Definitivamente nos hemos vuelto majaretas

Esta mañana me he levantado de la cama y mientras desayunaba, me he puesto a leer en mi teléfono la edición digital de uno de los periódicos de tirada nacional, aunque llevo tiempo tratando de evitar hacerlo, por no empezar el día con más agotamiento que con el que me acostaba por las noches en una época anterior no tan lejana. Y entonces, así de sopetón y con el estómago aún vacío, me he topado de frente con un mapa de España pintado a colorines. Uno en el que un periodista trataba de explicar cómo las Comunidades Autónomas se reparten las medidas anti-Covid, en función del criterio del gobernante de turno y del gabinete de «expertos» del que se rodea en cada caso, si es que ese gabinete existe. Porque más bien parece que en la mayoría de las ocasiones no son más que un puñado de amigos jugando al tute en compañía de una botella de wiski que tiembla sus últimos tragos, repartiendo con los naipes las medidas, y esperando a que el azar les propicie un resultado favorable y consigan cantar las cuarenta con un par de figuras del palo que pinta. Esperan que así, sin quererlo, el nivel de infectados por el virus dibuje una curva de descenso, en lugar de seguir escalando hasta Dios sabe dónde, y nuestros ancianos dejen de morirse solos en hospitales con las UCIs abarrotadas.

Y es que de verdad que este asunto ya está empezando a darme miedo, y cada día que pasa, en lugar de sentirme protegido por la figura emblemática del Estado al que pertenecemos, estoy empezando a notar cómo me flojean las rodillas. Porque este galimatías al que nos han abocado no tiene ni pies ni cabeza: que si Asturias cierra las fronteras con el resto de España y pinta otras entre concejos, que si Aragón decide que a las once de la noche todos en casa, pero en los bares hasta las diez; Galicia por su parte afirma que de fronteras no sabe nada, pero las reuniones solo de cinco en lugar de seis personas como el resto; Madrid en cambio, como ahora todo va bien, con cerrar un par de días para que los madrileños no se vayan de puente ya es suficiente; y así, una por una podéis ir repasando las medidas y veréis que no hay dos Comunidades que lo hagan de la misma manera. Es de locos.

No sé cómo vamos a hacer para que esta gente se entere de que no puede ser que cada uno haga lo que le salga de las narices y trate de convencer a sus vecinos de que el criterio elegido es mejor que el del resto, apoyándose bien en la pandemia o bien en la economía, según le convenga para justificar sus decisiones. Y que después vaya improvisando en función de las opiniones que reciban de sus votantes. Esto es un cachondeo, y mirándolo con perspectiva, como he hecho yo esta mañana observando el mapa del periódico, da bastante vergüenza y hasta un poquito de pena. A ver quién tiene el valor de cruzar España ahora, aunque sea por trabajo claro está, sin incumplir alguna normativa local que termine si no en una multa, sí a buen seguro en una reprimenda de algún miembro de los cuerpos de seguridad del Estado que lo pille fuera del horario permitido, o cruzando alguna línea fronteriza marcada en rojo por el virus, mientras explica abochornado que simplemente está de paso, como si ese fuese motivo suficiente para exculpar su pena.

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Pero lo que me parece más triste es que, aunque nos cueste creerlo, o al menos reconocerlo, todos estos que han llegado a ocupar un alto cargo político son gente inteligente, independientemente del color con el que firmen sus leyes. Nadie llega a presidente de una comunidad sin tener un bagaje cultural más o menos denso, o una capacidad de hacer que la falta del mismo no se note, y eso sin duda es también un signo de inteligencia. Y si de algo estoy seguro, es que cuando varias personas inteligentes se sientan en una mesa a buscar la solución a un problema, por muy complicado que sea, siempre acaban sacando algo positivo. O por lo menos consiguen pintar un camino menos tortuoso que al que nos están conduciendo ahora con tanto desmadre de normas sin sentido. Pero nuestros políticos no son capaces. No son capaces de llegar nunca a un consenso ni siquiera en esto, cuando la mayoría de ellos, como tampoco nosotros, tienen ni la más remota idea de cómo ponerle freno a la pandemia.

