Una vacuna para la tristeza

Está claro que estamos faltos de buenas noticias.

Esto de la pandemia se ha alargado tanto, que hasta nos hemos acostumbrado a vivir con la idea machacante en la cabeza de que no quedan motivos para la alegría.

Ya ni siquiera nos acordamos cómo en marzo del año pasado nos metíamos en casa con el susto en el cuerpo por la anulación absoluta de las libertades ciudadanas. Aunque muchos lo hicimos con la idea de que un tiempo encerrados tampoco vendría mal para hacer algo así como un pit-stop, una parada temporal en nuestras vidas aceleradas; una oportunidad de pasar más tiempo con la familia, de volver a coger un libro, de pintar las paredes de casa, de retomar aquella serie abandonada hace tiempo… Esa primera quincena de confinamiento nos la tomamos como unas vacaciones obligadas, convencidos algunos de que en solo dos semanas, como nos hicieron pensar cuando nos encerraron, el virus acabaría pasando y para el verano ya sería poco más que el recuerdo de una cena mal digerida. Yo mismo, iluso, tardé casi dos meses después de aquel primer encierro en cancelar las vacaciones.

El problema fue que de quince días nanay de la china. Después de los primeros quince vinieron otros quince, y después otros más, y después otros, y otros… Y así, cuando nos quisimos dar cuenta, ya nos estábamos subiendo por las paredes. Cansados de aplaudir por las ventanas a unos sanitarios extenuados, viendo por la tele cómo en algunos sitios los ataúdes salían de los hospitales como si fuesen la sangre de un país que se moría desangrado por una herida que parecía no terminar de cerrarse nunca, y rezando los que tuvimos la suerte de no perder a ningún ser querido, ni el trabajo, porque aquello terminase pronto y el maremoto de desdicha pasase de largo sin lamentar más consecuencias.

Y con estas llegó el verano, y lejos de haber dominado la situación, decidimos poner una venda en la herida con la esperanza de que el torniquete financiero del turismo aplacase un poco el dolor, y quién sabe si en esos meses de bonanza climatológica y esparcimiento necesario, el virus terminase por aburrirse y largarse por sí solo a buscar otros incautos a los que infectar. Nada más lejos de la realidad, por mucho que pensáramos los astures que estábamos hechos de otra pasta, que nuestra piel de reconquistadores era casi impenetrable. Una vez más volvemos a estar en la más absoluta mierda, incluso peor. Porque claro, esto del virus no entiende de fronteras, y si antes llegó tarde al Principado, ahora ya está metido de lleno y de una forma o de otra acabará por pillarnos a todos. Solo tenemos que rezar, los que crean que eso ayuda, para que cuando nos toque cerca no seamos uno más de los que engordan las estadísticas de fallecidos. Y para que con las medidas higiénicas necesarias, logremos entre todos allanar la dichosa curva epidemiológica y así, el que se ponga enfermo tenga una cama libre de hospital en la que ser atendido.

Llegados a este punto, os estaréis preguntando para qué coño estoy escribiendo este artículo: «joder, ya está este otra vez con el dichoso coronavirus», dirán algunos de los que lo lean. Tenéis razón, parece que no hay nada más de lo que hablar en los últimos tiempos. Pero en este caso, he querido escribir estas líneas para la reflexión, porque después de lo que estamos escuchando durante la última semana, parece que por fin estamos cerca de despertar de esta pesadilla. Durante estos días y después de mucho tiempo, los noticiarios han abierto casi a diario con una buena noticia. Cuando parecía que no merecíamos volver a estar contentos, unos tipos de traje y corbata aparecen de repente y le gritan al mundo que tienen la solución para todos nuestros problemas. Por fin han hallado la vacuna, y en apenas unas semanas estarán repartiendo dicha por todos los rincones de la Tierra. Y claro, con lo faltos que estamos de alegrías, hemos abrazado la noticia con un ansia desmedida.

