La libertad de expresión no se defiende con violencia.

No podemos dejar que el descontento nos lleve a defender ideales equivocados.

Seguramente el señor Pablo Hásel es un genio de las rimas, no voy a ser yo quien ponga en duda su capacidad artística. Y admito, que aunque alguna vez me he acercado a sus letras solo por la curiosidad de ver de qué trataban, siempre me he visto atrapado con un extraño magnetismo hasta el último segundo de cada canción de las que he escuchado.
Pero más allá de reconocer que quizás sea un buen rapero, me niego a nombrar a este fulano pendenciero como abanderado de la libertad de expresión en este país; como tampoco a los que abarrotan las calles repartiendo madera al grito de que están cansados de vivir en un país tirano y opresor. Todo, cuando ninguno de ellos, como tampoco yo gracias a Dios, saben lo que es vivir bajo el yugo de una tiranía; una de las de verdad, y no la del despertador que te obliga a salir de la cama e ir al trabajo a ganar un sueldo con el que pagar la hipoteca. Seguramente una prueba de que están viviendo en un país con libertad, es que después de salir en tropel cada noche a destrozar el mobiliario urbano, el que todos pagamos con nuestros impuestos —también los padres de muchos de ellos—, regresan a su casa tan tranquilos, a presumir de las hazañas en un grupo de WhatsApp sin asumir ninguna consecuencia por sus actos.
La libertad de expresión es un derecho fundamental al que no podemos renunciar, pero cuidado, porque a veces para algunos, la libertad de expresión y la agresión verbal se mueven a los lados de una línea muy fina. Y este rapero de moda al que muchos defienden como si se tratase del mismísimo Mahatma Gandhi, adornando sus letras con mensajes demagogos a los que cualquiera puede sumarse sin falta de hacer un esfuerzo muy grande de solidaridad, ha dejado perlas del tipo que sigue, por si alguno no las conoce:
«Merece que explote el coche de Patxi López.
No me da pena tu tiro en la nuca, pepero.
No me da pena tu tiro en la nuca, socialisto.
Que alguien clave un piolet en la cabeza de José Bono.
Mi hermano entra en la sede del PP gritando ¡Gora ETA! A mí no me venden el cuento de quiénes son los malos, solo pienso en matarlos.
¿50 policías heridos? Estos mercenarios de mierda se muerden la lengua pegando hostias y dicen que están heridos… »

Y no sigo, porque cada frase que leo aunque rime con estilo en el cuerpo de una canción, me revuelve las tripas, y deja de ser arte y se convierte en agresión desde el momento en el que aboga por que una persona, la que sea, acabe con un tiro en la nuca; o porque alguien al que considera su hermano entre en un lugar enalteciendo una de las peores lacras a las que ha tenido que enfrentarse este país no hace tantos años, como fue el terrorismo de ETA. ¿Cuál es la diferencia de estas letras a otras que hablaran de: «pegarle un tiro a tu mujer por mirarle a los ojos al vecino», o que dijeran algo así como «muerte al inmigrante que nos viene a quitar el trabajo»? ¿Alguien tendría dudas de que esas frases serían dignas de sentar al que las pronunciara delante de un juez por incitar a la violencia? Yo no, vamos, porque cualquiera de estas dos, al igual que las anteriores, me parecen repulsivas, y creo que provocan justo lo que está ocurriendo ahora, que cientos de personas salgan a repartir hostias pensando que en eso consiste la libertad de expresión.
No voy a negar que hay mucho que cambiar en España. Y en este caso, aunque sea darle un poco la razón a este tipo al que se le llena la boca apaleando policías, a estas alturas cuesta creer que en un país como este que se tilda de moderno siga habiendo en el código penal un delito que se llama “Injurias a la corona”, independientemente de la estima que le tengamos o no a la institución que representa. Lo que ocurre, es que el hecho de que haya leyes que no nos gusten a todos, es una muestra más de que aquí vivimos en un país libre, y aunque no queramos reconocerlo, estas leyes las formulan los que entre todos hemos puesto al frente haciendo uso del mayor derecho de expresión que existe, que es el de ir a votar con plena libertad de elección cada cuatro años.


Esto no quiere decir que si algo no nos gusta no lo digamos. Tenemos que gritar a los cuatro vientos cualquier injusticia de la que seamos testigos. Hacer uso siempre de nuestro derecho de libertad de expresión, pero nunca, nunca, pensar que la violencia, verbal o física, es una expresión de libertad, sino justo lo contrario. Y los que la practican, o los que la defienden, son los máximos exponentes de un sistema opresor y tirano, aunque sea precisamente de lo que se quejen.
El fascismo tiene muchas caras, y no todas peinan un bigote.

Francisco Ajates

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AHORA NO PODEMOS RENDIRNOS

Estamos empezando a vivir sin esperanza y eso es un claro signo de derrota.

Llevamos tanto tiempo sufriendo esta pandemia, que me da la sensación de que ha llegado a calar entre nosotros la imagen del desaliento. Y el resultado de este sentimiento de desesperanza es que, antes de que nos lleguemos a vacunar contra el virus, vamos a terminar inmunizados contra sus efectos. Y no hablo de los efectos que la enfermedad causa en el organismo de las personas, sino de aquellos que sufrimos como individuos en el seno de la sociedad en la que estamos viviendo. Tengo la impresión de que con el tiempo, poco a poco se ha ido construyendo una coraza alrededor de cada uno de nosotros, que aunque no evita que el virus nos alcance, sí que ha logrado que veamos sus consecuencias como algo anecdótico, triste pero casual, como el simple resultado de un sorteo que a nosotros nunca nos toca, igual que tampoco lo hace el de la Lotería de Navidad el 22 de diciembre de cada año.

Es más, a fuerza de ver una y otra vez los cansinos telediarios, estoy convencido de que hemos aprendido a mirar los datos epidemiológicos con ojos de estadista, como simples números que se suceden y a los que hay que buscarles un significado, y lo que es peor, una tendencia matemática. Algo en lo que no debemos caer, porque entonces olvidaremos que detrás de cada número que engorda los índices de esta enfermedad, hay una persona nueva que se contagia con el virus, uno más que ingresa en un hospital, alguien que termina sedado e intubado en una UCI, o lo que es infinitamente peor, un padre, o una madre, o un hermano, o un amigo, o un hijo, que se muere.

Y me da mucha pena reconocerlo, pero cada vez percibo con más claridad este desánimo por aburrimiento en la gente que me rodea. Cada vez creo que estamos más cerca de darnos por vencidos, cuando ya casi hemos ganado la guerra. Y entre los que parece que todo les da igual, aquellos que de insensibles han pasado a crueles y organizan fiestas multitudinarias para reírse de los que se mueren, estamos empezando a caminar los demás, pensando que esto no tiene arreglo, y que por mucho que hagamos al final terminaremos por contagiarnos del virus; algo así como «sálvese quien pueda». Tal vez pensemos por error que lo peor que nos puede suceder es tirarnos en cama un par de semanas, precisamente viendo en la pantalla cómo son otros los que engordan las listas de fallecidos. No nos equivoquemos, este virus no discrimina, y si te alcanza, será solo una cuestión de suerte el que no termines intubado rogándole a una enfermera, quizás la última persona a la que veas justo antes de que te seden, que por favor, en cuanto mejores un poco te despierte, que tus hijos esperan que regreses a casa y sigas cuidando de ellos como has hecho hasta ahora.

Tenemos que ser fuertes. Tenemos que seguir luchando. Tenemos que salir a la calle mirando hacia el frente con la cabeza bien alta, pero conscientes de que todavía estamos librando una batalla muy dura, una que aún dejará gente por el camino a poco que nos volvamos laxos con las medidas. Porque si empezamos a rendirnos, o a relajarnos por exceso de confianza, habrá muchos que no logren superarlo; y no os quepa la menor duda de que detrás de cada uno de los que se vaya, un montón más sufrirán su pérdida. Los que se han muerto no son solo un número, como tampoco son una tendencia los que se van a morir mañana, o los que lo están haciendo ahora mientras tú estás leyendo estas líneas.

Justo cuando ya se empieza a ver el final de este túnel tan negro, no podemos rendirnos. Ya falta poco, y aunque nosotros no podamos evitar que el virus mate a una persona contagiada, no dejemos que sea el desánimo quien lo haga. Pensad que por mucho que cueste quedarse en casa, por mucho que fastidie llevar puesta una maldita mascarilla durante todo el día, por más que te duela no poder salir a tomar unas cervezas con los amigos un viernes por la tarde, con que con tus actos se logre salvar una vida, una sola de los cientos que se apagan como velas fatigadas a diario, el esfuerzo habrá valido la pena.