Joder, ¿no será más fácil ir todos a una, como Fuenteovejuna, y si al final nos equivocamos, pues por lo menos lo habremos hecho juntos? ¿No será mejor dejar de marear al pueblo con normas aisladas e incomprensibles solo por ver si tengo más suerte que el de al lado, y si al final resulta que acierto, pues voy y me cuelgo una medalla? No sé ni cuantas veces lo he dicho ya, pero los españoles estamos hartos de tanta discordia, y si al final seguimos así, pues acabaremos como en marzo todos confinados y después sálvese quien pueda. Porque aunque no lo creamos, el que todos estemos en casa, aunque ayude a frenar a este maldito virus que no entiende de colores, tiene un precio altísimo que no sé si España será capaz de pagar algún día, y si no, que les pregunten a los hosteleros.

Ahora bien, tampoco descarguemos toda la responsabilidad en los políticos, porque ellos solo tienen la capacidad de hacer que la situación empeore, que ya es mucho. En todos nosotros recae la tarea de cumplir con las normas sanitarias, aunque alguna no nos guste. No debemos de caer en el error de pensar que este asunto no va con nosotros, porque si no lo hacemos bien, al final el contagio se convierte en una ruleta rusa, y si la bala no nos toca a nosotros, quizás lo haga a un familiar nuestro que termine aislado y entubado en la fría sala de un hospital, o Dios no lo quiera, engordando las listas de fallecidos por la Covid.

Francisco Ajates

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La familia que uno elige

Al final esta mierda se nos ha vuelto a ir de las manos. Vamos de brote en brote y tiro porque me toca. Sin embargo, como me había prometido a mí mismo que el siguiente artículo no hablaría del maldito Coronavirus, se me ha ocurrido darle la vuelta a la tortilla y usar esta situación tan penosa que vivimos como excusa para hacerlo.

Alguna vez he oído que los amigos son la familia que uno elige. No estoy tan convencido de que eso sea así, porque seguramente a la gran mayoría de nosotros nadie nos preguntó dónde queríamos vivir cuando vinimos a este mundo, y es probable que a algunos de los que siempre se han puesto la etiqueta de “amigos”, si nos hubiesen dejado elegir, habríamos preferido tenerlos lejos desde el primer momento en el que entraron a formar parte de nuestra vida. Por suerte, en mi caso, no tengo muchos de esos, quizás incluso ninguno, y para el resto, o sea, para todos los que han ocupado un pedacito de mi ahora ya media existencia, va esta pequeña dedicatoria. Una dedicatoria que en estos tiempos en los que tanto se aboga por el aislamiento social, me ha parecido oportuno traer a La Columna con la idea de reivindicar que, cuando todo este mal trago quede atrás, volvamos a usar el tiempo libre que tenemos para lo que de verdad importa.

Hace unos días vi de nuevo un vídeo que uno de mis amigos de la infancia había montado tiempo atrás, con fotografías nuestras del pasado, de cuando éramos niños y no tan niños; y al verlo, al contemplarlo por enésima vez, me embargó un sentimiento de pertenencia al grupo tan grande, que la nostalgia que sentí casi me hizo hasta daño. La verdad es que no sé muy bien por qué me puse nostálgico, y lo digo porque yo soy de los que piensa que cada época en la vida tiene sus cosas buenas, y que cuando echamos la vista atrás, salvo por accidente sentimental, nuestro cerebro suele ir amontonando los recuerdos buenos sobre los no tan buenos. Al final, por suerte, la imagen de otro tiempo que siempre nos viene a la cabeza suele ser mucho más idílica de lo que seguramente vivimos en su momento. Pero tengo que confesar que en este caso, al revivir este puñado de recuerdos, quizás agudizado el sentimiento por la canción de Amaral que sonaba en el vídeo de fondo, se me formó un nudo en la garganta tan grande que casi tuve que dejarlo antes de que terminara. Por suerte, el magnetismo del recuerdo fue mucho más fuerte que el dolor de la nostalgia, y al final pude esperar a que llegara hasta la última secuencia. Cuando terminó, la amargura de la morriña dio paso a un regusto dulce que aún me dura después de varios días.