Bueno, pues aquí es donde yo he pensado en poner un punto y coma para la reflexión pausada. Estoy seguro al cien por cien de que esas vacunas funcionarán y de que en unos meses estaremos empezando a recuperar nuestras vidas. Y no me cabe ninguna duda de que nos lo merecemos. De que nos merecemos dejar atrás este tormento, aunque sorprendentemente parece que ya nos hemos acostumbrado a vivir en cautiverio, y notando día a día el riesgo del contagio cada vez más cerca. Pero de lo que también estoy seguro, es de que esta gente que sale en televisión con mensajes salvadores, para nada tiene cara de mesías. Pensad que cuentan sus dineros en el banco con diez cifras, y creedme si os digo que para ellos somos poco más que un puñado de muñecos de Playmobil que pueden manejar a su antojo; por ejemplo, haciendo que la bolsa suba o baje en función de sus discursos.

Estamos cerca, seguro, y puede que lo peor ya haya pasado, aunque ahora volvamos a tener los hospitales abarrotados. Pero aún nos queda un trecho, y entre todos tenemos que lograr que no sea demasiado largo y tortuoso. Pensad que conque una persona, solamente una, se salve gracias al trabajo colectivo, el esfuerzo habrá valido la pena. Y no solo me refiero a salvar la vida, eso sobretodo, sino también a salvar un puesto de trabajo. A evitar entre todos que mientras llega la vacuna, que repito, yo mismo la veo cerca, no engordemos además de las listas de enfermos las de aquellos que necesitan hacer cola en el Banco de Alimentos. Que, o mucho me equivoco, o estas Navidades va a ser enorme.

Llegados a este punto y para terminar, ya que lo he citado y ahora que ha comenzado la campaña, quiero aprovechar estas líneas para pediros que este año hagamos un esfuerzo un poco mayor para ayudar a esos muchos que no se pueden permitir pensar en una vacuna dentro de tres meses, porque su necesidad es mucho más cercana. Tiene que ser durísimo levantarse todas las mañanas pensando qué hacer para que ese día tus hijos, cuando termine la jornada, no se vayan a la cama con un agujero en el estómago. Por favor, no permitamos que el virus también acabe con eso que veníamos haciendo otros años por estas fechas. Tal vez no podamos dejar un par de paquetes de macarrones a la salida del supermercado, pero echemos a un lado la galbana solidaria y busquemos el método de poner nuestro granito de arena, por muy pequeño que nos parezca. Muchos granos pequeñitos hacen un desierto.

Estas próximas Navidades, que sin duda serán atípicas como lo está siendo todo el maldito 2020, intentemos entre todos ponerle una vacuna a la tristeza, antes incluso de que llegue la de la pandemia.

Francisco Ajates

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Definitivamente nos hemos vuelto majaretas

Esta mañana me he levantado de la cama y mientras desayunaba, me he puesto a leer en mi teléfono la edición digital de uno de los periódicos de tirada nacional, aunque llevo tiempo tratando de evitar hacerlo, por no empezar el día con más agotamiento que con el que me acostaba por las noches en una época anterior no tan lejana. Y entonces, así de sopetón y con el estómago aún vacío, me he topado de frente con un mapa de España pintado a colorines. Uno en el que un periodista trataba de explicar cómo las Comunidades Autónomas se reparten las medidas anti-Covid, en función del criterio del gobernante de turno y del gabinete de «expertos» del que se rodea en cada caso, si es que ese gabinete existe. Porque más bien parece que en la mayoría de las ocasiones no son más que un puñado de amigos jugando al tute en compañía de una botella de wiski que tiembla sus últimos tragos, repartiendo con los naipes las medidas, y esperando a que el azar les propicie un resultado favorable y consigan cantar las cuarenta con un par de figuras del palo que pinta. Esperan que así, sin quererlo, el nivel de infectados por el virus dibuje una curva de descenso, en lugar de seguir escalando hasta Dios sabe dónde, y nuestros ancianos dejen de morirse solos en hospitales con las UCIs abarrotadas.