Francisco Ajates

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El Gran Hermano de los concejos del Principado

Probablemente la de gobernante sea la profesión más difícil de este mundo, eso no lo voy a discutir, aunque permitidme que deje un pequeño resquicio para la duda, pero con total seguridad puedo admitir que en una situación como esta que nos trae de cabeza, con una pandemia mundial amenazando con exterminar la vida humana, si no del todo sí al menos como la veníamos conociendo hasta el momento, la complejidad de cada una de las decisiones que tienen que adoptar los gobernantes debe de ser de dimensiones legendarias.
Porque reconozcámoslo, hagan lo que hagan, nunca llueve a gusto de todos y claro, en medio de esta absurda disparidad de criterios que la mayoría de las veces no tienen que ver tanto con la salud como sí con decisiones partidistas, nos ha pillado la tercera ola de infectados. Una ola que ya veíamos venir desde lejos, como también vieron los meteorólogos a la famosa Filomena, y que pensamos que iba a pasar de largo sin romper en nuestra orilla. Y eso que ya sabemos de sobra los que vivimos en la costa que las olas, en cuanto tocan tierra si no antes, estallan y lo envuelven todo en su espuma blanquecina, sin importarles lo más mínimo que las chanclas olvidadas en la arena sean las del mismísimo Papá Noel. Quisimos nadar y guardar la ropa, y ahora nos toca poner a secar los calcetines mojados.
Lo que no contábamos aquí en Asturias es que, durante el mes de enero, íbamos a volvernos locos intentando desgranar este complejo galimatías al que nos han abocado los que mandan en la comunidad, seguramente porque es lo poco que pueden hacer para aparentar que tienen la situación controlada, cuando lo único que les queda es cerrar los ojos y confiar en el sentido común de los ciudadanos, que en muchos casos, admitámoslo, no es el más común de los sentidos. Y es que nos hemos levantado esta semana con un maremagno de medidas que no hay Dios quién entienda, y mucho menos quién sea capaz de acatar. O bien nos leemos todas las mañanas, y lo hacemos con ojo crítico y analista, la publicación del BOPA más reciente, o nos arriesgamos a que nos multe cualquier policía municipal que nos pille incumpliendo alguna norma de las decretadas a última hora del día anterior, sin ni siquiera saber que lo estamos haciendo mal.


De hecho, algo nuevo que no conocíamos hasta ahora y que me ha hecho mucha gracia ver cómo se volvía tema de discusión en las redes sociales es que, víctimas de este gigante bisturí sanitario del que hablan, los concejos del Principado han entrado a formar parte de un concurso parecido al que llevamos años sufriendo en la televisión, bailando cada día con el riesgo de ser nominados y por ende, confinados sus ciudadanos a vivir encerrados entre las fronteras que los definen como ayuntamiento a poco que los índices de infectados aumenten, como lo hacen en el concurso los votos de los espectadores. Es de locos, imaginarse al presidente de la comunidad autónoma con peluca rubia detrás de un púlpito y frente a una cámara, leyendo en tono autoritario cada noche en prime time los resultados de las votaciones después del recuento sanitario: Oviedo, estás nominado; Castrillón, estás nominado; Avilés, estás nominado… ¿Qué va a ser lo próximo? Veréis cómo de seguir así, alguno de estos concejos —Grado por ejemplo, que está ganando en las votaciones, así que sus habitantes mejor que se anden con cuidado— termina por ser expulsado, y a ver cómo hacemos el resto cuando tengamos que pasar por alguna de sus carreteras, y nos encontremos con un agujero en el terreno del tamaño que tiene el municipio.
Ahora bien, aunque suene a chiste no debemos descuidarnos, porque en cualquier momento a alguien se lo ocurre darle una vuelta de tuerca a esto de las competencias, e imaginad qué pasaría si en lugar de ser las comunidades autónomas las que reclamen potestad para legislar en tiempos de crisis, son los alcaldes de estos municipios nominados los que se vuelven paladines de la eficacia sanitaria, y comienzan a pelear por tomar ellos las riendas de la situación en sus propios concejos. Solo de pensarlo se me ponen los pelos como escarpias. ¿Pensáis cómo sería vivir en un municipio en el que para ir a comprar al Mercadona, dos calles más abajo que la tuya, tuvieseis que pedirle un salvoconducto al presidente de la comunidad de vecinos de vuestro edificio, explicándole claramente que, «o compras de una maldita vez el café, o si no vas a dejar de levantarte de la cama por las mañanas?» Pues si nos despistamos, eso va a ser lo que nos quede de aquí hasta el final de la pandemia.


Vale, bromas aparte, repito que gobernar en esta situación tiene que ser complicadísimo y tenemos que tener paciencia, porque si además lo tienes que hacer intentando contentarnos a todos, y sobre todo siguiendo una estrategia política que insisto, muchas veces no tiene que ver con criterios sanitarios y sí con no perder votos en las próximas elecciones, pues incluso aún más difícil. Así que para salir de esta, lo único que nos queda es mirarnos al ombligo y hacer un último esfuerzo por extremar las precauciones, si no por nosotros, sí por nuestros mayores que aún se siguen muriendo cuando les metemos en casa el maldito virus, y que lo seguirán haciendo hasta que logremos vacunarlos a todos.
Lo dicho, un esfuerzo más y en unos meses esta pesadilla habrá pasado. Estoy seguro.

Francisco Ajates

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Yo sí me vacuno

No me puedo creer que a estas alturas de la película todavía haya gente que aún duda de si hay o no que vacunarse.

Yo creo por encima de todas las cosas en el derecho individual de las personas, pero hay una frase del filósofo y escritor Jean-Paul Sartre que se me ha quedado grabada en la cabeza desde que la escuché por primera vez cuando era pequeñito: «La libertad de una persona termina donde empieza la de los demás», y para mí, que desde siempre estas palabras han sido poco más que un dogma de fe, no me queda ninguna duda de que el no acudir a la cita con la jeringa cuando nos toque, es casi como apuñalar en el corazón el derecho de los demás a seguir viviendo. Siento si a alguien esta afirmación le ofende, y reconozco que la frase es muy dura, al igual que también sé que el miedo a lo desconocido es libre. Quizás, el hecho de que esta vacuna haya llegado mucho antes de lo que viene siendo habitual para este tipo de medicamentos, incluso a alguien le pueda parecer abrumador, sobre todo teniendo en cuenta el beneficio económico que hay detrás de aquellos que se han apuntado el tanto de ser los primeros en fabricarla. Pero no nos engañemos. Eso ocurre con este y con cualquier otro medicamento, y como ya he dicho otras veces, en la virtud que hemos tenido como especie para globalizar el mundo está nuestra pena, y ese es el precio que tenemos que pagar por el perdón de nuestros pecados. Nadie nos va a regalar nada, salvo esta dichosa enfermedad que nos ha caído en gracia. Además, pensándolo con frialdad, si el interés económico no fuese tal, tened por descontado que esta vacuna, como la gran mayoría que son fundamentales para salvar vidas en el tercer mundo, no llegaría aquí hasta bien terminada esta década que acaba de comenzar.

Un caso distinto lo constituyen aquellos que no quieren esta vacuna como tampoco quieren otras. Quizás eso es más una filosofía de vida, y en nuestra época, luchar contra la tosferina, la polio, el sarampión, la rubeola, la hepatitis A o el tétano, por ejemplo, sí que se trata de una opción individual de las personas, y ahora es fácil elegir cualquiera de los dos bandos. Pero si echamos la vista atrás y miramos lo que ocurría por ejemplo a primeros del siglo XX, a ver quién era el valiente que no se vacunaba del sarampión si la vacuna existiera entonces, cuando sabemos pasado el tiempo que la enfermedad terminaría matando con los años a más de 200 millones de personas, mientras que ahora la incidencia en un país como el nuestro y desde que hay vacuna es prácticamente nula. Y digo prácticamente, porque en los últimos tiempos, esto de negarse a las vacunas parece que se está poniendo de moda, y si nos descuidamos vamos a ver cómo el puñado de casos que poco a poco ha ido en aumento durante estos últimos años, al final termina convirtiéndose de nuevo en un problema. Un problema que ya teníamos solucionado. Como todos los que con los años ha ido solucionando la medicina moderna para hacer que la esperanza de vida en España, sin ir más lejos, haya pasado de los 60 a más de los 80 en apenas cincuenta años.