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Y es que después de ver el vídeo, me di cuenta de lo afortunado que soy. De lo afortunados que somos todos los que podemos contar con un puñado de amigos, más o menos grande, a los que podemos hablarles después de un siglo sin verlos, como si no hubiese pasado un solo día desde la última vez que conversamos; a los que cuando suena el teléfono y lees el nombre de uno de ellos en la pantalla, te alegras independientemente del momento en el que aterrice la llamada; a los que cuando les pasa algo malo, te duele tanto a ti como les duele a ellos; a los que la distancia nunca les supone una barrera, y con los que siempre cuentas cuando necesitas que alguien te eche un cable… Y que conste que no solo hablo de ese grupito de colegas que crecieron con nosotros, que empezaron a probar las mieles de la independencia al mismo tiempo, la primera salida nocturna, el primer campin de verano, las primeras verbenas sin los padres, la primera novia, la primera borrachera, el primer trabajo… De esos sobre todo, pero también de todos estos que poco a poco, con el transcurso de los años, se han ido subiendo a nuestro carro, y que ahora, después de cuarenta y dos en mi caso, son parte de tu familia. Una familia que nunca ha dejado de crecer, y de la que ya no sería capaz de desprenderme.

Ahora, si has llegado hasta aquí leyendo, te propongo un pequeño reto: cierra los ojos un instante y piensa en todas estas personas de las que te hablo. Dale un respiro a tu cerebro y deja por un segundo de lado este tormento del virus dichoso. El virus y todo lo que le acompaña, que últimamente es tan pernicioso como el propio bicho. Imagínate por un momento que esto es una mala pesadilla de la que tarde o temprano acabaremos despertando, y trata de recordar todos esos momentos que has vivido con los que te rodean; o intenta imaginar los que te quedan por vivir a poco que la maldita pandemia nos dé una tregua. Pues bien, si has conseguido relajarte aunque solo fuese unos segundos, prueba a ponerle nombre a los que aparecen contigo en las imágenes que dibuja tu mente.

Pues para todos ellos va esta dedicatoria en tiempos revueltos. Esta dedicatoria y un mensaje de agradecimiento. Gracias por hacer que en nuestras vidas, pase lo que pase, siempre haya alguien dispuesto a ofrecer un pilar en el que apoyarte.

Francisco Ajates

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Y si la escuela falla, siempre nos quedará rezarle una oración a San Fortnite

Se acerca la vuelta a las aulas después de meses de asueto intelectual, y para todos aquellos que tenemos hijos en edad escolar, el asunto se ha vuelto un tanto peliagudo.

Estamos a poco más de una semana de que los niños regresen al colegio, y aunque de una manera o de otra nos hacemos eco del ingente esfuerzo que está realizando el personal docente para cumplir con las exigencias de un guion que no llega más allá del primer día de clase, nadie puede estar seguro de qué es lo que va a ocurrir a partir del momento en el que cientos de niños vuelvan a verse las caras ―bueno, solo la mitad que deja al descubierto la mascarilla―, después de meses sin contacto. Seguramente algunos centros se verán obligados a cerrar sus puertas al día siguiente de haberlas abierto, si es que el bicho este que nos está amargando la vida decide cebarse con su alumnado.

Y será ahí entonces cuando volvamos a rendirnos a la magnificencia de las benditas nuevas tecnologías. Y si no, pensad que hubiese sido de nosotros durante la cuarentena, y más allá, sin el bueno de San Fortnite, la fastuosidad de San TikTok, o el todo poderoso YouTube, el que todo lo sabe; por no hablar de las fantásticas reuniones terapéuticas que organizaba el generoso San Whatsapp cámara en mano, al amparo de una sala de chat en grupo.

Sí, sí, pensadlo bien y no os quejéis. Porque, ¿habéis hecho el esfuerzo de imaginar qué hubiese sucedido hace tan solo unos treinta años, si alguien se hubiese atrevido a encerrar en casa durante tres meses a una familia de tipo medio en España? Estoy seguro de que en muchos hogares, al tercer día de convivencia, la Segunda Guerra Mundial hubiese sido poco más que una de estas partidas de la PlayStation de quince minutos, en comparación con lo que se hubiese vivido detrás de sus paredes.