Y es que de verdad que este asunto ya está empezando a darme miedo, y cada día que pasa, en lugar de sentirme protegido por la figura emblemática del Estado al que pertenecemos, estoy empezando a notar cómo me flojean las rodillas. Porque este galimatías al que nos han abocado no tiene ni pies ni cabeza: que si Asturias cierra las fronteras con el resto de España y pinta otras entre concejos, que si Aragón decide que a las once de la noche todos en casa, pero en los bares hasta las diez; Galicia por su parte afirma que de fronteras no sabe nada, pero las reuniones solo de cinco en lugar de seis personas como el resto; Madrid en cambio, como ahora todo va bien, con cerrar un par de días para que los madrileños no se vayan de puente ya es suficiente; y así, una por una podéis ir repasando las medidas y veréis que no hay dos Comunidades que lo hagan de la misma manera. Es de locos.

No sé cómo vamos a hacer para que esta gente se entere de que no puede ser que cada uno haga lo que le salga de las narices y trate de convencer a sus vecinos de que el criterio elegido es mejor que el del resto, apoyándose bien en la pandemia o bien en la economía, según le convenga para justificar sus decisiones. Y que después vaya improvisando en función de las opiniones que reciban de sus votantes. Esto es un cachondeo, y mirándolo con perspectiva, como he hecho yo esta mañana observando el mapa del periódico, da bastante vergüenza y hasta un poquito de pena. A ver quién tiene el valor de cruzar España ahora, aunque sea por trabajo claro está, sin incumplir alguna normativa local que termine si no en una multa, sí a buen seguro en una reprimenda de algún miembro de los cuerpos de seguridad del Estado que lo pille fuera del horario permitido, o cruzando alguna línea fronteriza marcada en rojo por el virus, mientras explica abochornado que simplemente está de paso, como si ese fuese motivo suficiente para exculpar su pena.

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Pero lo que me parece más triste es que, aunque nos cueste creerlo, o al menos reconocerlo, todos estos que han llegado a ocupar un alto cargo político son gente inteligente, independientemente del color con el que firmen sus leyes. Nadie llega a presidente de una comunidad sin tener un bagaje cultural más o menos denso, o una capacidad de hacer que la falta del mismo no se note, y eso sin duda es también un signo de inteligencia. Y si de algo estoy seguro, es que cuando varias personas inteligentes se sientan en una mesa a buscar la solución a un problema, por muy complicado que sea, siempre acaban sacando algo positivo. O por lo menos consiguen pintar un camino menos tortuoso que al que nos están conduciendo ahora con tanto desmadre de normas sin sentido. Pero nuestros políticos no son capaces. No son capaces de llegar nunca a un consenso ni siquiera en esto, cuando la mayoría de ellos, como tampoco nosotros, tienen ni la más remota idea de cómo ponerle freno a la pandemia.

Joder, ¿no será más fácil ir todos a una, como Fuenteovejuna, y si al final nos equivocamos, pues por lo menos lo habremos hecho juntos? ¿No será mejor dejar de marear al pueblo con normas aisladas e incomprensibles solo por ver si tengo más suerte que el de al lado, y si al final resulta que acierto, pues voy y me cuelgo una medalla? No sé ni cuantas veces lo he dicho ya, pero los españoles estamos hartos de tanta discordia, y si al final seguimos así, pues acabaremos como en marzo todos confinados y después sálvese quien pueda. Porque aunque no lo creamos, el que todos estemos en casa, aunque ayude a frenar a este maldito virus que no entiende de colores, tiene un precio altísimo que no sé si España será capaz de pagar algún día, y si no, que les pregunten a los hosteleros.

Ahora bien, tampoco descarguemos toda la responsabilidad en los políticos, porque ellos solo tienen la capacidad de hacer que la situación empeore, que ya es mucho. En todos nosotros recae la tarea de cumplir con las normas sanitarias, aunque alguna no nos guste. No debemos de caer en el error de pensar que este asunto no va con nosotros, porque si no lo hacemos bien, al final el contagio se convierte en una ruleta rusa, y si la bala no nos toca a nosotros, quizás lo haga a un familiar nuestro que termine aislado y entubado en la fría sala de un hospital, o Dios no lo quiera, engordando las listas de fallecidos por la Covid.