Un tema aparte en esto de la Covid es la gestión desastrosa de la vacunación. Una vez más, aunque en esta ocasión no solo ha ocurrido en España, puede que incluso haya sido peor en alguno de los grandes países de nuestro entorno, después de estar implorando la vacuna durante todo este año, cuando por fin ha llegado no hemos sabido qué hacer con ella. Pero a ver, ¿esta gente que llevaba tiempo discutiendo por el número de dosis que les iba a tocar, acaso no sabían que por pocas que fuera, alguna neverita de estas llenas de frascos terminaría llegando a sus centros? ¿Para qué narices las querían entonces tan pronto? Es de traca. Todavía no me explico cómo es posible que después de tantos meses sabiendo que esto iba a ocurrir, es decir, que tarde o temprano habría un puñado de dosis a disposición para empezar a inmunizar a la población, no hubiese un ejército de sanitarios armados con jeringuillas para inyectarlas a los pacientes en cuanto estos se pusiesen a tiro. Y es que lo más normal, sería estar esperando ansiosamente por dosis nuevas, en lugar de guardar las que llegaron esperando que la situación se vuelva propicia. ¿Acaso hay tiempo que perder? En fin…

De cualquiera de las maneras, yo en cuanto pueda, vaya si me vacuno. Estoy muy cansado de esta enfermedad, y tengo clarísimo que hay que luchar contra ella con todas las armas que tengamos a nuestra disposición. Y sin duda, la medicina moderna es la mejor de nuestras aliadas, aunque detrás de cada pandemia siempre haya alguien que se enriquezca. Como ya dije antes, esa es precisamente nuestra penitencia.

Francisco Ajates

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Mi ANTILISTA de deseos para el 2021

Entrevista de José Manuel Echever en Radio Asturias, en el programa Hoy por Hoy Asturias, el día 01 de enero de 2021 (Podcast del programa completo)


No estaba seguro de cerrar el año publicando un nuevo artículo, porque lo normal a estas alturas sería escribir algo parecido a una lista de deseos para el próximo, o de propuestas a modo de retos personales con los que al final del veintiuno martirizarme por todo aquello que no pude conseguir durante los doce meses precedentes. Y es que siendo realistas, este año que dejamos ha sido tan horrible, que no me atrevo a pronosticar cómo será el que comienza en unos pocos días. Sin embargo, esta semana escuchando una tarde la radio como suelo hacer por costumbre casi a diario, me encontré con una entrevista que le hacían a Elvira Lindo, una escritora a la que admiro no solo por su trayectoria literaria, que entre otras cosas ha dado a conocer al bueno de Manolito Gafotas, sino también porque creo que es una de estas personas que siempre ha defendido sus ideales sin ofender a nadie, y eso, en estos días, es algo difícil de encontrar en cualquier personaje público. En esa entrevista, el presentador le preguntaba por aquellas cosas que han sucedido durante estos doce meses que dejamos y que no le gustaría ver repetidas durante el próximo año.

La cuestión es que al momento, escuchando no las respuestas que ella daba sino solo la pregunta, se me vino repentinamente a la cabeza la idea de escribir algo así como LA ANTILISTA. Es decir, en lugar de perder el tiempo elaborando un inventario de deseos para el 2021, conformarme con pedir que algunas cosas con las que hemos vivido este año que dejamos y también los anteriores, desaparezcan de nuestras vidas para siempre, como seguramente hará el virus este con el que llevamos peleando desde marzo. Incluso, pensando en hacer pública esta ANTILISTA, invitaros a todos los que os atreváis a leerla a que tratéis de añadir vuestras propuestas para completarla, a ver si entre todos logramos que alguno de sus puntos se borre aunque solo sea por pura insistencia.

Aquí os dejo cinco reflexiones con las que he pensado comenzar esta ANTILISTA. No sé si el orden de importancia es justo en el que aparecen, aunque a decir verdad es lo mismo, y con que estén ahí a mí me vale.

  1. No quiero volver a ver los hospitales abarrotados nunca más, sin capacidad para atender a los enfermos que les lleguen.

Fijaros que no pido que el virus desaparezca. Por descontado que quiero que este bicho del demonio se borre de la faz de la tierra. Pero lo que de verdad me gustaría, es que la Sanidad española estuviese preparada para afrontar lo que le venga, no solo ahora de manera inmediata, sino también en un futuro cuando La Covid desaparezca y nos lleguen otras amenazas en forma de dolencias médicas, que estoy seguro de que llegarán, por mucho que no queramos ni imaginarlo. Somos una especie débil y a las pruebas me remito. En nuestra capacidad para globalizar el mundo está nuestra pena, y a poco que en algún punto del planeta haya alguien al que se lo ocurra comerse otro gusarapo contaminado con algún tipo de bacteria, ya la habremos vuelto a liar. Así que debemos de gritar alto y claro que con la Sanidad no se juega. Defendamos esto de lo que tanto presumimos en España para hacer que sea un estamento blindado, algo que a ningún gobierno de los que venga se le ocurra meter mano si no es para fortalecerlo.

 

  1. No quiero que los patriotismos exacerbados sean los que ondeen las banderas.

En los últimos tiempos, parece que nos hemos acostumbrado a ver cómo en cada rincón del país sale un grupo abriéndole la cabeza al vecino con el mástil de su bandera. Y a mí, que adoro la tierrina hasta el punto de que cuando me alejo de ella noto como se me secan hasta las venas, me joden una barbaridad los nacionalismos encolerizados, sean del color que sean. ¿Es que no os dais cuenta de que todos venimos del mismo mono? ¿O pensáis que hace trescientos mil años, el primer homo que vivió en la tierra llevaba una barretina en la cabeza? Defendamos lo nuestro a muerte, hagamos que nuestra manera particular de ver el mundo que nos rodea no se pierda, y tratemos de que nuestros hijos se sientan orgullosos de su patria y de su bandera. Pero por favor, no cometamos el error de pensar que el resto es una mierda. No despreciemos a nadie porque no piense de la misma manera que nosotros, y no hagamos que las fronteras culturales se conviertan en muros imposibles de franquear; o tratemos de asfixiar con la tela de una única bandera la riqueza cultural que atesora un país tan vivo como el nuestro. Intentemos ser uno solo pero cada cual a su manera.

  1. No quiero que ninguna mujer más se vuelva a morir a manos de su pareja.

Este año ya van 42, el pasado 55, el anterior 51, hace tres 50. Está claro que cualquier muerte con violencia es una mierda. Que hagamos lo que hagamos, siempre habrá seres despreciables, del género que sea, que se creen con la legitimidad suficiente como para arrancarle la vida a otra persona. Pero me duele tanto pensar que en este país en el que vivimos aún sigue habiendo medio centenar de mujeres cada año que acaban siendo víctimas del hombre que se supone que les quiere… No, no vale eso de que hay amores que matan, porque matarte es precisamente lo último que te puede hacer alguien que te ama. Y el que lo hace, no es más que un cobarde incapaz de asumir que la vida pasa, alguien con tanto miedo a la soledad, que prefiere pagar su frustración matando a un ser querido antes que afrontar la realidad. Ya está bien de mirar para otro lado cuando nuestro vecino presume de sacar la mano a pasear, o cuando una mujer que conocemos se aferra a eso de que «él antes era muy bueno», porque después de un gesto de desprecio siempre acaba llegando algo mucho peor.

  1. No quiero que los políticos de este país sigan en guerra, enarbolando discursos populistas con la única intención de ganar un puñado de votos.

Ya lo he escrito un montón de veces, pero de verdad que estoy agotado de sentir vergüenza cuando miro hacia las máximas figuras políticas de este país, y veo como se tiran los trastos a la cabeza pensando que así, estirando una cuerda cada vez más tensa, van a ser capaces de que todos aquellos que no miramos hacia la política con gafas polarizadas, acabemos cayendo hacia un lado o hacia el otro y les demos el gusto de calentar una silla durante al menos cuatro años, cobrando sueldos inalcanzables para la mayoría de los españoles, muchas veces por hacer que este país no salga nunca de la miseria ideológica del pasado. A ver cuando estos que gritan al de al lado, siempre parapetados detrás de una coraza de colores con el objetivo de no acabar malheridos, se atreven a salir de las trincheras para hacer políticas constructivas en lugar de dinamitar cualquier idea buena solamente porque se le ocurra al del bando contrario. Señores, esto no va de pandillas barriobajeras y las guerras, aunque se ganen, solo traen inmovilismo, y lo que a nosotros nos hace falta es justo lo contrario. Progreso, pero del bueno, del que trae bienestar, salud y trabajo.

