinar para las dos y dejarle su ración apartada en un plato para que lo comiera antes de acostarse. Esa noche yo había cenado fuera, pero igualmente, antes de irme a dormir, saqué un poco de queso y de jamón que tenía en la nevera, y se lo dejé en un plato sobre la mesa con un paquete de pan tostado y un vaso limpio.

―Vaya, es usted toda una madraza ―apunté con cierta guasa.

Me parecía una actitud muy paternalista por su parte.

―No la conozco bien ―replicó un poco aireada―, ya le he dicho que es una chica muy discreta y no sé muy bien cómo ha sido su vida antes de entrar en la mía, aunque estoy convencida de que no ha debido de ser fácil. No sé por qué, pero desde que llegó a mi casa he tenido siempre la sensación de que era una mujer con un profundo déficit de afecto.

―Está bien, lo entiendo. Por favor continúe con el relato…

Iba a dirigirme a ella por su nombre, y en ese momento me di cuenta de que aún no me lo había dicho.

―Perdone. No sé si ya me ha dicho su nombre.

―¿Cuál, el mío? ―preguntó.

―Sí, el suyo. Su amiga se llama Rebeca, ¿y usted?

―Ángela. Me llamo Ángela.

―Está bien, Ángela, ¿le parece que nos tuteemos ahora que nos hemos presentado? ―propuse.

―Sin problema ―aceptó.

―Bueno, pues sigue con el relato de los hechos, Ángela. Te habías levanto y al llegar a la cocina, ¿qué es lo que viste que te sorprendió?

Le lancé una sonrisa amable que ella aceptó de buen grado y que me devolvió del mismo modo. Al verla sonreír, sin el rictus rígido autodefensivo con el que había aparecido hacía unos minutos, me pareció una mujer bastante atractiva.

―Pues que en lugar de encontrarme restos de migas por toda la mesa, un plato vacío sobre la encimera, un cartón de leche fuera de la nevera, y un vaso sucio junto a la ventana al lado del cenicero, me encontré que todo estaba tal y como yo lo había dejado la noche anterior. No lo había tocado, así que me di la vuelta y fui hasta su habitación para ver si había regresado a casa esa madrugada.

―Y fue ahí cuando te diste cuenta de que no había pasado la noche en casa.

―Exacto ―confirmó―. La cama estaba deshecha como de costumbre, esa cama solo se hace los sábados cuando yo le cambio las sábanas ―explicó con resignación―, pero no había ni un atisbo de actividad reciente: ni ropa esparcida por el suelo, ni la persiana bajada, ni el calzado fuera del armario, nada. Ahí fue cuando descubrí que Rebeca no había vuelto a casa después del trabajo.

Nos volvimos a quedar callados unos segundos mirándonos directamente a los ojos, mientras yo pensaba en la siguiente cuestión. Su mirada emitía destellos de inquietud.

―De acuerdo, ¿qué hiciste después? ―pregunté.

―En ese momento nada ―respondió―. Al principio, cuando descubrí que no había dormido en casa, durante unos minutos me angustié pensando en la posibilidad de que le hubiese ocurrido algo. Hace mucho tiempo que le vengo advirtiendo que no es prudente que una chica como ella ande sola por la calle a esas horas de la madrugada.

Pero ―intervine―, que durmiera fuera de casa una noche, tampoco sería tan extraño, ¿no?

―Sí y no. Por eso digo que me angustié al principio. En todo el tiempo que hemos estado compartiendo piso, Rebeca nunca ha pasado una noche fuera de casa ―hizo una pausa―. Hasta ese día. Es por eso por lo que más tarde, sí que pensé que tal vez había conocido a alguien, o que simplemente había decido salir de fiesta después del trabajo y aún no había regresado. Todos hemos hecho eso alguna vez y ella no tenía por qué ser diferente. Aunque hasta aquel momento nunca antes lo hubiese hecho. Qué equivocada estaba… ―declaró con aflicción.

Pude ver cómo le asomaba un brillo lacrimal por los párpados inferiores y rápidamente saqué un paquete de pañuelos de papel que llevaba en el bolso del pantalón y se lo ofrecí en silencio. Lo tomó y extrajo uno con el que comenzó a secarse los ojos con cuidado para no estropear el maquillaje.

Lo siento ―se disculpó, mientras con el mismo pañuelo que había retirado las lágrimas se acariciaba la punta de la nariz.

―No tienes por qué disculparte. Es normal que estés preocupada.

Ella hizo una bola con el clínex y con un gesto nervioso se lo guardó en un bolsillo del abrigo. Después, acalorada por el mal momento del recuerdo, tiró hacia abajo de la cremallera del gabán y lo desabrochó por completo, abriéndolo por las solapas para permitir que entrara el aire hasta su pecho. Llevaba puesta una blusa blanca de lunares azul marino, con los dos botones superiores desabrochados de forma muy sugerente y elegante al mismo tiempo.

―Bueno ―continué― ¿qué es lo que hiciste más tarde?

―Pues ese día nada. Me pasé toda la mañana preocupada, intentando convencerme a mí misma de que Rebeca estaba durmiendo tranquilamente en casa de alguna amiga del trabajo o de algún chico que yo no conocía. Pensaba que antes del mediodía regresaría o me haría una llamada para explicarme dónde se encontraba.

―Pero no lo hizo ―apunté.

―No. Y no solo no volvió a casa, sino que tampoco al trabajo. No me moví del apartamento en toda la tarde esperando tener noticias suyas.  Hacia las ocho y media, como seguía sin aparecer, salí decidida a encontrarla en el bar en el que trabajaba y echarle un buen rapapolvo por haberme tenido en ascuas todo el día. Cuando llegué al pub solo estaba su compañero detrás de la barra. Le pregunté por Rebeca y él aseguró que no sabía nada de ella. Según me explicó, la noche anterior cerraron como de costumbre sobre las cuatro de la madrugada y después se fueron cada uno por su lado.

¿Y él no estaba extrañado de que su compañera aún no hubiese llegado a trabajar? ―cuestioné.

Sí lo estaba, pero también me dijo que pensaba que simplemente se estaba retrasando. Me contó que a veces llegaba un poco más tarde de la hora, pero que él solía hacer la vista gorda. Esa noche, después de hablar conmigo y antes de que yo me fuera, llamó al propietario del bar y le preguntó por Rebeca pensando que quizás ella le hubiese llamado para justificarse. El otro le aseguró que tampoco sabía nada ―confirmó.

―¿Cómo se llamaba el bar en el que trabaja? ―pregunté luego.

―Se llama “La Mercería”. Es un bar de ambiente, muy de moda en Chueca.

Anoté el nombre en el cuaderno. Después, antes de continuar hablando, revisé los pocos datos que tenía anotados hasta el momento, y me percaté de que aún no conocía la edad de la chica.

―¿Cuántos años tiene Rebeca?

Ángela dudó unos segundos.

―No lo sé ―dijo al fin.

―¿No lo sabes? ―pregunté extrañado.

―La verdad es que tengo que confesar que no. Ya te dije que es una mujer extremadamente reservada. Nunca habla de su vida y nunca ha surgido el tema de la edad. Es muy joven. Mucho más que yo. Supongo que rondará los veinte años.

Escribí la cifra junto a su nombre. Después, levanté la vista hacia la ventana y me di cuenta de que la luz del exterior era ya demasiado tenue para iluminar la habitación. Consulté la hora en mi reloj, las cinco y diez minutos, me levanté, y en silencio me dirigí hacia la puerta. Pulsé el interruptor de la lámpara del techo y una tormenta de luz artificial nos asoló, obligándonos a pestañear varias veces para acostumbrarnos. Ensimismado con el relato, no me había percatado de que llevábamos un tiempo en penumbra y supuse que a ella le había sucedido lo mismo, porque en lugar de agradecer el gesto, pareció sentirse molesta con tanto derroche energético. A continuación, me desplacé hasta la ventana y cambié la posición de las lamas de la persiana veneciana para evitar que el aumento de claridad interior nos convirtiese en un escaparate para los vecinos del edificio de enfrente. Ella siguió mis pasos con la mirada.

―Está bien. ¿Algo más que quieras contarme? ¿Algo que hicieses aquel día que saliste a buscarla a su trabajo? O, ¿algún detalle que te parezca interesante que indique qué es lo que hizo ella aquel día que desapareció, o algún otro día desde entonces? ―pregunté mientras regresaba a la mesa.