Francisco Ajates

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La familia que uno elige

Al final esta mierda se nos ha vuelto a ir de las manos. Vamos de brote en brote y tiro porque me toca. Sin embargo, como me había prometido a mí mismo que el siguiente artículo no hablaría del maldito Coronavirus, se me ha ocurrido darle la vuelta a la tortilla y usar esta situación tan penosa que vivimos como excusa para hacerlo.

Alguna vez he oído que los amigos son la familia que uno elige. No estoy tan convencido de que eso sea así, porque seguramente a la gran mayoría de nosotros nadie nos preguntó dónde queríamos vivir cuando vinimos a este mundo, y es probable que a algunos de los que siempre se han puesto la etiqueta de “amigos”, si nos hubiesen dejado elegir, habríamos preferido tenerlos lejos desde el primer momento en el que entraron a formar parte de nuestra vida. Por suerte, en mi caso, no tengo muchos de esos, quizás incluso ninguno, y para el resto, o sea, para todos los que han ocupado un pedacito de mi ahora ya media existencia, va esta pequeña dedicatoria. Una dedicatoria que en estos tiempos en los que tanto se aboga por el aislamiento social, me ha parecido oportuno traer a La Columna con la idea de reivindicar que, cuando todo este mal trago quede atrás, volvamos a usar el tiempo libre que tenemos para lo que de verdad importa.

Hace unos días vi de nuevo un vídeo que uno de mis amigos de la infancia había montado tiempo atrás, con fotografías nuestras del pasado, de cuando éramos niños y no tan niños; y al verlo, al contemplarlo por enésima vez, me embargó un sentimiento de pertenencia al grupo tan grande, que la nostalgia que sentí casi me hizo hasta daño. La verdad es que no sé muy bien por qué me puse nostálgico, y lo digo porque yo soy de los que piensa que cada época en la vida tiene sus cosas buenas, y que cuando echamos la vista atrás, salvo por accidente sentimental, nuestro cerebro suele ir amontonando los recuerdos buenos sobre los no tan buenos. Al final, por suerte, la imagen de otro tiempo que siempre nos viene a la cabeza suele ser mucho más idílica de lo que seguramente vivimos en su momento. Pero tengo que confesar que en este caso, al revivir este puñado de recuerdos, quizás agudizado el sentimiento por la canción de Amaral que sonaba en el vídeo de fondo, se me formó un nudo en la garganta tan grande que casi tuve que dejarlo antes de que terminara. Por suerte, el magnetismo del recuerdo fue mucho más fuerte que el dolor de la nostalgia, y al final pude esperar a que llegara hasta la última secuencia. Cuando terminó, la amargura de la morriña dio paso a un regusto dulce que aún me dura después de varios días.

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Y es que después de ver el vídeo, me di cuenta de lo afortunado que soy. De lo afortunados que somos todos los que podemos contar con un puñado de amigos, más o menos grande, a los que podemos hablarles después de un siglo sin verlos, como si no hubiese pasado un solo día desde la última vez que conversamos; a los que cuando suena el teléfono y lees el nombre de uno de ellos en la pantalla, te alegras independientemente del momento en el que aterrice la llamada; a los que cuando les pasa algo malo, te duele tanto a ti como les duele a ellos; a los que la distancia nunca les supone una barrera, y con los que siempre cuentas cuando necesitas que alguien te eche un cable… Y que conste que no solo hablo de ese grupito de colegas que crecieron con nosotros, que empezaron a probar las mieles de la independencia al mismo tiempo, la primera salida nocturna, el primer campin de verano, las primeras verbenas sin los padres, la primera novia, la primera borrachera, el primer trabajo… De esos sobre todo, pero también de todos estos que poco a poco, con el transcurso de los años, se han ido subiendo a nuestro carro, y que ahora, después de cuarenta y dos en mi caso, son parte de tu familia. Una familia que nunca ha dejado de crecer, y de la que ya no sería capaz de desprenderme.