  1. No quiero que nuestras mentes más brillantes se larguen del país porque aquí no les damos trabajo.

No quería cerrar esta lista sin acordarme de esta cantidad ingente de jóvenes que acaban sus estudios cum laude en las universidades de nuestro país, y que tienen que largarse porque aquí, y desde hace años, la ciencia ha pasado a un segundo plano, y preferimos pagarle más a un tipo por meter goles que a un físico por enviar un satélite al espacio. Me da mucha pena pensar que hay cientos de españoles repartidos por el mundo, haciendo crecer otras naciones mientras sus gobernantes se frotan las manos, cuando aquí nos conformamos con mirarlos orgullosos cuando salen en la prensa firmando algún logro en su campo. ¿Cuánto hace que España no tiene un Premio Nobel? Pues hala, a seguir aplaudiendo los goles.

Si habéis llegado hasta aquí leyendo, quizás estéis de acuerdo conmigo en que este año es mejor pensar en borrar lo malo del pasado. En hacer bueno el que venga solo con evitar cometer siempre los mismos fallos. Si es así, un poquito más abajo tenéis un campo vacío para añadir un punto más a la lista. Con uno basta. A ver hasta dónde llegamos.

Feliz año 2021 para todos.

Francisco Ajates.

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Nos hemos ganado el derecho a ser felices estas Navidades

Hoy me he sentado al teclado un poco sentimentalón, qué le vamos a hacer, serán las fechas.

Puede que llegados a este momento del año, después de lo que llevamos vivido durante todo el extraño 2020, y con la vista puesta en la vacuna que seguro llegará al alba del 2021 y con ella el perdón de todos nuestros pecados, me haya apetecido hacer una pequeña reflexión acerca de esta Navidad que casi sin darnos cuenta se nos ha echado encima. Una Navidad que, como no podía ser de otra manera en este país, está sirviendo para que una vez más nos tiremos los trastos a la cabeza. Parece que pase lo que pase, si no estamos discutiendo por algo no somos felices, y como precisamente la Navidad trata de eso, de ser felices, pues hala, a reñir un poco para que nadie se ponga triste. En fin…

En este caso, yo he preferido no pensar en las diferencias, ni en las que tenemos entre nosotros, ni en las que sin duda habrá con las Navidades de otros años. Porque si algo tengo claro, y así empezaba un post que publiqué en las redes hace solo un par de días, es que estas Navidades serán probablemente las más atípicas que viviremos. Así que no, no quiero pensar en si seremos seis, ocho o diez los que nos sentemos a la mesa; en si podré o no bajar a tomar algo después de las uvas en Nochevieja, o si por el contrario acabaré la fiesta en mi casa viendo a las Mamachicho en televisión, en alguno de estos programas que todos los años nos recuerdan lo rápido que pasa el tiempo; ni en si mis amigos que viven fuera podrán venir este año a cenar con sus padres en Nochebuena; o en el concierto de Año Nuevo, al que de manera casi ritual acudía con mi hija desde hace ya cinco años y probablemente este no podré hacerlo porque el aforo, si es que lo hay, será tan limitado que conseguir entradas se convertirá en poco menos que una utopía. Incluso los Reyes Magos el día 5 de enero se quedarán sin cabalgata porque según las estadísticas, y la edad que se les supone, son precisamente adultos de riesgo.

 

No, definitivamente no pienso perder un solo segundo en lamentarme. Y no lo voy a hacer porque, pase lo que pase durante estas tres próximas semanas, espero de verdad que no sean las últimas, y aunque suene a discurso barato más propio del guion de una película americana que trate de adultos descreídos, yo concibo el concepto de la Navidad como un sentimiento de afecto y no solo como un momento festivo, más ahora desde que tengo una hija que disfruta en estas fechas con cada segundo que pasa contemplando las luces del árbol en el salón, o colgando guirnaldas de colores en cada rincón de la casa. Y aunque estoy seguro de que no serán lo mismo sin toda nuestra gente al lado cantando villancicos en Nochebuena, y los que estén lo hagan con la mirada puesta en el reloj si es que tienen que regresar a casa antes del toque de queda, creedme si digo que todo eso es completamente secundario. Que no es motivo para dejar de arrancarle una sonrisa al final de este maldito año, como tampoco lo será para aquellos que no tienen una mesa a la que sentarse, o para los que la Navidad no pasa de ser una época en la que los demás nos empeñamos en recordarles lo triste de su existencia. O lo que es infinitamente peor, para todos los que este año han perdido la vida, ellos o alguno de sus familiares, a causa de la condenada pandemia. Nunca habrá dos Navidades iguales, y si estas nos parecen malas, pensad que siempre pueden ser peores. Yo mismo, sin ir más lejos, recuerdo una Nochevieja allá por el 2006 en la que comí las uvas con mi familia en una habitación de hospital, con alguien que, aunque nunca lo dijo, ya sabía que serían las últimas, al igual que lo sabíamos los cuatro que le acompañamos aquella noche. ¿Qué pensaría él ahora si nos viese quejándonos de lo que tenemos por delante estas próximas tres semanas?

Tenemos que hacernos el infinito favor de ser positivos. Primero, por este puñado de pequeñajos que están sufriendo la pandemia sin quejarse lo más mínimo. Ellos se merecen que hagamos el esfuerzo de disfrutar de lo que nos queda de año, aunque este sea un poco más complicado de lo que esperábamos cuando empezó hace doce meses. Y después, por nosotros mismos y por los que seguramente nos acompañen a partir del que viene cuando toda esta mierda pase y llegue a ser poco más que el recuerdo de una época nefasta en nuestra vida.

Además, si miramos hacia atrás con perspectiva, seguramente este que se acaba ahora sea el año que concluiremos con el grado de remordimiento más bajo de todos los que hemos vivido hasta el momento. ¿Acaso alguien se acuerda de las promesas que se hizo a principios del 2020? Está claro que para la gran mayoría de nosotros, acabar el año sin mayores consecuencias es un objetivo real a estas alturas, y seguro que a poco que no hagamos demasiado el cafre vamos a conseguirlo, así que ya veis, otro motivo más para estar contentos en estas fechas. Eso sí, tampoco se os ocurra hacer planes para el que viene. Es mejor que la dieta imposible o el gimnasio lo dejemos para otro momento en el que el panorama luzca más despejado, porque ya veis que hace falta un solo chasquido para que el presente cambie de manera repentina.

Ahora bien, como ya he dicho otras veces, en cuanto tengáis la oportunidad, no dudéis en invertir todo el tiempo que podáis en hacer precisamente eso que ahora no es posible, que no es otra cosa que vivir en compañía. Porque aunque este año debamos ser felices en Navidad como lo hemos sido siempre aunque lo hagamos en grupos reducidos, no se puede negar que en compañía de los que se quiere, la felicidad se multiplica.

Así que por ti, por ellos, por todos nosotros que nos lo merecemos, os quiero desear de todo corazón y por derecho, feliz Navidad y próspero año 2021.

Francisco Ajates

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La muerte de un ídolo

Es probable que Maradona a estas alturas de su vida ya no asombrase a nadie con su talento. Bueno, al menos con el futbolístico. Pero su muerte estos días me ha hecho recordar la cantidad ingente de personajes que ha abandonado este mundo antes de tiempo, cuando quizás estaban destinados a cambiarlo. De hecho, la gran mayoría de ellos, lograron dejar para la historia un granito de su genio, algo con lo que la humanidad seguirá eternamente recordando lo triste que fue su fallecimiento.
La lista es casi interminable.
Cantantes como Bob Marley, Camarón de la Isla o Elvis Presley, que lograron hacer que su propio carácter, algo que ellos hacían con pasmosa naturalidad, acabase convirtiéndose en un estilo musical que décadas después de su muerte sigue viendo nacer estrellas tratando de imitarlos; otro ejemplo asombroso es el que forman el fatídicamente conocido grupo de los 27: Jim Morrison, Amy Winehouse, Jimi Hendrix, Janis Joplin. ¿Os imagináis que hubiese sido de la música si Mozart o Schubert hubiesen llegado por lo menos a los 40? ¿O de la literatura, a poco que Oscar Wilde o Edgar Alan Poe hubiesen tratado de evitar que sus miserias terminasen por consumirles la vida?