―Pues no ―respondió negando con la cabeza―. Aquella tarde, después de salir del bar en el que trabaja, regresé a casa y ya no he vuelto a saber nada de ella. Ese día no pegué ojo en toda la noche pensando que quizás le hubiese ocurrido algo y ahora, estoy segura de que ha sido así. Ya han pasado casi tres semanas y parece que se la ha tragado la tierra.

―¿No has ido a la policía? ―inquirí seguro de conocer la respuesta.

―Pues claro ―afirmó molesta por la duda―. Al día siguiente. Me acerqué a una comisaría de la Policía Nacional y puse una denuncia.

―¿Y qué han hecho ellos desde entonces?

―No lo tengo muy claro. Ese mismo día se presentaron en mi apartamento dos agentes haciéndome el mismo tipo de preguntas que acabo de responder aquí. Después, me comentaron que aún era pronto para asegurar que le había sucedido algo. Dijeron que simplemente podría tratarse de una escapada de fin de semana, o de que una chica joven, en un momento de su vida, decide cambiar de rumbo y piensa que es mejor dejar atrás todo lo que le rodea sin dar ninguna explicación. Yo creo que eso son gilipolleces ―declaró bruscamente levantando la voz―. Rebeca nunca se habría ido sin decirme nada. Después de aquel día en el que me entrevisté con ellos no he vuelto a tener noticias de la policía, salvo un par de veces que pasé por la comisaría en la que puse la denuncia y pregunté si había alguna novedad. En las dos ocasiones me explicaron que seguían con la búsqueda, pero que aún no tenían nada.

―Bueno, supongo que será difícil para ellos encontrarla ―justifiqué―. En ciudades como Madrid desaparecen personas a diario, y muchas veces vuelven a aparecer sin más, cuando la propia persona desaparecida decide dar señales de vida.

La chica volvió a negar con la cabeza.

―A Rebeca le ha sucedido algo, estoy segura ―dijo suspirando. El tono de su voz se fue apagando con el transcurso de la frase, hasta el punto que apenas pude oír la última palabra.

Volví a centrar la mirada en el cuaderno.

―Veamos. ¿Algún familiar de la chica? ―pregunté levantando la cabeza y dirigiendo de nuevo la mirada hacia ella― ¿Algún conocido de Rebeca al que podamos dirigirnos, o un sitio, aparte del bar “La Mercería”, que ella suela frecuentar?

―No lo sé ―respondió un poco abatida―. Me avergüenza decirlo, pero no tengo ni idea si para por algún otro sitio que no sea su trabajo. Ya te he explicado que es una mujer muy reservada, simplemente tengo entendido, por algún comentario que hizo alguna vez, que hace muchos años que cortó el vínculo con su familia y que es de alguna zona de la provincia de Burgos.

No dijo nada más. Yo reflexioné unos segundos oteando la hoja de papel en mi cuaderno. No había mucho por dónde empezar. Probablemente aunque tuviese muchos más datos, el asunto también resultaría un tanto peliagudo, pero tenía que dar una imagen lo suficientemente profesional como para que aquella chica no saliese corriendo de mi apartamento.

―No va a ser sencillo ―expliqué―. No tengo muy claro por dónde empezar.

―¿Eso quiere decir que aceptas el trabajo? ―preguntó esbozando media sonrisa.

―Podemos intentarlo, pero no prometo nada. En una desaparición, las cuarenta y ocho primeras horas son fundamentales. Si la persona que desaparece ha dejado algún tipo de rastro, con el paso del tiempo ese rastro se difumina y cada vez se vuelve más complicado dar con su paradero. Ya han pasado tres semanas, y según dices, no ha sucedido nada que pueda indicarnos qué es lo que ocurrió aquella noche. Será muy complicado.

Ángela arrugó la frente y me miró desconsolada. Probablemente lo que acababa de decirle no es lo que esperaba escuchar cuando decidió acudir a un investigador privado para encontrar a su compañera.

―Isaac ―dijo con la voz apagada―. No puedo quedarme de brazos cruzados esperando a que Rebeca vuelva. No lo va a hacer. Estoy segura de que le ha sucedido algo. En estas tres semanas apenas he pegado ojo; estoy desesperada… Sí no sé algo de ella pronto, creo que me voy a arrancar los pelos. ―«Muy elocuente el comentario», pensé―. No tengo muy claro por qué, pero en este poco tiempo en el que he compartido mi vida con ella, le he cogido mucho cariño. Tengo que saber qué le ha pasado.

―Ángela ―añadí poniendo un punto de suspense―. No tienes que perder de vista la posibilidad de que simplemente se haya largado sin más, y que no quiera que la encuentres.

Se quedó callada unos segundos valorando mi comentario. Seguramente ya lo había pensado antes. Después, me miró con un punto de hostilidad, y se limitó a negar en silencio apretando los labios.

―Bueno, será complicado, pero no imposible ―añadí, necesitaba trabajar―. Haremos todo lo que esté en nuestras manos para encontrarla, y si damos con un solo hilo del que tirar para llegar hasta el final de esta historia y saber dónde se ha escondido nuestra chica, tiraremos de él y la haremos salir de su escondite ―afirmé guiñándole un ojo para infundir cierto grado de optimismo al comentario, y tratar de eliminar de los suyos el punto de desconfianza que habían adquirido.

―No está escondida. Le ha pasado algo ―afirmó categórica.

No estaba tan seguro de eso, pero preferí aceptar su premisa con un simple y largo pestañeo.

―Ojalá que no, pero intentaremos saber qué ha ocurrido antes de asegurar nada.

A continuación, una vez captada por ella mi declaración de intenciones, no tuve más remedio que dar un paso atrás y exponer en alto las condiciones. Después de todo, sentimentalismos aparte, aquello para mí no era más que trabajo, y aunque por aquel entonces gozaba de cierta bonanza económica que me permitía tomarme los aspectos monetarios con cierta relajación, debía formalizar mi relación laboral con aquella mujer antes de ponerme manos a la obra.

―Ángela, antes de empezar debemos de hablar de un asunto ―manifesté con más solemnidad de la que me hubiese gustado.

―Sí, lo sé ―afirmó seria―. Entiendo que no vas a trabajar gratis. No te preocupes por eso. Tú dirás qué es lo que necesitas. Supongo que tendrás algún tipo de tarifa, o algo así.

Realmente no la tenía. Hasta al momento siempre había actuado del mismo modo. Una vez expuesto el caso por el cliente, recapacitaba un instante sobre las peculiaridades que debería abordar y cuáles sería lo derroteros por los que transcurriría el trabajo, que podían ir desde unas simples fotografías a la salida de un restaurante, a una estancia continuada en otra provincia, como así había ocurrido en mi anterior caso por tierras andaluzas ―vale, lo de la estancia en otra provincia no era lo más habitual―. Luego, en función del tiempo de ocupación y de los medios necesarios que se le suponían a la investigación, fijaba un coste diario que me permitiese desarrollar el trabajo sin complicaciones. La mayoría de las veces, este coste era para los clientes muchísimo menos de lo que cualquier agencia de detectives fijaba como honorarios, pero después de todo, yo no tenía mucha infraestructura que amortizar, así que tampoco era algo que me obsesionara demasiado. En esta ocasión que se me planteaba, a pesar de la dificultad de obtener un resultado positivo, pensé que no requeriría ningún derroche de recursos para el desarrollo del trabajo.

―Bueno, no tengo una tarifa única. En este caso, empezando mañana por la mañana, ciento cincuenta euros al día serán suficientes por el momento.

―Me parece bien ―aceptó sacando del bolso del abrigo una cartera de mano―. ¿Necesitas que te pague algo por adelantado?

Un punto a su favor. No solo no trató de negociar el precio, sino que quiso adelantarme el dinero.

―Nada ―declaré agitando ligeramente la mano abierta con la palma mirando hacia la chica en un gesto de rotunda negación―. No es necesario que me adelantes nada. Creo que puedo fiarme de ti ―era cierto. Aquella mujer me inspiraba una total confianza―. Empezaremos a trabajar desde mañana mismo, y según vayamos avanzando, iremos revisando los términos de este acuerdo que acabamos de firmar verbalmente. Si en cualquier instante damos con el paradero de Rebeca, o alguno de los dos decide poner fin a la investigación, nos sentaremos con un café delante y liquidaremos el trabajo realizado hasta ese momento.

Volvió a guardar la cartera en el bolso y sonrió complacida por los términos del acuerdo.

―Muy bien, Isaac. ¿Por dónde quieres empezar?