Ahora, si has llegado hasta aquí leyendo, te propongo un pequeño reto: cierra los ojos un instante y piensa en todas estas personas de las que te hablo. Dale un respiro a tu cerebro y deja por un segundo de lado este tormento del virus dichoso. El virus y todo lo que le acompaña, que últimamente es tan pernicioso como el propio bicho. Imagínate por un momento que esto es una mala pesadilla de la que tarde o temprano acabaremos despertando, y trata de recordar todos esos momentos que has vivido con los que te rodean; o intenta imaginar los que te quedan por vivir a poco que la maldita pandemia nos dé una tregua. Pues bien, si has conseguido relajarte aunque solo fuese unos segundos, prueba a ponerle nombre a los que aparecen contigo en las imágenes que dibuja tu mente.

Pues para todos ellos va esta dedicatoria en tiempos revueltos. Esta dedicatoria y un mensaje de agradecimiento. Gracias por hacer que en nuestras vidas, pase lo que pase, siempre haya alguien dispuesto a ofrecer un pilar en el que apoyarte.

Francisco Ajates

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Triste similitud

Retiran a cinco loros de un zoo británico porque insultaban a los visitantes.

Así reza el titular de uno de los muchos periódicos que se han hecho eco de la noticia, y a mí, sin quererlo, nada más leerlo, me han venido a la cabeza las imágenes de aquellos superdebates televisivos a los que nos vimos sometidos hace unos meses, viendo como los cinco tipos encargados de representarnos se colocaban detrás de unos atriles a lanzarse insultos entre ellos sin ningún pudor. Pues gracias a estos loros, el recuerdo se ha vuelto menos dañino; porque ahora, en lugar de recordar a esos políticos engalanados escupiendo sandeces para remover al populacho, que eso es precisamente lo que somos para ellos, un triste puñado de votos que hay que ganar cueste lo cueste, pues me imagino a estos pobres loros vestidos con corbata, parloteando vocablos sin sentido, todos a la vez, tratando de hacerse oír entre el ruido de los otros. Y el resto, los oyentes, muertos de risa en el sofá de nuestra casa viendo como hacen el mayor de los ridículos sin ni siquiera darse cuenta de que lo están haciendo. De que por muy alto que se insulten, no nos creemos ni una sola palabra de lo que dicen.

Lo triste de todo, es que al final, esta imagen que dibuja mi mente perturbada no es algo real. Al final, más allá de la guasa, lo que de verdad hubo detrás de esos atriles fueron personas con traje, que después terminaron dirigiendo nuestros destinos. Y además, por si esto no fuera poco, más tarde vino esta condenada pandemia para ponernos a prueba. Para ponernos a prueba a nosotros y por supuesto a ellos y si no, que se lo digan a los madrileños, que están viendo cómo tanto los unos como los otros se están tirando los trastos para pescar en río revuelto, en lugar de sentarse a coger el toro por los cuernos y tratar de atajar este problema, que vuelve a tener visos de tornarse en tragedia a poco que alguien no encuentre pronto un remedio definitivo.

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Porque alguien debiera decirle a toda esta gente que se sienta en sillones acolchados y forrados en piel, que los españoles estamos cansados de tanta disputa. Que ya está bien de negar la realidad solo porque sea el contrario quién la predique. Que por una vez, traten de sentarse en la misma mesa con espíritu crítico y constructivo, y se dejen de pensar en elecciones. Que se miren al espejo y digan en voz alta lo que están diciendo detrás de las cámaras, a ver si tienen el valor de creerse una sola de sus palabras, o por lo menos, de aguantarse la risa cuando terminan de formularlas. Porque aunque no lo crean, esto por lo que discuten ahora, de broma tiene muy poquito, y al final, el chiste terminará de nuevo con una moraleja muy triste, y más tarde vendrán las lamentaciones…