Sin ir más lejos, ¿qué hubiésemos hecho los niños de aquella época sin poder salir de casa? Joder, si se nos caía el techo encima a las dos horas de llegar del colegio, y en cuanto podíamos nos tirábamos a la calle y no volvíamos hasta que nuestra madre, a la que no le hacía falta cobertura de ningún tipo para hacer llegar el mensaje, se asomaba por la ventana y se desgañitaba para hacernos entender que, o subíamos cagando leches, o las leches bajaban a por nosotros.  Se me ponen los pelos de punta imaginando a esos niños encerrados en su cuarto, o corriendo por el pasillo sin escapatoria alguna, perseguidos por una zapatilla que a buen seguro, después de varios días de encierro, habría sido capaz de cruzar la casa en vuelo rasante y regresar al brazo de partida con un complicado efecto bumerán tras hacer impacto en el objetivo.

O a esas adolescentes, humillantemente incomunicadas, lanzándole carantoñas al noviete por el teléfono fijo en el salón de su casa, frente a la mirada perdida de un padre atrapado durante horas en el sofá, desesperado sin poder salir ni a trabajar, imaginando con nostalgia las partidas de tute en el bar con los amigos, y viendo una y otra vez los goles de Hugo Sánchez repetidos sin descanso en la Segunda Cadena de TVE. Y qué decir de esa pobre madre, que además de practicar por obligación el lanzamiento de bumerán con la zapatilla, habría sido capaz de arrancar las juntas de los azulejos de la cocina pasando la aspiradora sin descanso por cualquier lugar de la casa que estuviese a tiro de bayoneta.  Seguramente algún que otro escobazo hubiese aterrizado en el mismo punto que la zapatilla, después de estar aguantando sin remedio los gritos, pellizcos, arañazos, mordiscos, o cualquier otro tipo de agresión entre hermanos aburridos, surgida de una simple batalla por el turno en el cuarto de baño para ducharse, después de llevar casi una semana sin hacerlo.

En definitiva, una cuarentena en nuestra infancia habría sido una verdadera hecatombe familiar, salvo por el hecho de que con total probabilidad hubiese supuesto una época fantástica para afianzar una afición que antes había entre la juventud, un poco más saludable que esta de las nuevas tecnologías. Seguramente entonces al bueno de Isaac Molina no le hubiese costado entrar a formar parte de muchas de esas familias.

Pero tal vez por eso, por ventaja comparativa, que durante esta época a nuestros hijos se les haya puesto cara de pantallita no es algo tan grave. Simplemente es una cuestión que va acorde con los tiempos, y quizás lo que tenemos que hacer es aprender con ellos a dosificarlo, sobre todo una vez que se ha terminado la excusa del encierro.

Lo que sí debemos esperar es que una vez decidida la vuelta a los colegios, este esfuerzo que están haciendo los profesores para adaptar las aulas a la maldita nueva normalidad valga para algo. Sabemos que los cientos de chistes que circulan por la red con madres pidiendo prisión incondicional en el colegio para sus hijos durante todo el invierno, o alguna gritando desesperada tras la verja del centro a un niño que no parece darse cuenta de que durante un tiempo la escuela será un tanto diferente, no pasan de ser puro teatro. Pero lo que no es comedia es lo que estamos viviendo, así que tratemos de transmitir a nuestros hijos, sin asustar claro está, la gravedad del asunto, y pongámonos por un momento en el pellejo de ese profesor que tiene que ser capaz de hacer que veinte niños, sentados todos en la misma aula durante cinco horas, mantengan unas normas que a nosotros nos ha costado muchas veces hacer que uno solo, o alguno más, es lo mismo, cumplieran durante un par este verano.

Y si al final lo de la escuela falla y terminan todos de nuevo encerrados en casa, pues no nos quedará más remedio que hincar una vez más la rodilla en el suelo y rezarle una oración a las nuevas tecnologías.  Aunque bueno, también podemos hacer la prueba de levantaos una de estas mañana sin colegio antes que el resto de la familia, acercarnos sigilosamente al cacharrito negro que tenemos conectado a un cable escondido detrás del mueble del salón, y pulsar el botón de Off, dejando toda la casa en la más absoluta oscuridad comunicativa. A ver si tenemos el valor de aguantar un solo día.

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