―Ahora mismo no lo tengo muy claro ―confesé―. Debo repasar las notas que he tomado antes de decidir cuáles serán los pasos a seguir.

Eché un nuevo vistazo al cuaderno.

―Si te parece ―continué―, mañana por la mañana puedo pasar por vuestro apartamento a echar un ojo entre sus cosas. Tal vez haya algo que nos dé alguna pista de por dónde empezar a buscar y si no, al menos podré formarme una mejor idea de cómo es la chica que tengo que encontrar. Si tienes alguna foto también sería de ayuda.

―De acuerdo ―aceptó asintiendo con la cabeza―. De hecho, la foto ya la traía conmigo, ¿a qué hora pasarás? ―preguntó al tiempo que sacaba una fotografía de tamaño diez por quince centímetros y la dejaba sobre la mesa. Era la imagen de cuerpo entero de una chica joven. Muy joven; más de lo que en un principio me había imaginado.

―No sé. ¿Las once está bien? ―propuse mientras tomaba la instantánea para observarla con detalle.

―Perfecto, te anotaré la dirección.

Estiró el brazo para llegar hasta el block que tenía sobre el escritorio. Al inclinarse hacia adelante, el aire que la rodeaba se agitó con su perfume y alcanzó mis fosas nasales. Era un aroma fresco y penetrante. Me gustó.  Alcanzó el cuaderno, y con el bolígrafo que había posado justo al lado, escribió la dirección de su apartamento. Después se puso en pie.

―Isaac, te agradezco mucho que hayas aceptado el trabajo.

Asentí con la cabeza sin decir nada. Me levanté de la silla y caminé unos pasos para pasar al otro lado del escritorio. Cuando estaba junto a ella le ofrecí la mano para firmar el acuerdo con un apretón. Ella me devolvió el saludo dejando que yo estrechara su mano entre mis dedos sin hacer ningún tipo de fuerza con los suyos, gesto que por otra parte no parecía corresponder con el porte que mostraba. Me parecía una mujer más firme de lo que aparentaba con su lánguido saludo de manos.

―Ángela, haremos todo lo posible por encontrar a Rebeca.

Retiró la mano, sonrió, y me sostuvo la mirada unos segundos. Después, sin decir nada, desvió la vista hacia la cremallera de su abrigo y comenzó a subirla, preparándose para salir al frío invierno del exterior. Yo me aparté a un lado y esperé paciente a que finalizara. Cuando terminó de colocarse la prenda de ropa, la dejé pasar delante para acompañarla hasta la puerta de salida. Nos despedimos sin más y aguardé a que el ascensor se cerrase con ella dentro para volver al interior de mi apartamento.

Una vez en solitario, antes de regresar al despacho a recapacitar sobre todo lo que acababa de escuchar, me dirigí hasta el salón a coger un cigarrillo. Al regresar hacia el despacho me percaté de que la chica había olvidado su paraguas junto a la puerta. Allí seguía, apoyado por el mango en la esquina que formaban las dos paredes del pasillo. Se había formado un enorme cerco de agua bajo la punta metálica. Lo observé unos segundos desde la distancia y finalmente decidí no tocarlo hasta el día siguiente cuando fuera a visitarla.

Ya en el despacho tomé la fotografía de Rebeca y me acerqué a la ventana para echar un vistazo al exterior. Ángela no había regresado a por su paraguas, así que supuse que habría dejado de llover y la ausencia de necesidad habría provocado el olvido. Levanté la persiana veneciana, y al mirar a través del cristal descubrí que, en aquel instante, en aquel momento de la tarde en el que la luz de las farolas y de los coches que circulaban por la avenida sofocaba la poca claridad que aún se podía atisbar en el cielo gris del invierno madrileño, caía agua de manera torrencial.

Le di una calada fuerte al cigarrillo y bajé la vista hacia la imagen de la chica desaparecida, impresa en el papel de fotografía.

2

La mañana siguiente me levanté temprano. El tiempo seguía sin dar tregua y desde hacía dos días no había dejado de llover apenas durante unos minutos seguidos. Lo desapacible de la noche y la sensación de estar otra vez en actividad con un nuevo trabajo a la vista, después de varios meses de confusa ambigüedad y reubicación personal, fueron motivos suficientes para retenerme en casa el día anterior. Bastaron un par de copas, sentado frente al televisor sin nada en la pantalla suficientemente interesante como para borrar de mi cabeza la imagen de la fotografía con la chica desparecida.

En aquel momento no sabía el tiempo que podría tener esa imagen. A juzgar por la buena calidad de la impresión y por el fondo de la fotografía, una ventana de cocina cerrada con dos bonitos visillos blancos estampados con rombos de color azul, pensé que quizá sería reciente. No más de un año y probablemente tomada en la cocina del apartamento de Ángela. En la imagen se veía un plano completo de una chica joven, con el pelo rubio y liso recogido en una coleta, una figura delgada, y un rostro anguloso y con las facciones muy marcadas. Se encontraba de pie y apoyada en el alféizar interior de la ventana, con los brazos cruzados y la sonrisa ligera y aparentemente forzada. En esa imagen no lucía especialmente hermosa, pero tampoco fea. Más bien parecía una chica que no pasara por un buen momento, al menos en el instante en el que se tomó la fotografía, y el reflejo de su rostro, con la mueca forzada en una sonrisa, sumado al gesto de autodefensa que marcaban los brazos cruzados frente al pecho, invitaban a pensar que quizá se había visto obligada a posar para la cámara sin tener muchas ganas de hacerlo. Ese día vestía unos tejanos claros y una camiseta de manga corta, lisa y de color blanco.

Salí a la calle media hora antes de la que habíamos quedado la tarde anterior, y lo hice portando el paraguas que Ángela había olvidado en el pasillo de mi apartamento. El día era espantoso. Al frío propio de la época del año se le sumaba un torrente de agua que caía del cielo con aplomo, y unas ráfagas de viento cruzado y cambiante que provocaban que la lluvia te atacara desde cualquier lado. Apenas se veía gente por la calle y la poca que había, lo hacía de forma apresurada, peleando con paraguas que apenas se mantenían abiertos, o refugiándose pobremente bajo las cornisas de unos edificios que poco podían hacer con aquel vendaval de mal tiempo. Un temporal que hacía un par de días que asolaba la capital y alguna que otra provincia limítrofe.

Un par de estaciones de metro después, me presenté en la dirección que Ángela había anotado en el papel. El lugar en el que se ubicaba me hizo pensar que se trataba de una chica con posibilidades. No en vano, un apartamento, puede que en propiedad, en el señorial barrio madrileño de Salamanca, para una chica joven y sola como ella, se me antojaba un pequeño lujo al alcance de muy poca gente. De pie frente al portal, me abordó una enorme curiosidad por saber de qué forma se ganaba la vida para poder permitirse vivir en un lugar tan privilegiado.

Pulsé el botón del portero automático apretándome contra el portón enrejado del edificio para resguardarme del agua que estaba cayendo. Al instante sonó el chasquido de la cerradura y empujé la puerta para acceder al interior. Caminé unos pasos por la alfombra color grana que recorría toda la extensión del portal hasta el ascensor, y justo antes de alcanzarlo, de una especie de garita con un mostrador de madera instalado frente a la puerta y a un costado en el portal, asomó un hombrecillo, bajito pero de complexión más bien fuerte, de mediana edad, vestido con un traje oscuro y sin corbata.

―Buenos días ―saludó―, ¿puedo ayudarle en algo?

Me quedé mirando hacia él unos segundos tratando de averiguar el motivo de su presencia, y en seguida me percaté de que se trataba del portero. «Demasiado nivel para lo que yo estaba acostumbrado», pensé al momento.

―Buenos días ―le devolví el saludo carialegre―. Vengo a visitar a una persona.

―Entiendo ―respondió sonrisa en ristre―. ¿Puede decirme a quién, si es tan amable?

«¿Cómo?», pensé de golpe. «¿Estoy obligado a confesar? Ni que estuviese entrando en un ministerio».

―No le parezca mal la intromisión, caballero, es mi trabajo ―justificó al instante al darse cuenta de mis recelos. En este caso noté cierta malicia en su gesto.

―Vengo a ver a la señorita Ángela… ― ni idea del apellido, aunque no me hizo falta. El hombre salió ipso facto al rescate.

―Ángela Miranda, en el Tercero C.

―Exacto.

―¿Puede decirme su nombre por favor? Voy a avisarla de que ha venido a verla, aunque no estoy seguro de que se encuentre en casa. A estas horas suele estar en el trabajo.