Vaya por Dios. Al final, después de escribir esto, ya no me acuerdo de la gracia que me hizo la imagen de los cinco loros. Ahora incluso me dan hasta un poquito de pena esos pobres animalitos, que lo único que hacían cuando los metieron en sus jaulas era imitar lo que algún humano guasón les había enseñado a recitar en voz alta. Aunque bueno, viendo esta semana el debate televisivo que ofrecieron los dos candidatos a la presidencia de los Estados Unidos, con Donald Trump a la cabeza, ¿no estarán desde hace tiempo nuestros políticos, de manera inconsciente, claro está, imitando algún comportamiento como hacían esos pobres loros grises africanos del Lincolnshire Wildlife Park de Boston en el Reino Unido?

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Y si la escuela falla, siempre nos quedará rezarle una oración a San Fortnite

Se acerca la vuelta a las aulas después de meses de asueto intelectual, y para todos aquellos que tenemos hijos en edad escolar, el asunto se ha vuelto un tanto peliagudo.

Estamos a poco más de una semana de que los niños regresen al colegio, y aunque de una manera o de otra nos hacemos eco del ingente esfuerzo que está realizando el personal docente para cumplir con las exigencias de un guion que no llega más allá del primer día de clase, nadie puede estar seguro de qué es lo que va a ocurrir a partir del momento en el que cientos de niños vuelvan a verse las caras ―bueno, solo la mitad que deja al descubierto la mascarilla―, después de meses sin contacto. Seguramente algunos centros se verán obligados a cerrar sus puertas al día siguiente de haberlas abierto, si es que el bicho este que nos está amargando la vida decide cebarse con su alumnado.

Y será ahí entonces cuando volvamos a rendirnos a la magnificencia de las benditas nuevas tecnologías. Y si no, pensad que hubiese sido de nosotros durante la cuarentena, y más allá, sin el bueno de San Fortnite, la fastuosidad de San TikTok, o el todo poderoso YouTube, el que todo lo sabe; por no hablar de las fantásticas reuniones terapéuticas que organizaba el generoso San Whatsapp cámara en mano, al amparo de una sala de chat en grupo.

Sí, sí, pensadlo bien y no os quejéis. Porque, ¿habéis hecho el esfuerzo de imaginar qué hubiese sucedido hace tan solo unos treinta años, si alguien se hubiese atrevido a encerrar en casa durante tres meses a una familia de tipo medio en España? Estoy seguro de que en muchos hogares, al tercer día de convivencia, la Segunda Guerra Mundial hubiese sido poco más que una de estas partidas de la PlayStation de quince minutos, en comparación con lo que se hubiese vivido detrás de sus paredes.

Sin ir más lejos, ¿qué hubiésemos hecho los niños de aquella época sin poder salir de casa? Joder, si se nos caía el techo encima a las dos horas de llegar del colegio, y en cuanto podíamos nos tirábamos a la calle y no volvíamos hasta que nuestra madre, a la que no le hacía falta cobertura de ningún tipo para hacer llegar el mensaje, se asomaba por la ventana y se desgañitaba para hacernos entender que, o subíamos cagando leches, o las leches bajaban a por nosotros.  Se me ponen los pelos de punta imaginando a esos niños encerrados en su cuarto, o corriendo por el pasillo sin escapatoria alguna, perseguidos por una zapatilla que a buen seguro, después de varios días de encierro, habría sido capaz de cruzar la casa en vuelo rasante y regresar al brazo de partida con un complicado efecto bumerán tras hacer impacto en el objetivo.