Siempre he pensado que toda esta gente que llega tan alto, también los que no se han muerto jóvenes, es porque han logrado reunir, a veces por casualidad, en un mismo individuo el talento y la pasión, entendida esta última como la mezcla entre el amor por una cosa y la entrega. No creo que sin juntar esas cosas se llegue tan alto. Si Michael Jordan hubiese nacido en Kenia, por ejemplo, tal vez no llegaría nunca a ser recordado como el mejor jugador de la historia del baloncesto. O si el padre de Mozart hubiese sido un carpintero irlandés, en lugar de un maestro de capilla en la corte de un arzobispo austriaco, pues probablemente el chiquillo habría acabado pasando la garlopa sobre un tablón, en lugar de pintando con su genio las líneas de un pentagrama. El problema, es que muchas veces la genialidad se vuelve en contra de quiénes la poseen, seguramente porque gestionar tanta genialidad es casi más difícil que alcanzarla.
Llegados a este punto, pensaréis que aunque aún no tenía edad para morirse, incluir a Diego Armando Maradona, cuando ya no cumplía los sesenta, en este elenco de genios muertos prematuros, sea un poco exagerado. Pero aunque a algunos les cueste reconocerlo, si echamos la vista atrás y repasamos lo que ha sido su vida hasta ahora y justo después de dejar el deporte, este hombre llevaba casi tres décadas tratando de dilapidar toda la grandeza que atesoró durante sus años de deportista, y por eso no he dudado en meterlo dentro de este grupo de personas que dejan de iluminarnos con la estrella de la genialidad justo cuando la humanidad está empezando a disfrutar de su talento. Lo curioso de todo, y de ahí seguramente su grandeza, es que después de dejar el fútbol, por mucho que se empeñó en parecer siempre un ser grotesco, un completo boludo sumido en una vida calamitosa, rodeado de una desdicha que él mismo fue sembrando con el paso de los años, el tipo nunca bajó ni un solo centímetro del pedestal en el que sus paisanos argentinos lo fueron aupando con cada gol con los que el Pelusa los deleitaba cuando aún tenía capacidad para moverse por un terreno de juego. Es tan grande su estela, puede que la más grande de todas, que aunque falleció como talentoso cuando aún no tenía los cuarenta, ha logrado el perdón eterno. Y ahora, después de muerto, entre todos aunque en mayor medida los argentinos, lo hemos subido al cielo y lo hemos sentando a la derecha de ese Dios al que le quitó la mano en México, en el Mundial de Fútbol del 86 frente a Inglaterra.

Argentina es un país complicado, un tanto revuelto desde hace tiempo, casi como el nuestro. Pero ver estos días a miles de argentinos agolpados en las calles de su patria querida llorando la muerte de su ídolo, a pesar de la pandemia en la que estamos —aunque de esto prefiero no hablar mucho porque daría para otro artículo, uno muy largo y seguramente de los malos—, me ha hecho recordar lo grande que era Diego Armando Maradona. Y al mismo tiempo me ha entristecido pensar en lo que habría logrado si hubiese sido capaz de gestionar solo un poco su grandeza. Sí, Maradona fue un genio, pero no solamente un genio del deporte. Fue y será siempre un ídolo de masas, alguien capaz de hacer olvidar las diferencias, de hacer llorar de pura alegría y al mismo tiempo de tristeza, de unir a un pueblo entero alrededor de la misma hoguera, de vestir siempre el blanco de la pureza por mucho que se empeñase a veces de tirarse al charco de la miseria.
Como dijo Andrés Calamaro en su momento, «Maradona no es una persona cualquiera», y seguramente tenía razón. Por eso me ha parecido oportuno dedicarle estas líneas a modo de despedida, aunque reconozco que muchas veces me he enfadado viendo el reconocimiento que se le daba, a pesar del desastre de persona en el que se había convertido.
Diego, allí donde estés ahora, tómate un mate a nuestra salud, y mira a ver si consigues encontrar a alguno de estos jóvenes genios estúpidos que privaron al mundo de su talento antes de que fuese el momento para hacerlo. Si lo haces, si los encuentras, coge una silla y siéntate junto a ellos. Tú ya no eras tan joven, pero sin lugar a dudas hace mucho que te habías ganado un sitio a su lado por puro empeño.

Francisco Ajates.

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Una vacuna para la tristeza

Está claro que estamos faltos de buenas noticias.

Esto de la pandemia se ha alargado tanto, que hasta nos hemos acostumbrado a vivir con la idea machacante en la cabeza de que no quedan motivos para la alegría.

Ya ni siquiera nos acordamos cómo en marzo del año pasado nos metíamos en casa con el susto en el cuerpo por la anulación absoluta de las libertades ciudadanas. Aunque muchos lo hicimos con la idea de que un tiempo encerrados tampoco vendría mal para hacer algo así como un pit-stop, una parada temporal en nuestras vidas aceleradas; una oportunidad de pasar más tiempo con la familia, de volver a coger un libro, de pintar las paredes de casa, de retomar aquella serie abandonada hace tiempo… Esa primera quincena de confinamiento nos la tomamos como unas vacaciones obligadas, convencidos algunos de que en solo dos semanas, como nos hicieron pensar cuando nos encerraron, el virus acabaría pasando y para el verano ya sería poco más que el recuerdo de una cena mal digerida. Yo mismo, iluso, tardé casi dos meses después de aquel primer encierro en cancelar las vacaciones.

El problema fue que de quince días nanay de la china. Después de los primeros quince vinieron otros quince, y después otros más, y después otros, y otros… Y así, cuando nos quisimos dar cuenta, ya nos estábamos subiendo por las paredes. Cansados de aplaudir por las ventanas a unos sanitarios extenuados, viendo por la tele cómo en algunos sitios los ataúdes salían de los hospitales como si fuesen la sangre de un país que se moría desangrado por una herida que parecía no terminar de cerrarse nunca, y rezando los que tuvimos la suerte de no perder a ningún ser querido, ni el trabajo, porque aquello terminase pronto y el maremoto de desdicha pasase de largo sin lamentar más consecuencias.

Y con estas llegó el verano, y lejos de haber dominado la situación, decidimos poner una venda en la herida con la esperanza de que el torniquete financiero del turismo aplacase un poco el dolor, y quién sabe si en esos meses de bonanza climatológica y esparcimiento necesario, el virus terminase por aburrirse y largarse por sí solo a buscar otros incautos a los que infectar. Nada más lejos de la realidad, por mucho que pensáramos los astures que estábamos hechos de otra pasta, que nuestra piel de reconquistadores era casi impenetrable. Una vez más volvemos a estar en la más absoluta mierda, incluso peor. Porque claro, esto del virus no entiende de fronteras, y si antes llegó tarde al Principado, ahora ya está metido de lleno y de una forma o de otra acabará por pillarnos a todos. Solo tenemos que rezar, los que crean que eso ayuda, para que cuando nos toque cerca no seamos uno más de los que engordan las estadísticas de fallecidos. Y para que con las medidas higiénicas necesarias, logremos entre todos allanar la dichosa curva epidemiológica y así, el que se ponga enfermo tenga una cama libre de hospital en la que ser atendido.

Llegados a este punto, os estaréis preguntando para qué coño estoy escribiendo este artículo: «joder, ya está este otra vez con el dichoso coronavirus», dirán algunos de los que lo lean. Tenéis razón, parece que no hay nada más de lo que hablar en los últimos tiempos. Pero en este caso, he querido escribir estas líneas para la reflexión, porque después de lo que estamos escuchando durante la última semana, parece que por fin estamos cerca de despertar de esta pesadilla. Durante estos días y después de mucho tiempo, los noticiarios han abierto casi a diario con una buena noticia. Cuando parecía que no merecíamos volver a estar contentos, unos tipos de traje y corbata aparecen de repente y le gritan al mundo que tienen la solución para todos nuestros problemas. Por fin han hallado la vacuna, y en apenas unas semanas estarán repartiendo dicha por todos los rincones de la Tierra. Y claro, con lo faltos que estamos de alegrías, hemos abrazado la noticia con un ansia desmedida.

Bueno, pues aquí es donde yo he pensado en poner un punto y coma para la reflexión pausada. Estoy seguro al cien por cien de que esas vacunas funcionarán y de que en unos meses estaremos empezando a recuperar nuestras vidas. Y no me cabe ninguna duda de que nos lo merecemos. De que nos merecemos dejar atrás este tormento, aunque sorprendentemente parece que ya nos hemos acostumbrado a vivir en cautiverio, y notando día a día el riesgo del contagio cada vez más cerca. Pero de lo que también estoy seguro, es de que esta gente que sale en televisión con mensajes salvadores, para nada tiene cara de mesías. Pensad que cuentan sus dineros en el banco con diez cifras, y creedme si os digo que para ellos somos poco más que un puñado de muñecos de Playmobil que pueden manejar a su antojo; por ejemplo, haciendo que la bolsa suba o baje en función de sus discursos.

Estamos cerca, seguro, y puede que lo peor ya haya pasado, aunque ahora volvamos a tener los hospitales abarrotados. Pero aún nos queda un trecho, y entre todos tenemos que lograr que no sea demasiado largo y tortuoso. Pensad que conque una persona, solamente una, se salve gracias al trabajo colectivo, el esfuerzo habrá valido la pena. Y no solo me refiero a salvar la vida, eso sobretodo, sino también a salvar un puesto de trabajo. A evitar entre todos que mientras llega la vacuna, que repito, yo mismo la veo cerca, no engordemos además de las listas de enfermos las de aquellos que necesitan hacer cola en el Banco de Alimentos. Que, o mucho me equivoco, o estas Navidades va a ser enorme.