―Isaac Molina ―respondí sin más oposición― He quedado con ella.

El hombrecillo descolgó un teléfono que descansaba sobre el mostrador de madera y marcó dos números.

―Buenos días, Señorita Miranda, tiene una visita. El señor Isaac Molina ―anunció mirando hacia mí y guiñándome un ojo mientras pronunciaba mi nombre.

Al momento colgó.

―Suba, me ha dicho que le espera.

«¿Qué pensabas? Acabo de decírtelo», me dije a mi mismo con acritud, aunque en lugar de triunfalismo sentí un ligero resquemor de displicencia por el trato.

Dejé atrás al portero, tomé el ascensor y subí a la tercera planta. Allí me esperaba la chica de pie, sujetando abierta la puerta de su apartamento. Vestía un pantalón gris de algodón y una sudadera verde con las letras de una marca deportiva cubriendo todo el pecho. Llevaba el pelo recogido con una pinza sobre la cabeza.

―Buenos días, Isaac ―saludó― has sido puntual.

―Buenos días ―hice una pausa―. Hubiera llegado antes de no ser por el cancerbero que tenéis ahí abajo.

―¿Cancerbero? ―preguntó extrañada―. Ah, te refieres a Mario ―se rio―. Es un buen hombre, muy profesional.

Elegí no contradecirla y ella se hizo a un lado invitándome pasar. Al entrar levanté la mano en la que llevaba el paraguas que ella había olvidado la tarde anterior.

―¡Te has acordado! ―exclamó―. Ayer cuando salí iba un poco apurada y olvidé cogerlo. Cuando estaba en la calle me dio algo de apuro volver a molestarte para pedírtelo.

Lo cogió y lo introdujo en un paragüero situado tras la puerta, bajo un perchero de pared que soportaba el peso de al menos tres abrigos diferentes.

―Muchas gracias. Puedes dejar aquí mismo tu abrigo ―me propuso señalando con la mano el perchero en cuestión.

Sin decir nada me quité el abrigo y lo colgué junto al resto. Justo cuando cerraba la puerta y mientras yo esperaba alguna indicación para continuar hacia un lugar en concreto, un teléfono móvil comenzó a sonar con estruendo desde una de las habitaciones del apartamento.

―Perdona ―se disculpó―, será del trabajo.

Ángela echó a correr dejándome atrás y desapareció bajo el marco de la habitación de la que provenía el sonido del teléfono. La seguí despacio sin estar seguro de que debiera hacerlo, aunque quedarme pasmado en el pasillo junto a la entrada me parecía menos apropiado.

―¿Sí? ―contestó ella en voz alta a la llamada― Good morning Peter, how are you? No, I’m sorry. I’m not in my office today. I’m working at home.

Permanecí estático apoyado en el quicio de la puerta observando cómo mantenía una distendida charla telefónica con algún angloparlante, mientras me sonreía para evitar que me sintiera incómodo por invadir la intimidad de la conversación. La sala en la que había respondido al teléfono era un pequeño despacho, con un escritorio acristalado a un lado, en el que había un portátil abierto junto a una impresora. Además del escritorio y una silla giratoria de estilo moderno, para completar el mobiliario, una librería recorría el fondo opuesto al de la mesa. Estaba atestada de libros de todos los tamaños y colores amontonados sin orden los unos sobre los otros.

Oh yes, I’ll call you later. Bye, Peter.

Finalizó la llamada y dejó el móvil sobre la mesa.

―Lo siento Isaac, era un tema del trabajo.

―No te preocupes, tal vez no ha sido una buena idea venir a estas horas. No sé por qué no pensé en que tendrías que trabajar. De hecho, ¿no deberías estar allí? ―pregunté dándome cuenta de que la gente normal, con trabajos normales, suele tener un horario que cumplir con la empresa que les paga.

―Sí, pero tengo la suerte de trabajar en una empresa muy flexible. En ocasiones puedo hacer mi trabajo desde casa sin ningún tipo de problema. Hoy en día con un buen ordenador, una conexión de banda ancha, y un teléfono móvil se puede hacer cualquier cosa.

―¿A qué te dedicas, si no es mucha indiscreción? ―pregunté echando la cabeza hacia atrás para otear la longitud del pasillo―. No debe de ser barato vivir en un piso como este.

―No es barato, tienes razón, pero tampoco tan caro como piensas ―justificó―. Llevo unos años trabajando como Directora Financiera para una empresa de Comercio Internacional. Ya sabes, comprar en un sitio y vender en otro intentando sacar beneficio.

No sabía, pero asentí con la cabeza para no parecer un completo ignorante.

―Ven, te enseñaré el resto.

Salió del pequeño despacho y la seguí a través del pasillo.

―Vivo aquí desde hace algo más de dos años ―aclaró―. Cuando llegué estaba tal y como lo ves ahora. Simplemente le he añadido algún detalle más personal. No es fácil encontrar en Madrid apartamentos tan bien equipados como este. La verdad es que estoy encantada con él.

Durante unos minutos pasamos por todas las habitaciones de la casa mientras ella me explicaba los detalles de cada una. Un luminoso salón con doble ventana y presidido por un bonito chaise longue, de color beis claro, situado frente a un mueble minimalista sobre el que descansaba una pantalla plana de cincuenta pulgadas; una cocina repleta de modernos electrodomésticos encastrados y a juego con el resto del mobiliario, sin duda la misma que aparecía en la foto en la que posaba junto a la ventana la chica desaparecida; un amplio cuarto de baño, y dos dormitorios. Uno de ellos el que había ocupado Rebeca hasta hacía tres semanas.

―Este es su cuarto ―apuntó al llegar a la altura de la habitación de Rebeca―. Está tal y como lo dejó el último día. He preferido no tocar nada por si acaso… ―hizo un silencio― Ya sabes.

―Lo entiendo ―afirmé―. ¿Te importa? ―pregunté extendiendo el brazo desde la puerta hacia el interior del dormitorio.

―Por supuesto, para eso has venido. ¿Te apetece un café? Justo ahora iba a prepararme uno.

―Perfecto, me vendrá bien, gracias.

―¿Cómo lo tomas? ―inquirió mientras se alejaba camino de la cocina

―Solo, por favor, y sin azúcar ―le respondí alzando la voz para que me oyese desde su posición.

―Muy bien.

Se dio la vuelta y salió hacia la cocina. Yo esperé un segundo y entré en la habitación de Rebeca.

Se trataba de un dormitorio sencillo. Muy espacioso y luminoso, como el resto de la vivienda, ocupado en su mayor parte por una cama central de uno treinta y cinco. Junto a la cama, a cada lado, había dos pequeñas mesitas de noche con sendas lamparitas de base cerámica y pantalla de tela blanca. Frente a ella un armario empotrado y debajo de la ventana, oculta tras unos estores de color gris claro, estampados con el contorno difuso de cientos de hojas de diferentes formas y tamaños, se situaba una pequeña cómoda con cuatro cajones. No había más adornos en la habitación que un pequeño jarroncito de cristal con varias flores artificiales sobre esa cómoda y una lámina también de flores impresas sobre el cabecero de la cama.  A primera vista era una estancia bastante impersonal, más propia de un cuarto de invitados que de una chica joven que llevase utilizándola a diario durante casi un año.

Caminé despacio hacia el armario. Abrí una de sus puertas y me sorprendí por lo escaso de su contenido. Apenas media docena de perchas de las que colgaban varias prendas de mujer, entre ellas un abrigo común y un puñado de camisetas y jerséis bien doblados en la balda inferior del ropero. En la parte más baja, dos pares de zapatos, unos tenis, y un par de zapatillas de casa color azul cielo. Estiré el brazo y metí la mano con cuidado en los bolsos del abrigo tratando de encontrar algún objeto reseñable, pero solo conseguí hallar un paquete de pañuelos de papel empezado.

―¿Hay algo interesante? ―preguntó Ángela desde la puerta de la habitación. Portaba sendas tazas de café humeante.

Cerré la puerta del armario y caminé hasta su altura.

―Pues la verdad es que no ―respondí tomando una de las tazas―. Es extraño la poca ropa que tiene Rebeca, ¿no? Parece que solo estuviese de paso.

―Es cierto, siempre he pensado lo mismo. Pero a decir verdad no creo que tenga muchas actividades aparte de su trabajo. Se pasa el día durmiendo y las noches en el bar. Supongo que con lo que tiene ahí se apaña. Es una mujer muy sencilla, demasiado diría yo ―apuntó mientras le daba un sorbo al café.