O a esas adolescentes, humillantemente incomunicadas, lanzándole carantoñas al noviete por el teléfono fijo en el salón de su casa, frente a la mirada perdida de un padre atrapado durante horas en el sofá, desesperado sin poder salir ni a trabajar, imaginando con nostalgia las partidas de tute en el bar con los amigos, y viendo una y otra vez los goles de Hugo Sánchez repetidos sin descanso en la Segunda Cadena de TVE. Y qué decir de esa pobre madre, que además de practicar por obligación el lanzamiento de bumerán con la zapatilla, habría sido capaz de arrancar las juntas de los azulejos de la cocina pasando la aspiradora sin descanso por cualquier lugar de la casa que estuviese a tiro de bayoneta.  Seguramente algún que otro escobazo hubiese aterrizado en el mismo punto que la zapatilla, después de estar aguantando sin remedio los gritos, pellizcos, arañazos, mordiscos, o cualquier otro tipo de agresión entre hermanos aburridos, surgida de una simple batalla por el turno en el cuarto de baño para ducharse, después de llevar casi una semana sin hacerlo.

En definitiva, una cuarentena en nuestra infancia habría sido una verdadera hecatombe familiar, salvo por el hecho de que con total probabilidad hubiese supuesto una época fantástica para afianzar una afición que antes había entre la juventud, un poco más saludable que esta de las nuevas tecnologías. Seguramente entonces al bueno de Isaac Molina no le hubiese costado entrar a formar parte de muchas de esas familias.

Pero tal vez por eso, por ventaja comparativa, que durante esta época a nuestros hijos se les haya puesto cara de pantallita no es algo tan grave. Simplemente es una cuestión que va acorde con los tiempos, y quizás lo que tenemos que hacer es aprender con ellos a dosificarlo, sobre todo una vez que se ha terminado la excusa del encierro.

Lo que sí debemos esperar es que una vez decidida la vuelta a los colegios, este esfuerzo que están haciendo los profesores para adaptar las aulas a la maldita nueva normalidad valga para algo. Sabemos que los cientos de chistes que circulan por la red con madres pidiendo prisión incondicional en el colegio para sus hijos durante todo el invierno, o alguna gritando desesperada tras la verja del centro a un niño que no parece darse cuenta de que durante un tiempo la escuela será un tanto diferente, no pasan de ser puro teatro. Pero lo que no es comedia es lo que estamos viviendo, así que tratemos de transmitir a nuestros hijos, sin asustar claro está, la gravedad del asunto, y pongámonos por un momento en el pellejo de ese profesor que tiene que ser capaz de hacer que veinte niños, sentados todos en la misma aula durante cinco horas, mantengan unas normas que a nosotros nos ha costado muchas veces hacer que uno solo, o alguno más, es lo mismo, cumplieran durante un par este verano.

Y si al final lo de la escuela falla y terminan todos de nuevo encerrados en casa, pues no nos quedará más remedio que hincar una vez más la rodilla en el suelo y rezarle una oración a las nuevas tecnologías.  Aunque bueno, también podemos hacer la prueba de levantaos una de estas mañana sin colegio antes que el resto de la familia, acercarnos sigilosamente al cacharrito negro que tenemos conectado a un cable escondido detrás del mueble del salón, y pulsar el botón de Off, dejando toda la casa en la más absoluta oscuridad comunicativa. A ver si tenemos el valor de aguantar un solo día.

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Y a pesar de todo, elijo no perder la sonrisa

Son tiempos difíciles para los humanos, no lo vamos a negar. Nadie contaba con ello, y de repente, un bicho pernicioso, un ser microscópico escapado de una de las novelas de Stephen King, ha salido de la nada y nos ha demostrado lo débiles que somos como especie. No me refiero solamente a la debilidad física, que también, y si no, que se lo digan a los miles de personas que por desgracia están dejando este mundo antes de lo que esperaban a causa de la enfermedad. De lo que hablo, es de la flaqueza cooperativa de la que hemos hecho gala desde que se declaró la pandemia… y en esto, como siempre, y lo digo con mucha tristeza, los españoles en las trincheras y a la cabeza. Con tristeza y con rabia. Porque si no bastaba con llevar años contemplando cómo la clase política se devaluaba en nuestro país jugando al populismo, cómo los partidos independentistas se radicalizaban y le vendían ideas utópicas a su gente con la única intención de pescar en río revuelto, cómo la crisis del 2009 se volvía eterna, o nuestros jóvenes más inteligentes tenían que emigrar para labrarse un futuro, el déficit insalvable, la corrupción, las pensiones en la cuerda floja ―casi un sueño en el futuro como el de la independencia―, el paro que no termina de bajar, la sanidad sin presupuesto, los colegios bajo mínimos; pues ahora, cuando el virus entra en Europa, nosotros ahí también los primeros, no fuera a ser… Joder, si hasta el rey emérito ha decidido largarse del país porque no aguantaba el bochorno…

