La libertad de expresión no se defiende con violencia.

No podemos dejar que el descontento nos lleve a defender ideales equivocados.

Seguramente el señor Pablo Hásel es un genio de las rimas, no voy a ser yo quien ponga en duda su capacidad artística. Y admito, que aunque alguna vez me he acercado a sus letras solo por la curiosidad de ver de qué trataban, siempre me he visto atrapado con un extraño magnetismo hasta el último segundo de cada canción de las que he escuchado.
Pero más allá de reconocer que quizás sea un buen rapero, me niego a nombrar a este fulano pendenciero como abanderado de la libertad de expresión en este país; como tampoco a los que abarrotan las calles repartiendo madera al grito de que están cansados de vivir en un país tirano y opresor. Todo, cuando ninguno de ellos, como tampoco yo gracias a Dios, saben lo que es vivir bajo el yugo de una tiranía; una de las de verdad, y no la del despertador que te obliga a salir de la cama e ir al trabajo a ganar un sueldo con el que pagar la hipoteca. Seguramente una prueba de que están viviendo en un país con libertad, es que después de salir en tropel cada noche a destrozar el mobiliario urbano, el que todos pagamos con nuestros impuestos —también los padres de muchos de ellos—, regresan a su casa tan tranquilos, a presumir de las hazañas en un grupo de WhatsApp sin asumir ninguna consecuencia por sus actos.
La libertad de expresión es un derecho fundamental al que no podemos renunciar, pero cuidado, porque a veces para algunos, la libertad de expresión y la agresión verbal se mueven a los lados de una línea muy fina. Y este rapero de moda al que muchos defienden como si se tratase del mismísimo Mahatma Gandhi, adornando sus letras con mensajes demagogos a los que cualquiera puede sumarse sin falta de hacer un esfuerzo muy grande de solidaridad, ha dejado perlas del tipo que sigue, por si alguno no las conoce:
«Merece que explote el coche de Patxi López.
No me da pena tu tiro en la nuca, pepero.
No me da pena tu tiro en la nuca, socialisto.
Que alguien clave un piolet en la cabeza de José Bono.
Mi hermano entra en la sede del PP gritando ¡Gora ETA! A mí no me venden el cuento de quiénes son los malos, solo pienso en matarlos.
¿50 policías heridos? Estos mercenarios de mierda se muerden la lengua pegando hostias y dicen que están heridos… »

Y no sigo, porque cada frase que leo aunque rime con estilo en el cuerpo de una canción, me revuelve las tripas, y deja de ser arte y se convierte en agresión desde el momento en el que aboga por que una persona, la que sea, acabe con un tiro en la nuca; o porque alguien al que considera su hermano entre en un lugar enalteciendo una de las peores lacras a las que ha tenido que enfrentarse este país no hace tantos años, como fue el terrorismo de ETA. ¿Cuál es la diferencia de estas letras a otras que hablaran de: «pegarle un tiro a tu mujer por mirarle a los ojos al vecino», o que dijeran algo así como «muerte al inmigrante que nos viene a quitar el trabajo»? ¿Alguien tendría dudas de que esas frases serían dignas de sentar al que las pronunciara delante de un juez por incitar a la violencia? Yo no, vamos, porque cualquiera de estas dos, al igual que las anteriores, me parecen repulsivas, y creo que provocan justo lo que está ocurriendo ahora, que cientos de personas salgan a repartir hostias pensando que en eso consiste la libertad de expresión.
No voy a negar que hay mucho que cambiar en España. Y en este caso, aunque sea darle un poco la razón a este tipo al que se le llena la boca apaleando policías, a estas alturas cuesta creer que en un país como este que se tilda de moderno siga habiendo en el código penal un delito que se llama “Injurias a la corona”, independientemente de la estima que le tengamos o no a la institución que representa. Lo que ocurre, es que el hecho de que haya leyes que no nos gusten a todos, es una muestra más de que aquí vivimos en un país libre, y aunque no queramos reconocerlo, estas leyes las formulan los que entre todos hemos puesto al frente haciendo uso del mayor derecho de expresión que existe, que es el de ir a votar con plena libertad de elección cada cuatro años.


Esto no quiere decir que si algo no nos gusta no lo digamos. Tenemos que gritar a los cuatro vientos cualquier injusticia de la que seamos testigos. Hacer uso siempre de nuestro derecho de libertad de expresión, pero nunca, nunca, pensar que la violencia, verbal o física, es una expresión de libertad, sino justo lo contrario. Y los que la practican, o los que la defienden, son los máximos exponentes de un sistema opresor y tirano, aunque sea precisamente de lo que se quejen.
El fascismo tiene muchas caras, y no todas peinan un bigote.

Francisco Ajates

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