Yo la imité y le di un pequeño trago al mío. Estaba muy caliente, pero sabroso. Un sabor reconfortante y muy casero.

―Vayamos a la cocina a tomar el café ―propuso―. Luego puedes seguir echando un vistazo.

Asentí y la seguí hasta la cocina. Cuando llegamos, me ofreció una de las dos sillas altas que tenía bajo una barra americana situada junto a la encimera. Me senté y no pude evitar lanzar la mirada hacia la ventana. La misma que recordaba de la fotografía que me había dejado el día anterior en mi casa.

―Ángela, una pregunta. La foto de Rebeca que me diste ayer, está tomada en esta cocina, ¿no?

―Así es. La hicimos el día que llegó a esta casa. Después de comer.

―Si te soy sincero, no me pareció que Rebeca se encontrase muy a gusto posando para la cámara ―observé―. En la foto se la ve algo forzada.

―Puede ser ―admitió―. Ese día, cuando apareció con el anuncio que yo había puesto en el periódico, estuvimos charlando durante más de una hora sentadas en esa misma mesa ―señaló hacia la mesa de la cocina―. Bueno, más que charlando las dos, yo hablando y ella escuchando. Aquella mañana la noté algo abatida, desconsolada, como si cargara con un gran peso a sus espaldas. Venía buscando una habitación para alquilar, y yo tenía una anunciada.

Volvió a darle un sorbo al café y cogió una galleta del interior de una lata metálica que había colocado antes en la barra, justo entre los dos. Yo cogí también una.

―Yo llevaba un tiempo queriendo tener una compañera con la que compartir un trocito de mi vida ―continuó―. Alguien con quien hablar de otra cosa que no fuera del trabajo.

―¿No tienes pareja? ―pregunté extrañado. Tal vez era una pregunta algo indiscreta, pero me parecía raro que una mujer como ella estuviese sola.

Ángela permaneció en silencio unos segundos. Pensé que tal vez no había sido una pregunta apropiada.

―Lo siento Ángela, no tienes por qué contestar ―me disculpé.

―No te preocupes, no importa. Y no, no tengo pareja. Pero la tuve. Hace tiempo salí con un chico durante más de cinco años, pero al final la cosa no funcionó.

―Está bien, perdona otra vez. Por favor sigue contándome qué sucedió aquel día que llegó Rebeca.

Preferí zanjar ahí la cuestión del novio para no incomodarla. Ella aceptó las disculpas, se volvió a llevar su vaso a los labios, y después continuó hablando sin darle más importancia al asunto.

―Bueno, como te decía, Rebeca llegó a esta casa justo el día después de que apareciera el anuncio en el periódico. No llamó antes por teléfono. Simplemente se presentó aquí y llamó al timbre. Cuando abrí la puerta, nada más verla, me pareció la compañera de piso perfecta. Era mucho más joven que yo, buena presencia, y con aspecto de necesitar desesperadamente que alguien se ocupase de ella. Parecía triste, aunque trataba de disimularlo aparentando una seguridad bastante poco creíble. La dejé entrar y la traje hasta la cocina. Durante un buen rato estuve tratando de sacarle las palabras con sacacorchos. Yo no paraba de hablar de mí misma para que se relajara y de hacerle preguntas acerca de su vida, pero ella se limitaba a responder con monosílabos. Probablemente, en cualquier otro tipo de persona no hubiese aceptado esa actitud tan cicatera con las palabras, pero con ella era diferente. Todo su ser emitía un halo de debilidad que hacía que cuanto más la miraba más sentía la necesidad de ocuparme de ella.

―Y entonces, la aceptaste como compañera sin más.

―Exacto. Pensé que con el tiempo acabaría abriéndose y que llegaríamos a ser buenas amigas. Con decirte que, ese mismo día, la invité a comer, y saqué una botella de vino para celebrar su llegada… Botella que me bebí yo casi entera; ella apenas probó un sorbo. Después de comer, estaba tan emocionada por tener una compañera, que prácticamente la obligué a colocarse junto a la ventana para inmortalizar el día de su llegada ―dijo con solemnidad―. De ahí la foto que tienes en tu poder. Supongo que trató de sonreír para no estropearme el momento ―admitió resignada.

Justo en ese instante volvió a sonar el teléfono móvil que Ángela había dejado en el despacho. Se disculpó y salió rápidamente para atender la llamada. Yo bebí el último trago de café que me quedaba en la taza y regresé a la habitación de Rebeca para continuar echando un vistazo a sus pertenencias.

La cómoda tenía cuatro cajones. Los fui abriendo uno a uno sin encontrar nada interesante aparte de un puñado de prendas interiores muy normales. Ciertamente Rebeca, a juzgar por lo escaso de sus pertenencias, parecía una chica con muy poco que destacar en su vida personal.

Por último me acerqué hasta una de las mesitas de noche. En cada una había un pequeño cajón blanco con un tirador de latón dorado. Abrí uno de ellos y vi un conjunto de accesorios de bisutería, un monedero vacío, algún que otro complemento para el pelo, varios tickets arrugados de compras pasadas, y una pequeña estampita con la figura de un cristo crucificado grabada en una de sus caras. Tomé la estampa y la giré para leer el contenido impreso en el lado inverso. Se trataba de un calendario del año anterior, con el nombre y la dirección de una parroquia de Madrid que se llamaba “Los esclavos de Cristo”.

Estaba observando con detenimiento la fotografía religiosa, cuando escuché a lo lejos el sonido del telefonillo del portal. En ese momento oí los pasos de Ángela caminando por el pasillo desde su despacho y en dirección a la cocina.

―Dime, Mario ―respondió a la llamada.

―¿Quién? ―preguntó por segunda vez extrañada.

Después escuché cómo dejaba el telefonillo en su sitio y salía de cocina hacia la habitación en la que yo me encontraba. La vi asomar por el umbral de la puerta, perpleja por lo que acababa de escuchar de voz del portero de su edificio.

―Isaac, es la policía ―anunció abriendo los ojos al máximo―. Ha ocurrido algo, te lo dije.

Primero me quedé inmóvil mirándola fijamente desde la distancia, intentando valorar rápidamente todos los motivos plausibles que podían justificar una visita inesperada de la policía. Tal vez había alguna novedad sobre el paradero de Rebeca, o quizá simplemente se trataba de una visita de rigor para conocer algún detalle adicional que les ayudase en la búsqueda. Puede que simplemente quisieran saber de primera mano si durante los últimos días la chica había dado señales de vida. Aunque también existía la posibilidad de que ciertamente hubiese sucedido algo malo.

Sin devolver la estampita al cajón de la mesita caminé despacio hacia ella. Quería encontrar las palabras adecuadas para transmitirle algo de sosiego. No tuve tiempo. Antes de llegar hasta su posición sonó el timbre en la puerta del apartamento.

Ángela se giró apresurada sin decir nada y yo la seguí a través del pasillo. Cuando abrió, una pareja de agentes de la Policía Nacional uniformados esperaba al otro lado.

―¿Señorita Ángela Miranda? ―preguntó uno de ellos, el más joven.

―Sí, soy yo ―respondió dubitativa.

―Hace algo más de dos semanas puso usted una denuncia por la desaparición de una mujer llamada Rebeca Solares.

―Así es. ―Le temblaba la voz.

―Señorita, tenemos malas noticias que darle. Hace un par de días hemos encontrado el cadáver de una chica que encajaba con la descripción de la mujer cuya desaparición usted había denunciado. Ayer tarde, después de varias pruebas identificativas, han confirmado que se trata de Rebeca Solares.

A punto estuvo de caerse desplomada al oír la noticia. Y seguramente lo habría hecho de no ser porque yo me encontraba de pie justo detrás de ella, y pude cogerla por las axilas cuando me percaté de que estaba perdiendo el equilibrio. Después, con las piernas recuperadas de la impresión, permaneció en silencio mirando hacia los agentes como si esperara que en cualquier momento uno de ellos se echase a reír y le confesase que todo era una broma. Lamentablemente para sus intereses, más aún para los de la pobre Rebeca difunta y, por qué no decirlo, los míos propios porque me acababa de quedar sin trabajo, eso no sucedió.

―Lo sentimos mucho ―dijo el otro agente―. El inspector Martínez de la Brigada de Homicidios de Madrid nos ha pedido que le diéramos el aviso, y que le solicitáramos que en la mayor brevedad posible se presente en la dirección de esta tarjeta para hacer una declaración.