La verdad es que es para mear y no echar gota, para salir corriendo y no detenerse hasta llegar a Marte.

Pero no os desesperéis. Coged un buen libro y sentaos con tranquilidad a disfrutarlo, porque creedme si os digo que como todo en esta vida, lo del COVID acabará pasando, y seguro que entonces recuperaremos eso que hemos perdido hace unos meses sin comerlo ni beberlo. Y ahora no hablo de los debates televisivos, ni de las elecciones cada seis meses, eso si Dios quiere tardaremos en volver a verlo. Me estoy refiriendo a las reuniones con los amigos los viernes en la terraza del bar, mientras nuestros hijos juegan a ser mayores con un móvil sin tarjeta. Las cenas con la familia, las verbenas de verano con la caja de sidra entre las piernas mientras escuchamos a Ráfaga como si estuviésemos en un concierto de los Rolling, o el Molinón hasta los topes llorando los goles del contrario; las manifestaciones en el barrio porque no se ve bien la tele, las bodas hasta las tantas de la madrugada bailando poseído con la tía del pueblo como si fuese esa tu última noche en la tierra. Los abrazos y los besos entre conocidos que hace tiempo que no se ven, las fiestas de fin de curso con espuma, y los carnavales, y el Domingo de Ramos bendiciendo la palma con la única intención de que la madrina suelte el bollo. Los viajes del INSERSO a Benidorm en noviembre para menear el esqueleto, los guiris, apelotonados en la playa empapándose de este sol tan nuestro hasta conseguir un bronceado tipo cangrejo, algo con lo que regresar a su país y presumir de quemadura con el vecino. Incluso los hippies agolpados vendiendo pulseritas en los mercados medievales, el descenso del Sella, el Xiringüelu un día más tarde, la despedida de soltero, la del jubilado que lleva cuarenta años en la empresa…

En fin, son tantas cosas las que hemos dejado de hacer, que aunque en España nos empeñemos siempre en estar a la cabeza de lo malo, hay algo en lo que nadie nos gana, y tal vez por eso nos critiquen desde fuera y seamos la envidia de todos los que vienen aquí por el verano y se desmadran sin control. A los españoles nos han enseñado desde pequeños el verdadero significado de la palabra VIVIR, y lo hacemos como nadie y siempre en compañía. Pase lo que pase.

Solamente tenemos que ponernos las pilas y hacer que entre todos, unidos en el respeto principalmente, logremos que este mal trago acabe pronto y no se nos vaya de las manos más de lo que ya se nos ha ido. Tratemos de proteger lo que tenemos y quitémonos de la cabeza eso de que España es un país de pandereta, porque es mentira, aunque pandereteros haya muchos. Esta es una nación rica en sentimientos y eso es lo que siempre nos ha unido, así que hagamos de nuestra manera de ser un baluarte para ganar esta batalla, y no miremos más arriba buscando responsables. Esto ha llegado aquí sin merecerlo, de acuerdo, pero ahora es cosa de todos, y cuando nos demos cuenta de ello, el camino hasta la salida se hará mucho más corto.

Es precisamente por esta fe que tengo en los que me rodean, por lo que, a pesar de todo, elijo no perder la sonrisa, aunque ahora nadie pueda verla porque una mascarilla oculta mi rostro.

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