Llegados a este punto y para terminar, ya que lo he citado y ahora que ha comenzado la campaña, quiero aprovechar estas líneas para pediros que este año hagamos un esfuerzo un poco mayor para ayudar a esos muchos que no se pueden permitir pensar en una vacuna dentro de tres meses, porque su necesidad es mucho más cercana. Tiene que ser durísimo levantarse todas las mañanas pensando qué hacer para que ese día tus hijos, cuando termine la jornada, no se vayan a la cama con un agujero en el estómago. Por favor, no permitamos que el virus también acabe con eso que veníamos haciendo otros años por estas fechas. Tal vez no podamos dejar un par de paquetes de macarrones a la salida del supermercado, pero echemos a un lado la galbana solidaria y busquemos el método de poner nuestro granito de arena, por muy pequeño que nos parezca. Muchos granos pequeñitos hacen un desierto.

Estas próximas Navidades, que sin duda serán atípicas como lo está siendo todo el maldito 2020, intentemos entre todos ponerle una vacuna a la tristeza, antes incluso de que llegue la de la pandemia.

Francisco Ajates

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Definitivamente nos hemos vuelto majaretas

Esta mañana me he levantado de la cama y mientras desayunaba, me he puesto a leer en mi teléfono la edición digital de uno de los periódicos de tirada nacional, aunque llevo tiempo tratando de evitar hacerlo, por no empezar el día con más agotamiento que con el que me acostaba por las noches en una época anterior no tan lejana. Y entonces, así de sopetón y con el estómago aún vacío, me he topado de frente con un mapa de España pintado a colorines. Uno en el que un periodista trataba de explicar cómo las Comunidades Autónomas se reparten las medidas anti-Covid, en función del criterio del gobernante de turno y del gabinete de «expertos» del que se rodea en cada caso, si es que ese gabinete existe. Porque más bien parece que en la mayoría de las ocasiones no son más que un puñado de amigos jugando al tute en compañía de una botella de wiski que tiembla sus últimos tragos, repartiendo con los naipes las medidas, y esperando a que el azar les propicie un resultado favorable y consigan cantar las cuarenta con un par de figuras del palo que pinta. Esperan que así, sin quererlo, el nivel de infectados por el virus dibuje una curva de descenso, en lugar de seguir escalando hasta Dios sabe dónde, y nuestros ancianos dejen de morirse solos en hospitales con las UCIs abarrotadas.

Y es que de verdad que este asunto ya está empezando a darme miedo, y cada día que pasa, en lugar de sentirme protegido por la figura emblemática del Estado al que pertenecemos, estoy empezando a notar cómo me flojean las rodillas. Porque este galimatías al que nos han abocado no tiene ni pies ni cabeza: que si Asturias cierra las fronteras con el resto de España y pinta otras entre concejos, que si Aragón decide que a las once de la noche todos en casa, pero en los bares hasta las diez; Galicia por su parte afirma que de fronteras no sabe nada, pero las reuniones solo de cinco en lugar de seis personas como el resto; Madrid en cambio, como ahora todo va bien, con cerrar un par de días para que los madrileños no se vayan de puente ya es suficiente; y así, una por una podéis ir repasando las medidas y veréis que no hay dos Comunidades que lo hagan de la misma manera. Es de locos.

No sé cómo vamos a hacer para que esta gente se entere de que no puede ser que cada uno haga lo que le salga de las narices y trate de convencer a sus vecinos de que el criterio elegido es mejor que el del resto, apoyándose bien en la pandemia o bien en la economía, según le convenga para justificar sus decisiones. Y que después vaya improvisando en función de las opiniones que reciban de sus votantes. Esto es un cachondeo, y mirándolo con perspectiva, como he hecho yo esta mañana observando el mapa del periódico, da bastante vergüenza y hasta un poquito de pena. A ver quién tiene el valor de cruzar España ahora, aunque sea por trabajo claro está, sin incumplir alguna normativa local que termine si no en una multa, sí a buen seguro en una reprimenda de algún miembro de los cuerpos de seguridad del Estado que lo pille fuera del horario permitido, o cruzando alguna línea fronteriza marcada en rojo por el virus, mientras explica abochornado que simplemente está de paso, como si ese fuese motivo suficiente para exculpar su pena.

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Pero lo que me parece más triste es que, aunque nos cueste creerlo, o al menos reconocerlo, todos estos que han llegado a ocupar un alto cargo político son gente inteligente, independientemente del color con el que firmen sus leyes. Nadie llega a presidente de una comunidad sin tener un bagaje cultural más o menos denso, o una capacidad de hacer que la falta del mismo no se note, y eso sin duda es también un signo de inteligencia. Y si de algo estoy seguro, es que cuando varias personas inteligentes se sientan en una mesa a buscar la solución a un problema, por muy complicado que sea, siempre acaban sacando algo positivo. O por lo menos consiguen pintar un camino menos tortuoso que al que nos están conduciendo ahora con tanto desmadre de normas sin sentido. Pero nuestros políticos no son capaces. No son capaces de llegar nunca a un consenso ni siquiera en esto, cuando la mayoría de ellos, como tampoco nosotros, tienen ni la más remota idea de cómo ponerle freno a la pandemia.

Joder, ¿no será más fácil ir todos a una, como Fuenteovejuna, y si al final nos equivocamos, pues por lo menos lo habremos hecho juntos? ¿No será mejor dejar de marear al pueblo con normas aisladas e incomprensibles solo por ver si tengo más suerte que el de al lado, y si al final resulta que acierto, pues voy y me cuelgo una medalla? No sé ni cuantas veces lo he dicho ya, pero los españoles estamos hartos de tanta discordia, y si al final seguimos así, pues acabaremos como en marzo todos confinados y después sálvese quien pueda. Porque aunque no lo creamos, el que todos estemos en casa, aunque ayude a frenar a este maldito virus que no entiende de colores, tiene un precio altísimo que no sé si España será capaz de pagar algún día, y si no, que les pregunten a los hosteleros.

Ahora bien, tampoco descarguemos toda la responsabilidad en los políticos, porque ellos solo tienen la capacidad de hacer que la situación empeore, que ya es mucho. En todos nosotros recae la tarea de cumplir con las normas sanitarias, aunque alguna no nos guste. No debemos de caer en el error de pensar que este asunto no va con nosotros, porque si no lo hacemos bien, al final el contagio se convierte en una ruleta rusa, y si la bala no nos toca a nosotros, quizás lo haga a un familiar nuestro que termine aislado y entubado en la fría sala de un hospital, o Dios no lo quiera, engordando las listas de fallecidos por la Covid.

Francisco Ajates

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La familia que uno elige

Al final esta mierda se nos ha vuelto a ir de las manos. Vamos de brote en brote y tiro porque me toca. Sin embargo, como me había prometido a mí mismo que el siguiente artículo no hablaría del maldito Coronavirus, se me ha ocurrido darle la vuelta a la tortilla y usar esta situación tan penosa que vivimos como excusa para hacerlo.

Alguna vez he oído que los amigos son la familia que uno elige. No estoy tan convencido de que eso sea así, porque seguramente a la gran mayoría de nosotros nadie nos preguntó dónde queríamos vivir cuando vinimos a este mundo, y es probable que a algunos de los que siempre se han puesto la etiqueta de “amigos”, si nos hubiesen dejado elegir, habríamos preferido tenerlos lejos desde el primer momento en el que entraron a formar parte de nuestra vida. Por suerte, en mi caso, no tengo muchos de esos, quizás incluso ninguno, y para el resto, o sea, para todos los que han ocupado un pedacito de mi ahora ya media existencia, va esta pequeña dedicatoria. Una dedicatoria que en estos tiempos en los que tanto se aboga por el aislamiento social, me ha parecido oportuno traer a La Columna con la idea de reivindicar que, cuando todo este mal trago quede atrás, volvamos a usar el tiempo libre que tenemos para lo que de verdad importa.