Ángela no respondía. Solo era capaz de mantener la mirada fija en la pareja que le hablaba desde el felpudo de su puerta. Al ver que ella no se hacía cargo, fui yo quien estiró la mano como pude y tomé la tarjeta de visita asintiendo con la cabeza para que el agente viera que había comprendido el mensaje.

―Gracias, y de veras que lo sentimos mucho ―apuntó de nuevo el policía que había mostrado la tarjeta―.

Se dieron la vuelta y desaparecieron por la escalera. Yo aparté a Ángela de la puerta y la cerré despacio.

3

No sé cuánto tiempo permanecimos en la misma posición. Ángela no salía de su asombro. Permanecía atónita, en silencio, mirando ahora hacia la puerta cerrada, y yo como un pasmarote justo a su lado contemplándola sin saber muy bien qué hacer o decir para que se despertase de ese extraño estado de catalepsia inducido por la mala noticia que acababan de traerle los dos agentes de policía.

De entre todos los escenarios posibles, después de haber transcurrido casi tres semanas desde que la chica había desaparecido, estaba claro que aquel era uno de los que a medida que iba pasando el tiempo sin tener noticias de su paradero poco a poco ganaba peso. Estoy convencido de que esa idea, la de la catástrofe en forma de fallecimiento prematuro, hacía tiempo que rondaba por la cabeza de una mujer inteligente como Ángela, aunque su yo consciente se hubiera negado en todo momento a admitirlo. Ahora, después de saber el desenlace de los acontecimientos, esa misma idea que ella seguro había procurado esconder en el fondo de su cerebro, había encontrado un aliviadero repentino y se había convertido en una cruda realidad difícil de afrontar.

―Ángela, siento mucho lo que ha ocurrido ―traté de consolarla como pude.

No me contestaba. Al menos con palabras, porque al poco de quedarnos a solas, vi aflorar una lágrima muda por el párpado de su ojo derecho. A esa lágrima le siguió una más, y otra, y un largo parpadeo. Y al final, un tímido llanto que terminó por hacer que toda ella regresase al mundo de los vivos. La observé cómo poco a poco se iba sumiendo en la tristeza, y aunque no tenía claro que debiera hacerlo, me acerqué a ella tímidamente y le di un abrazo. Ella lo aceptó de buen grado y se dejó consolar apoyada sobre mi hombro.

Cuando por fin dejó de llorar, me separé unos centímetros para poder mirarla a la cara e intentar transmitirle algo de serenidad. Yo por mi parte me encontraba fortalecido en mi papel de consolador, en el buen sentido, claro.

―No sé qué decirte ―agregué dubitativo―. Es un golpe muy duro.

―Lo sé, Isaac ―masculló con rabia― era tan joven…

―Anda, vamos a la cocina a tomar algo caliente para tranquilizarnos un poco ―le sugerí.

Ángela aceptó la propuesta y atravesamos en silencio el pasillo. Ella acompañaba sus pasos agitando constantemente la cabeza en un claro gesto de negación. Cuando entramos, se separó de mí en silencio, sacó una tetera de uno de los armarios, la llenó de agua y la puso sobre la vitrocerámica. Acto seguido tomó de una lata metálica un par de sobres de tila y los introdujo igualmente en el recipiente.

―¿Te apetece otro café? ―me ofreció con algo más de entereza una vez que el agua ya estaba calentándose, pero sin perder el gesto de consternación que se había adherido a su rostro.

―Sí gracias, otro café estaría bien ―respondí sentado en la misma silla en la que antes lo había hecho.

Vertió el café en una taza limpia esperando que su tila terminara de prepararse. Después puso las dos bebidas sobre la barra y se sentó junto a mí. Seguía abatida, pero a medida que iban transcurriendo los minutos, su mente poco a poco iba asentando la triste imagen de la pérdida de Rebeca, y ella misma adoptando una estampa de mayor serenidad.

―¿Qué ha podido ocurrir? ―preguntó al aire sujetando la taza con la tila humeante entre las manos y la mirada puesta en algún punto de la ventana.

―No lo sé. Tal vez la policía te pueda aclarar algo.

Saqué la tarjeta de visita que me había dado el agente y la puse sobre la barra.

―Antes de marcharse me han dado esta tarjeta y han comentado que en cuanto puedas, pases a visitar a la persona que aparece en ella ―comenté señalando la tarjeta de visita.

Dejó la taza con la bebida sobre la barra y tomó la tarjeta para inspeccionarla.

―Isaac, aquí pone Adolfo Martínez, inspector de la Brigada de Homicidios ―leyó en voz alta sorprendida por el contenido del cartoncillo.

―Eso parece, ¿por qué lo dices?

―Pues porque si la persona que quiere verme es de la Brigada de Homicidios, entiendo que es que piensan que alguien ha podido matar a Rebeca ―dedujo con rapidez.

―Seguramente ―confirmé―. Es posible que aún no tengan suficiente información, pero supongo que si la chica ha aparecido muerta en circunstancias extrañas, después de llevar desaparecida varias semanas, cuando menos quieran barajar la posibilidad del homicidio.

Ángela volvió a dejar la tarjeta sobre la madera antes de ocultarse el rostro con las manos y comenzar a agitar de nuevo la cabeza. Yo traté de consolarla una vez más poniendo una mano sobre uno de sus hombros para que se sintiera arropada.

―Isaac, es terrible ―dijo descubriéndose la cara y secándose las lágrimas con una servilleta de papel―. ¿Vendrás conmigo? ―preguntó mirándome a los ojos, los suyos estaban enrojecidos, y con un marcado acento de súplica―, te puedo pagar igualmente.

Dudé antes de responder. No tenía claro cuál sería mi papel en aquella historia. Si mi trabajo consistía en buscar a una chica que ya había aparecido muerta, no me quedaba mucho que hacer, pero el estado de estupefacción en el que se había instalado la mujer que tenía enfrente me obligó a descartar una respuesta negativa.

―Está bien ―contesté―. No veo por qué no. Y por el dinero no te preocupes, te acompañaré simplemente como amigo. Creo que mi trabajo aquí ha finalizado.

―Gracias Isaac, eres un buen tipo.

Se inclinó hacia mí sin levantarse de la butaca y me dio un suave pero largo abrazo de agradecimiento. Me cogió desprevenido.

Antes de separarnos, levanté la cabeza y comprobé la hora en un reloj de pared del que ya me había percatado nada más entrar en la cocina.

―Ángela ―dije―, son apenas las doce del mediodía. Si nos apuramos, tal vez podamos llegar antes de que nuestro amigo de la Brigada de Homicidios se vaya a comer.

Se apartó de mí, giró la cabeza para comprobar por sí misma la hora, y se levantó de la silla.

―Tienes razón, me visto y vamos. Cuanto antes mejor.

La observé mientras salía de la cocina en dirección a su cuarto para cambiarse de ropa. Yo le di un último sorbo al café y me levanté igualmente de la silla. Caminé unos pasos hacia la ventana impulsado por el recuerdo de la fotografía para la que un año antes había posado con desgana la mujer que acababa de aparecer muerta. Cuando llegué hasta ella, busqué en el bolso de la americana la instantánea para contemplarla una vez más.

La primera ocasión en la que había mirado con detenimiento la imagen de Rebeca, rápidamente, por su pose inapetente y el destello de conformidad forzada que emitía el perfil de su rostro, me di cuenta de que aquella chica portaba una carga melancólica demasiado grande para un ser cuyo conjunto exhibía un aspecto de debilidad enorme. Ahora, observándola de nuevo apostado en el mismo lugar en el que ella se había retratado, y sabiéndola muerta probablemente a manos de algún ser despreciable que se había aprovechado precisamente de esa debilidad, me pareció distinguir claramente detrás de sus ojos un mensaje sordo suplicando amparo. Mensaje que seguro Ángela fue capaz de captar desde el primer momento que la chica entró en su vida, y que en todo un año de convivencia trató con celo de apagar ofreciéndole un hogar en el que sentirse protegida y vivir en paz consigo misma. No era de extrañar que ahora, después de descubrir que Rebeca había fallecido, además de tristeza, posiblemente albergara en su corazón un profundo sentimiento de fracaso por no haberla podido ayudar más de lo que ya lo había hecho desde el principio, cuando sus vidas se cruzaron, hasta el momento en el que había desaparecido tres semanas atrás.

En menos de quince minutos estábamos en la calle sufriendo las inclemencias del día. Resguardados bajo el paraguas de lunares blancos que yo mismo le había devuelto hacía una hora, caminábamos en dirección a una avenida más concurrida en la que poder parar un taxi libre que nos acercara a la comisaría de policía.

Otros quince minutos más tarde nos encontrábamos sentados en una sala gris, sin ventanas, fuertemente iluminada por unos fluorescentes blancos instalados en el techo, tras una mesa de melanina del mismo color que el de las paredes, y esperando pacientemente la llegada de la persona a la que se había dirigido por teléfono el oficial que, con amabilidad, nos había acomodado al llegar a la comisaría.

Enseguida se abrió la puerta de la sala y tras ella apareció una mujer de mediana edad, con el pelo corto y moreno, estatura media y algo gruesa, vistiendo un pantalón de hilo negro y un jersey de líneas horizontales blancas y negras formadas por pequeños dibujos disformes pero simétricos, que se repartían por toda la superficie de la tela. Tras ella venían dos hombres. Uno de ellos, el que pasó primero, de traje gris y corbata, de mayor edad, calculé no menos de cincuenta y cinco o sesenta años y el otro, más joven, muy joven, insultantemente joven, vestido de pantalón oscuro y camisa blanca de cuadros sin corbata; un tipo delgaducho que lucía un bigotillo negro sobre su labio al más puro estilo de los ochenta. Representaba una imagen curiosa, porque aunque su cara decía que apenas pasaba de los veinte, con ese gusano que vivía pegado a ella seguramente quería aparentar unos cuantos años más, aunque no lo lograba. Simplemente era un crío con bigote, lo que hacía que aún resultase menos creíble toda su figura.

―Buenos días ―saludó la mujer mientras tomaba una de las tres sillas que había del lado opuesto de la mesa al que nos encontrábamos nosotros esperando ―soy la Subinspectora Elisa Suárez, de la Brigada de Homicidios de Madrid.

―Buenos días ―repitió Ángela.

Yo simplemente hice un leve gesto de asentimiento a modo de saludo, mientras observaba cómo los dos hombres se sentaban igualmente a ambos lados de la mujer. Me encontraba un poco fuera de lugar en aquella situación, más que nada porque hacía solo un día que conocía a la mujer que acompañaba, y porque después de todo, lo que tuviesen que contarle a ella no era de mi incumbencia. Por otro lado, tampoco tenía mucho que hacer esa mañana. Acababa de quedarme sin caso, pero una pizca de curiosidad profesional me sujetaba a la silla con los ojos y oídos bien abiertos.

―Estos caballeros que me acompañan son el inspector Adolfo Martínez ―señaló hacia su derecha donde se había situado el hombre de mayor edad, que se limitó a repetir en silencio el mismo gesto con la cabeza que yo mismo había hecho cuando la mujer se presentó―, y el teniente Ricardo Ramos, de la Guardia Civil de la Comandancia de Burgos.

―Buenos días ―saludó el teniente esbozando una sonrisa amable.

―Ustedes son ―continuó la mujer, echando la vista a unos papeles que llevaba en la mano todo el tiempo―, la señorita Ángela Miranda y, ¿el caballero?

Levantó la cabeza y me miró circunspecta.

―Perdóneme pero no tengo ningún dato suyo. ¿Sería tan amable de decirme su nombre?

―Por supuesto. Soy Isaac Molina.

―Es una amigo ―interrumpió Ángela―. Le he pedido que me acompañe. Estaba en casa conmigo cuando los agentes me han dado la noticia esta mañana ―explicó cariacontecida al recordar el motivo de nuestra comparecencia.

―Está bien, supongo que no habrá ningún inconveniente ―apuntó mirando hacia los lados y esperando la conformidad de sus dos acompañantes. Ambos aceptaron sin problema mi presencia en la sala.

La mujer barajó una vez más los papeles buscando alguno en concreto. Cuando lo encontró, lo situó sobre los otros y volvió a dirigirse a nosotros.

―Señorita Miranda, la hemos llamado porque usted interpuso hace unas semanas una denuncia por la desaparición de su compañera de apartamento Rebeca Solares, ¿cierto?

―Sí, así es.

―Disculpe por la pregunta pero, ¿tenían algún tipo de relación sentimental?

―No, qué va, éramos simples compañeras de piso ―respondió Ángela apresurada.

―De acuerdo, es simplemente por tener toda la información.

Anotó algo en el papel, levantó la cabeza y siguió hablando.

―Supongo que los compañeros que le han visitado esta mañana le habrán comunicado que su amiga ha aparecido muerta hace dos días en la provincia de Burgos ―soltó de forma ruda y sin miramientos―. De ahí que ahora se encuentre aquí sentada charlando con nosotros.

Ángela pestañeó con lentitud y asintió con la cabeza, al tiempo que un brillo lacrimoso le volvía a aparecer de nuevo en los párpados inferiores. Hacía un rato que no lloraba, pero al oír las palabras de la subinspectora, se volvió a sentir embriagada por la triste noticia del fallecimiento de Rebeca. Traté de consolarla poniendo una mano sobre su rodilla más próxima. Lo hice de manera instintiva, pero nada más hacerlo, pensé que me había pasado. «¿Amigos? Si acabas de conocerla». Por suerte, a ella no debió parecerle mal, porque me miró apretando una sonrisa entre sus labios.

―La verdad es que no sabíamos que había aparecido en Burgos ―apunté yo―. Simplemente nos comentaron que habían encontrado su cadáver.

―Pues sí, ha aparecido en Burgos ―manifestó la mujer en tono hastiado―. Por eso nos acompaña el teniente Ramos. Este caso, al haber aparecido el cuerpo en un pueblo, digámoslo así, de la provincia de Burgos, la responsabilidad de la investigación es competencia de la Guardia Civil de Burgos. Sin embargo, dadas las circunstancias, al tratarse de una mujer que actualmente vivía en Madrid y que aquí ya había una denuncia interpuesta por su desaparición, hemos pensado que sería conveniente que en esta primera cita estuviésemos todos presentes para facilitar la tarea a nuestro colega, el señor Ricardo Ramos. A pesar de que Rebeca continuaba empadronada en la capital burgalesa ―recalcó.

Mientras la subinspectora Suarez desarrollaba en voz alta los aspectos territoriales de las responsabilidades del caso, el inspector Martínez permanecía ajeno a la conversación mirando la pantalla de su teléfono móvil, y el teniente Ramos, por su parte, acompañaba las explicaciones con la mirada puesta en nosotros y los labios apretados, mostrando empatía por el efecto que las palabras de la mujer estaban causando en Ángela, que a medida que iba escuchando la explicación se iba mostrando poco a poco más consternada.

―Si le parece bien ―observó educadamente el teniente Ramos dirigiéndose a Ángela por primera vez―, me gustaría escuchar antes de nada el relato de la desaparición de su compañera, así como cualquier otra cosa que le haya llamado la atención durante estas casi tres semanas que ha permanecido desaparecida.

Ángela asintió de nuevo y justo cuando se disponía a hablar, el inspector Martínez la interrumpió saliendo de su silencioso letargo.

―Van a tener que disculparme ―declaró levantando el teléfono―. Acabo de darme cuenta de que tengo una cita anotada en la agenda a esta misma hora. Creo que podrán arreglárselas sin mí.

―No hay problema ―aseguró el guardia civil―. Creo que ustedes ya me han sido de mucha utilidad. Señora Suárez, no es necesario que permanezca por más tiempo aquí. Supongo que en Madrid ya tendrán suficiente trabajo como para no perder el tiempo con los asuntos de la periferia. Creo que podré apañármelas solo.

El teniente Ramos terminó con una sonrisa algo exagerada en los labios, dirigida a los dos policías nacionales. La subinspectora, extrañada por la propuesta de su acompañante, miró hacia su jefe buscando un gesto de consentimiento por su parte. Este no lo dudó un solo instante y se levantó apresurado de la silla.

―De acuerdo, les dejaremos solos. Elisa, podemos irnos ―confirmó mirando hacia su colega―. Señor Ramos, si necesita cualquier cosa ya sabe dónde encontrarnos. Los aspectos de la denuncia de la señorita Miranda ya los tiene a su disposición, que es todo cuanto nosotros podíamos hacer por usted. Señores…

Se despidió de nosotros inclinando la cabeza y salió acelerado de la sala. La subinspectora se puso en pie igualmente y nos saludó también antes de irse tras su jefe.

―Un saludo ―añadió al salir.

Nos quedamos en compañía del guardia civil, algo traspuestos por la inesperada estampida de los dos policías. Hacía unos minutos que habían aparecido en la sala y nada más presentarse se habían esfumado sin más.