Hace unos días vi de nuevo un vídeo que uno de mis amigos de la infancia había montado tiempo atrás, con fotografías nuestras del pasado, de cuando éramos niños y no tan niños; y al verlo, al contemplarlo por enésima vez, me embargó un sentimiento de pertenencia al grupo tan grande, que la nostalgia que sentí casi me hizo hasta daño. La verdad es que no sé muy bien por qué me puse nostálgico, y lo digo porque yo soy de los que piensa que cada época en la vida tiene sus cosas buenas, y que cuando echamos la vista atrás, salvo por accidente sentimental, nuestro cerebro suele ir amontonando los recuerdos buenos sobre los no tan buenos. Al final, por suerte, la imagen de otro tiempo que siempre nos viene a la cabeza suele ser mucho más idílica de lo que seguramente vivimos en su momento. Pero tengo que confesar que en este caso, al revivir este puñado de recuerdos, quizás agudizado el sentimiento por la canción de Amaral que sonaba en el vídeo de fondo, se me formó un nudo en la garganta tan grande que casi tuve que dejarlo antes de que terminara. Por suerte, el magnetismo del recuerdo fue mucho más fuerte que el dolor de la nostalgia, y al final pude esperar a que llegara hasta la última secuencia. Cuando terminó, la amargura de la morriña dio paso a un regusto dulce que aún me dura después de varios días.

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Y es que después de ver el vídeo, me di cuenta de lo afortunado que soy. De lo afortunados que somos todos los que podemos contar con un puñado de amigos, más o menos grande, a los que podemos hablarles después de un siglo sin verlos, como si no hubiese pasado un solo día desde la última vez que conversamos; a los que cuando suena el teléfono y lees el nombre de uno de ellos en la pantalla, te alegras independientemente del momento en el que aterrice la llamada; a los que cuando les pasa algo malo, te duele tanto a ti como les duele a ellos; a los que la distancia nunca les supone una barrera, y con los que siempre cuentas cuando necesitas que alguien te eche un cable… Y que conste que no solo hablo de ese grupito de colegas que crecieron con nosotros, que empezaron a probar las mieles de la independencia al mismo tiempo, la primera salida nocturna, el primer campin de verano, las primeras verbenas sin los padres, la primera novia, la primera borrachera, el primer trabajo… De esos sobre todo, pero también de todos estos que poco a poco, con el transcurso de los años, se han ido subiendo a nuestro carro, y que ahora, después de cuarenta y dos en mi caso, son parte de tu familia. Una familia que nunca ha dejado de crecer, y de la que ya no sería capaz de desprenderme.

Ahora, si has llegado hasta aquí leyendo, te propongo un pequeño reto: cierra los ojos un instante y piensa en todas estas personas de las que te hablo. Dale un respiro a tu cerebro y deja por un segundo de lado este tormento del virus dichoso. El virus y todo lo que le acompaña, que últimamente es tan pernicioso como el propio bicho. Imagínate por un momento que esto es una mala pesadilla de la que tarde o temprano acabaremos despertando, y trata de recordar todos esos momentos que has vivido con los que te rodean; o intenta imaginar los que te quedan por vivir a poco que la maldita pandemia nos dé una tregua. Pues bien, si has conseguido relajarte aunque solo fuese unos segundos, prueba a ponerle nombre a los que aparecen contigo en las imágenes que dibuja tu mente.

Pues para todos ellos va esta dedicatoria en tiempos revueltos. Esta dedicatoria y un mensaje de agradecimiento. Gracias por hacer que en nuestras vidas, pase lo que pase, siempre haya alguien dispuesto a ofrecer un pilar en el que apoyarte.

Francisco Ajates

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Triste similitud

Retiran a cinco loros de un zoo británico porque insultaban a los visitantes.

Así reza el titular de uno de los muchos periódicos que se han hecho eco de la noticia, y a mí, sin quererlo, nada más leerlo, me han venido a la cabeza las imágenes de aquellos superdebates televisivos a los que nos vimos sometidos hace unos meses, viendo como los cinco tipos encargados de representarnos se colocaban detrás de unos atriles a lanzarse insultos entre ellos sin ningún pudor. Pues gracias a estos loros, el recuerdo se ha vuelto menos dañino; porque ahora, en lugar de recordar a esos políticos engalanados escupiendo sandeces para remover al populacho, que eso es precisamente lo que somos para ellos, un triste puñado de votos que hay que ganar cueste lo cueste, pues me imagino a estos pobres loros vestidos con corbata, parloteando vocablos sin sentido, todos a la vez, tratando de hacerse oír entre el ruido de los otros. Y el resto, los oyentes, muertos de risa en el sofá de nuestra casa viendo como hacen el mayor de los ridículos sin ni siquiera darse cuenta de que lo están haciendo. De que por muy alto que se insulten, no nos creemos ni una sola palabra de lo que dicen.

Lo triste de todo, es que al final, esta imagen que dibuja mi mente perturbada no es algo real. Al final, más allá de la guasa, lo que de verdad hubo detrás de esos atriles fueron personas con traje, que después terminaron dirigiendo nuestros destinos. Y además, por si esto no fuera poco, más tarde vino esta condenada pandemia para ponernos a prueba. Para ponernos a prueba a nosotros y por supuesto a ellos y si no, que se lo digan a los madrileños, que están viendo cómo tanto los unos como los otros se están tirando los trastos para pescar en río revuelto, en lugar de sentarse a coger el toro por los cuernos y tratar de atajar este problema, que vuelve a tener visos de tornarse en tragedia a poco que alguien no encuentre pronto un remedio definitivo.

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Porque alguien debiera decirle a toda esta gente que se sienta en sillones acolchados y forrados en piel, que los españoles estamos cansados de tanta disputa. Que ya está bien de negar la realidad solo porque sea el contrario quién la predique. Que por una vez, traten de sentarse en la misma mesa con espíritu crítico y constructivo, y se dejen de pensar en elecciones. Que se miren al espejo y digan en voz alta lo que están diciendo detrás de las cámaras, a ver si tienen el valor de creerse una sola de sus palabras, o por lo menos, de aguantarse la risa cuando terminan de formularlas. Porque aunque no lo crean, esto por lo que discuten ahora, de broma tiene muy poquito, y al final, el chiste terminará de nuevo con una moraleja muy triste, y más tarde vendrán las lamentaciones…

Vaya por Dios. Al final, después de escribir esto, ya no me acuerdo de la gracia que me hizo la imagen de los cinco loros. Ahora incluso me dan hasta un poquito de pena esos pobres animalitos, que lo único que hacían cuando los metieron en sus jaulas era imitar lo que algún humano guasón les había enseñado a recitar en voz alta. Aunque bueno, viendo esta semana el debate televisivo que ofrecieron los dos candidatos a la presidencia de los Estados Unidos, con Donald Trump a la cabeza, ¿no estarán desde hace tiempo nuestros políticos, de manera inconsciente, claro está, imitando algún comportamiento como hacían esos pobres loros grises africanos del Lincolnshire Wildlife Park de Boston en el Reino Unido?

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Y si la escuela falla, siempre nos quedará rezarle una oración a San Fortnite

Se acerca la vuelta a las aulas después de meses de asueto intelectual, y para todos aquellos que tenemos hijos en edad escolar, el asunto se ha vuelto un tanto peliagudo.

Estamos a poco más de una semana de que los niños regresen al colegio, y aunque de una manera o de otra nos hacemos eco del ingente esfuerzo que está realizando el personal docente para cumplir con las exigencias de un guion que no llega más allá del primer día de clase, nadie puede estar seguro de qué es lo que va a ocurrir a partir del momento en el que cientos de niños vuelvan a verse las caras ―bueno, solo la mitad que deja al descubierto la mascarilla―, después de meses sin contacto. Seguramente algunos centros se verán obligados a cerrar sus puertas al día siguiente de haberlas abierto, si es que el bicho este que nos está amargando la vida decide cebarse con su alumnado.

Y será ahí entonces cuando volvamos a rendirnos a la magnificencia de las benditas nuevas tecnologías. Y si no, pensad que hubiese sido de nosotros durante la cuarentena, y más allá, sin el bueno de San Fortnite, la fastuosidad de San TikTok, o el todo poderoso YouTube, el que todo lo sabe; por no hablar de las fantásticas reuniones terapéuticas que organizaba el generoso San Whatsapp cámara en mano, al amparo de una sala de chat en grupo.

Sí, sí, pensadlo bien y no os quejéis. Porque, ¿habéis hecho el esfuerzo de imaginar qué hubiese sucedido hace tan solo unos treinta años, si alguien se hubiese atrevido a encerrar en casa durante tres meses a una familia de tipo medio en España? Estoy seguro de que en muchos hogares, al tercer día de convivencia, la Segunda Guerra Mundial hubiese sido poco más que una de estas partidas de la PlayStation de quince minutos, en comparación con lo que se hubiese vivido detrás de sus paredes.