―Tienen que disculpar a mis colegas de la capital. Como acabo de comentar, aquí hay suficientes problemas con la delincuencia autóctona como para tener que ocuparse de temas que no les competen. Ya han sido muy amables haciendo de anfitriones en esta pequeña reunión.

El teniente Ramos justificó la huida usando un tono cordial y más cercano que el que había usado antes la subinspectora, lo que provocó que desde el momento en el que comenzó a hablar el ambiente se relajara unos cuantos enteros.

―Ángela, iba a contarme cuáles habían sido los aspectos de la desaparición de su compañera. Acabo de leer el informe de su denuncia, pero si fuese tan amable, me gustaría conocer los detalles de viva voz.

Ángela, algo más relajada al haberse reducido drásticamente el número de interlocutores de la entrevista, comenzó a elaborar en voz alta un resumen de lo acontecido desde el día en el que se dio cuenta de que Rebeca no había regresado a casa, hasta esa misma mañana en la que los policías le comunicaban la triste noticia de su fallecimiento. Por el camino, se saltó intencionadamente la parte en la que me venía a visitar a mí con la idea de contratar los servicios de un investigador privado. A todas luces prefirió mantenerme al margen de la historia y asignarme el papel de amigo enterado de sus problemas.

Cuando finalizó el relato esperamos unos segundos a que el teniente terminara de tomar notas sobre un cuaderno que había abierto al comenzar la conversación.

―Nos ha dicho que la chica ha aparecido en Burgos ―manifesté nada más comprobar que había finalizado de escribir―. ¿Saben ya qué es lo que ha sucedido?

El teniente Ramos levantó la mirada y dudó un momento antes de responder.

―Aún no lo tenemos claro ―declaró con cierta solemnidad, tono que hasta ese momento no había usado―. No puedo decirles mucho, pero sí que la señorita Rebeca Solares ha aparecido muerta en una zona agreste y muy poco frecuentada del Páramo de Masa, al norte de la provincia de Burgos. Estaba desnuda y enterrada en una zona de arboleda, alejada de cualquier carretera. Aún no hemos finalizado la autopsia, pero el cadáver presenta un avanzado estado de deterioro, lo que nos hace pensar que llevaba muerta desde hace días.

Ángela repentinamente se llevó la mano a la boca abrumada por las palabras del teniente, y al gesto lo acompañó un sonido gutural algo indecoroso. Acto seguido se levantó y salió corriendo de la sala. El guardia civil y yo nos pusimos en pie y salimos tras ella para comprobar hacia donde se dirigía, aunque su expresión y la palma de la mano adherida a su boca dejaban muy poco a la imaginación.

Nada más llegar al pasillo, vimos cómo Ángela atravesaba una puerta situada bajo el cartel de “Servicios”, y antes siquiera de alcanzarla, escuchamos con claridad el sonido de su alma desgarrado salir expulsado a horcajadas por su garganta. El teniente Ramos se dirigió entonces a una mujer uniformada que estaba sentada tras un ordenador unos metros más allá de nuestra posición, y le comentó algo que yo no pude escuchar por la distancia, pero que enseguida comprendí cuando ella se levantó y pasó al interior de los servicios.

―Debe de ser muy duro ―declaró el teniente cuando regresó a mi altura―. Tal vez no debería haber explicado nada.

El chico dudaba haber actuado correctamente al comprobar la reacción de Ángela, tal vez precoz inseguridad, y eso hizo que fuese yo el que diese un paso al frente.

―Tarde o temprano lo descubriría. Es mejor que lo eche fuera cuanto antes ―inoportuno comentario, pensé, aunque él no pareció darse cuenta―. ¿Cómo la encontraron?

―¿Cómo dice?

―Rebeca. ¿Qué cómo consiguieron dar con su paradero? Según ha explicado se encontraba enterrada en un lugar poco frecuentado.

―Sí, es cierto. Probablemente este clima espantoso que estamos teniendo ha ayudado un poco. Un hombre que vive por la zona la encontró. Bueno, más bien su perro. Al parecer las lluvias de esta semana hicieron que el terreno en el que trataron de ocultar su cuerpo se convirtiera en un cenagal. Hace dos días, el hombre que nos dio el aviso, se encontraba dando un paseo aprovechando unas horas de tregua climatológica cuando su perro lo alertó en el punto en el que la chica estaba enterrada. Según nos contó, uno de los pies de la mujer se había quedado al descubierto y el animal debió sentirse atraído por el olor del cuerpo.

Me extrañó la predisposición del oficial para hablar tan abiertamente del caso. Es probable que en situaciones similares, la familiaridad se quede en un segundo lugar, y la palabra confidencialidad tome un papel protagonista. En mi caso, la curiosidad se adueñó de la prudencia, y quise aprovechar esta falta de reminiscencia del bisoño teniente para sonsacarle algún detalle más relacionado con lo sucedido. No me defraudó.

―Tengo entendido que la chica era de la zona. Ángela me había contado que sus padres vivían allí ―añadí.

―Eso parece ―continuó el teniente―. Por lo que hemos averiguado, la chica hace años que vivía con sus tíos en la capital. Al parecer sus padres murieron cuando ella tenía quince años, y desde entonces fueron ellos los que se ocuparon de su sobrina.

―¿Ya han hablado con ellos?

―Sí, aunque tengo que decir que no se han mostrado muy colaboradores. De hecho, cuando le han comunicado a su tía que la chica había aparecido muerta, no pareció sorprenderse mucho. Nos aseguró que hacía más de un año que no conocían su paradero.

―Es probable ―apunté―. Hace al menos un año que vivía con Ángela, y por lo que yo tengo entendido, ella tampoco hablaba mucho de su familia. ¿Tienen ya alguna pista de quién ha podido haberlo hecho?

―No, por el momento no. Esperaremos al resultado de la autopsia a ver si nos da algún indicio de por dónde empezar. El cuerpo se encontraba en muy mal estado y gracias a que la chica estaba fichada por un delito menor que cometió hace un par de años en Burgos, y a que su amiga denunció la desaparición hace unos días, hemos podido identificarla y averiguar dónde estaba viviendo.

―Entiendo.

En ese momento se abrió la puerta del cuarto de baño y Ángela apareció con los brazos cruzados a la altura del pecho. Caminaba delante de la agente que había entrado a consolarla. Tenía el rostro desencajado, con la tez completamente pálida y los ojos hinchados y enrojecidos por el mal trago, o más bien el estrago digestivo del que acababa de ser víctima.

―Isaac, ¿podemos irnos? No me encuentro nada bien ―suplicó.

Miré hacia el teniente Ramos antes de responder esperando una reacción por su parte a esta petición.

―Sí, será mejor que se vayan ―opinó guiñándole un ojo a la otra chica que había acompañado a Ángela en el servicio. Ella le sonrió agradecida por el pequeño gesto―. Cuando se encuentre mejor, por favor llámeme. Me gustaría poder charlar tranquilamente. Cualquier cosa que recuerde puede ser importante para esclarecer lo que ha sucedido.

Sacó una tarjeta de visita y me la ofreció a mí para que la tomara. Ángela asintió en silencio mientras yo guardaba la tarjeta y la cogía a ella con suavidad por la cintura para guiarla hasta la salida.

―Solo una cosa más ―apuntó el teniente―. ¿Pueden anotar en este papel todos sus datos personales? Los de los dos, si hacen el favor. Es importante para completar el informe de la declaración.

Asentimos al unísono y escribimos nuestras credenciales en una hoja en blanco que el hombre tomó rápidamente del interior de una fotocopiadora instalada en ese mismo pasillo.

Seguidamente nos despedimos y salimos a la calle. Había parado de llover, pero el día seguía siendo excepcionalmente desapacible. Antes de dar un paso, saqué la cajetilla de tabaco y encendí un cigarrillo.

No me había encontrado muchas veces en medio de una declaración por asesinato, pero cuando abandonamos la comisaría, me quedó una extraña sensación de incompetencia profesional poco halagüeña. ¿Qué narices había pasado ahí dentro? Realmente nada en pos de la investigación, porque en lugar de aportar algo, éramos nosotros los que terminábamos con una buena dosis de información en la cabeza y no el teniente Ramos, que era quién se suponía debía llegar hasta el fondo del asunto. Serán las nuevas técnicas de la academia, pensé con cierta guasa.

―¿Quieres? ―le ofrecí a Ángela, seguro de que lo rechazaría.

―Sí, gracias ―respondió.

―No sabía que fumaras ―manifesté confuso.

―Ni yo.

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