Sin ir más lejos, ¿qué hubiésemos hecho los niños de aquella época sin poder salir de casa? Joder, si se nos caía el techo encima a las dos horas de llegar del colegio, y en cuanto podíamos nos tirábamos a la calle y no volvíamos hasta que nuestra madre, a la que no le hacía falta cobertura de ningún tipo para hacer llegar el mensaje, se asomaba por la ventana y se desgañitaba para hacernos entender que, o subíamos cagando leches, o las leches bajaban a por nosotros.  Se me ponen los pelos de punta imaginando a esos niños encerrados en su cuarto, o corriendo por el pasillo sin escapatoria alguna, perseguidos por una zapatilla que a buen seguro, después de varios días de encierro, habría sido capaz de cruzar la casa en vuelo rasante y regresar al brazo de partida con un complicado efecto bumerán tras hacer impacto en el objetivo.

O a esas adolescentes, humillantemente incomunicadas, lanzándole carantoñas al noviete por el teléfono fijo en el salón de su casa, frente a la mirada perdida de un padre atrapado durante horas en el sofá, desesperado sin poder salir ni a trabajar, imaginando con nostalgia las partidas de tute en el bar con los amigos, y viendo una y otra vez los goles de Hugo Sánchez repetidos sin descanso en la Segunda Cadena de TVE. Y qué decir de esa pobre madre, que además de practicar por obligación el lanzamiento de bumerán con la zapatilla, habría sido capaz de arrancar las juntas de los azulejos de la cocina pasando la aspiradora sin descanso por cualquier lugar de la casa que estuviese a tiro de bayoneta.  Seguramente algún que otro escobazo hubiese aterrizado en el mismo punto que la zapatilla, después de estar aguantando sin remedio los gritos, pellizcos, arañazos, mordiscos, o cualquier otro tipo de agresión entre hermanos aburridos, surgida de una simple batalla por el turno en el cuarto de baño para ducharse, después de llevar casi una semana sin hacerlo.

En definitiva, una cuarentena en nuestra infancia habría sido una verdadera hecatombe familiar, salvo por el hecho de que con total probabilidad hubiese supuesto una época fantástica para afianzar una afición que antes había entre la juventud, un poco más saludable que esta de las nuevas tecnologías. Seguramente entonces al bueno de Isaac Molina no le hubiese costado entrar a formar parte de muchas de esas familias.

Pero tal vez por eso, por ventaja comparativa, que durante esta época a nuestros hijos se les haya puesto cara de pantallita no es algo tan grave. Simplemente es una cuestión que va acorde con los tiempos, y quizás lo que tenemos que hacer es aprender con ellos a dosificarlo, sobre todo una vez que se ha terminado la excusa del encierro.

Lo que sí debemos esperar es que una vez decidida la vuelta a los colegios, este esfuerzo que están haciendo los profesores para adaptar las aulas a la maldita nueva normalidad valga para algo. Sabemos que los cientos de chistes que circulan por la red con madres pidiendo prisión incondicional en el colegio para sus hijos durante todo el invierno, o alguna gritando desesperada tras la verja del centro a un niño que no parece darse cuenta de que durante un tiempo la escuela será un tanto diferente, no pasan de ser puro teatro. Pero lo que no es comedia es lo que estamos viviendo, así que tratemos de transmitir a nuestros hijos, sin asustar claro está, la gravedad del asunto, y pongámonos por un momento en el pellejo de ese profesor que tiene que ser capaz de hacer que veinte niños, sentados todos en la misma aula durante cinco horas, mantengan unas normas que a nosotros nos ha costado muchas veces hacer que uno solo, o alguno más, es lo mismo, cumplieran durante un par este verano.

Y si al final lo de la escuela falla y terminan todos de nuevo encerrados en casa, pues no nos quedará más remedio que hincar una vez más la rodilla en el suelo y rezarle una oración a las nuevas tecnologías.  Aunque bueno, también podemos hacer la prueba de levantaos una de estas mañana sin colegio antes que el resto de la familia, acercarnos sigilosamente al cacharrito negro que tenemos conectado a un cable escondido detrás del mueble del salón, y pulsar el botón de Off, dejando toda la casa en la más absoluta oscuridad comunicativa. A ver si tenemos el valor de aguantar un solo día.

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Y a pesar de todo, elijo no perder la sonrisa

Son tiempos difíciles para los humanos, no lo vamos a negar. Nadie contaba con ello, y de repente, un bicho pernicioso, un ser microscópico escapado de una de las novelas de Stephen King, ha salido de la nada y nos ha demostrado lo débiles que somos como especie. No me refiero solamente a la debilidad física, que también, y si no, que se lo digan a los miles de personas que por desgracia están dejando este mundo antes de lo que esperaban a causa de la enfermedad. De lo que hablo, es de la flaqueza cooperativa de la que hemos hecho gala desde que se declaró la pandemia… y en esto, como siempre, y lo digo con mucha tristeza, los españoles en las trincheras y a la cabeza. Con tristeza y con rabia. Porque si no bastaba con llevar años contemplando cómo la clase política se devaluaba en nuestro país jugando al populismo, cómo los partidos independentistas se radicalizaban y le vendían ideas utópicas a su gente con la única intención de pescar en río revuelto, cómo la crisis del 2009 se volvía eterna, o nuestros jóvenes más inteligentes tenían que emigrar para labrarse un futuro, el déficit insalvable, la corrupción, las pensiones en la cuerda floja ―casi un sueño en el futuro como el de la independencia―, el paro que no termina de bajar, la sanidad sin presupuesto, los colegios bajo mínimos; pues ahora, cuando el virus entra en Europa, nosotros ahí también los primeros, no fuera a ser… Joder, si hasta el rey emérito ha decidido largarse del país porque no aguantaba el bochorno…

La verdad es que es para mear y no echar gota, para salir corriendo y no detenerse hasta llegar a Marte.

Pero no os desesperéis. Coged un buen libro y sentaos con tranquilidad a disfrutarlo, porque creedme si os digo que como todo en esta vida, lo del COVID acabará pasando, y seguro que entonces recuperaremos eso que hemos perdido hace unos meses sin comerlo ni beberlo. Y ahora no hablo de los debates televisivos, ni de las elecciones cada seis meses, eso si Dios quiere tardaremos en volver a verlo. Me estoy refiriendo a las reuniones con los amigos los viernes en la terraza del bar, mientras nuestros hijos juegan a ser mayores con un móvil sin tarjeta. Las cenas con la familia, las verbenas de verano con la caja de sidra entre las piernas mientras escuchamos a Ráfaga como si estuviésemos en un concierto de los Rolling, o el Molinón hasta los topes llorando los goles del contrario; las manifestaciones en el barrio porque no se ve bien la tele, las bodas hasta las tantas de la madrugada bailando poseído con la tía del pueblo como si fuese esa tu última noche en la tierra. Los abrazos y los besos entre conocidos que hace tiempo que no se ven, las fiestas de fin de curso con espuma, y los carnavales, y el Domingo de Ramos bendiciendo la palma con la única intención de que la madrina suelte el bollo. Los viajes del INSERSO a Benidorm en noviembre para menear el esqueleto, los guiris, apelotonados en la playa empapándose de este sol tan nuestro hasta conseguir un bronceado tipo cangrejo, algo con lo que regresar a su país y presumir de quemadura con el vecino. Incluso los hippies agolpados vendiendo pulseritas en los mercados medievales, el descenso del Sella, el Xiringüelu un día más tarde, la despedida de soltero, la del jubilado que lleva cuarenta años en la empresa…

En fin, son tantas cosas las que hemos dejado de hacer, que aunque en España nos empeñemos siempre en estar a la cabeza de lo malo, hay algo en lo que nadie nos gana, y tal vez por eso nos critiquen desde fuera y seamos la envidia de todos los que vienen aquí por el verano y se desmadran sin control. A los españoles nos han enseñado desde pequeños el verdadero significado de la palabra VIVIR, y lo hacemos como nadie y siempre en compañía. Pase lo que pase.

Solamente tenemos que ponernos las pilas y hacer que entre todos, unidos en el respeto principalmente, logremos que este mal trago acabe pronto y no se nos vaya de las manos más de lo que ya se nos ha ido. Tratemos de proteger lo que tenemos y quitémonos de la cabeza eso de que España es un país de pandereta, porque es mentira, aunque pandereteros haya muchos. Esta es una nación rica en sentimientos y eso es lo que siempre nos ha unido, así que hagamos de nuestra manera de ser un baluarte para ganar esta batalla, y no miremos más arriba buscando responsables. Esto ha llegado aquí sin merecerlo, de acuerdo, pero ahora es cosa de todos, y cuando nos demos cuenta de ello, el camino hasta la salida se hará mucho más corto.

Es precisamente por esta fe que tengo en los que me rodean, por lo que, a pesar de todo, elijo no perder la sonrisa, aunque ahora nadie pueda verla porque una mascarilla oculta mi rostro.

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