Triste similitud

Retiran a cinco loros de un zoo británico porque insultaban a los visitantes.

Así reza el titular de uno de los muchos periódicos que se han hecho eco de la noticia, y a mí, sin quererlo, nada más leerlo, me han venido a la cabeza las imágenes de aquellos superdebates televisivos a los que nos vimos sometidos hace unos meses, viendo como los cinco tipos encargados de representarnos se colocaban detrás de unos atriles a lanzarse insultos entre ellos sin ningún pudor. Pues gracias a estos loros, el recuerdo se ha vuelto menos dañino; porque ahora, en lugar de recordar a esos políticos engalanados escupiendo sandeces para remover al populacho, que eso es precisamente lo que somos para ellos, un triste puñado de votos que hay que ganar cueste lo cueste, pues me imagino a estos pobres loros vestidos con corbata, parloteando vocablos sin sentido, todos a la vez, tratando de hacerse oír entre el ruido de los otros. Y el resto, los oyentes, muertos de risa en el sofá de nuestra casa viendo como hacen el mayor de los ridículos sin ni siquiera darse cuenta de que lo están haciendo. De que por muy alto que se insulten, no nos creemos ni una sola palabra de lo que dicen.

Lo triste de todo, es que al final, esta imagen que dibuja mi mente perturbada no es algo real. Al final, más allá de la guasa, lo que de verdad hubo detrás de esos atriles fueron personas con traje, que después terminaron dirigiendo nuestros destinos. Y además, por si esto no fuera poco, más tarde vino esta condenada pandemia para ponernos a prueba. Para ponernos a prueba a nosotros y por supuesto a ellos y si no, que se lo digan a los madrileños, que están viendo cómo tanto los unos como los otros se están tirando los trastos para pescar en río revuelto, en lugar de sentarse a coger el toro por los cuernos y tratar de atajar este problema, que vuelve a tener visos de tornarse en tragedia a poco que alguien no encuentre pronto un remedio definitivo.

NUEVA NOVELA Nicolás cubierta delanteraeBook 5.90 €


Porque alguien debiera decirle a toda esta gente que se sienta en sillones acolchados y forrados en piel, que los españoles estamos cansados de tanta disputa. Que ya está bien de negar la realidad solo porque sea el contrario quién la predique. Que por una vez, traten de sentarse en la misma mesa con espíritu crítico y constructivo, y se dejen de pensar en elecciones. Que se miren al espejo y digan en voz alta lo que están diciendo detrás de las cámaras, a ver si tienen el valor de creerse una sola de sus palabras, o por lo menos, de aguantarse la risa cuando terminan de formularlas. Porque aunque no lo crean, esto por lo que discuten ahora, de broma tiene muy poquito, y al final, el chiste terminará de nuevo con una moraleja muy triste, y más tarde vendrán las lamentaciones…

Vaya por Dios. Al final, después de escribir esto, ya no me acuerdo de la gracia que me hizo la imagen de los cinco loros. Ahora incluso me dan hasta un poquito de pena esos pobres animalitos, que lo único que hacían cuando los metieron en sus jaulas era imitar lo que algún humano guasón les había enseñado a recitar en voz alta. Aunque bueno, viendo esta semana el debate televisivo que ofrecieron los dos candidatos a la presidencia de los Estados Unidos, con Donald Trump a la cabeza, ¿no estarán desde hace tiempo nuestros políticos, de manera inconsciente, claro está, imitando algún comportamiento como hacían esos pobres loros grises africanos del Lincolnshire Wildlife Park de Boston en el Reino Unido?

Compartir

Y si la escuela falla, siempre nos quedará rezarle una oración a San Fortnite

Se acerca la vuelta a las aulas después de meses de asueto intelectual, y para todos aquellos que tenemos hijos en edad escolar, el asunto se ha vuelto un tanto peliagudo.

Estamos a poco más de una semana de que los niños regresen al colegio, y aunque de una manera o de otra nos hacemos eco del ingente esfuerzo que está realizando el personal docente para cumplir con las exigencias de un guion que no llega más allá del primer día de clase, nadie puede estar seguro de qué es lo que va a ocurrir a partir del momento en el que cientos de niños vuelvan a verse las caras ―bueno, solo la mitad que deja al descubierto la mascarilla―, después de meses sin contacto. Seguramente algunos centros se verán obligados a cerrar sus puertas al día siguiente de haberlas abierto, si es que el bicho este que nos está amargando la vida decide cebarse con su alumnado.

Y será ahí entonces cuando volvamos a rendirnos a la magnificencia de las benditas nuevas tecnologías. Y si no, pensad que hubiese sido de nosotros durante la cuarentena, y más allá, sin el bueno de San Fortnite, la fastuosidad de San TikTok, o el todo poderoso YouTube, el que todo lo sabe; por no hablar de las fantásticas reuniones terapéuticas que organizaba el generoso San Whatsapp cámara en mano, al amparo de una sala de chat en grupo.

Sí, sí, pensadlo bien y no os quejéis. Porque, ¿habéis hecho el esfuerzo de imaginar qué hubiese sucedido hace tan solo unos treinta años, si alguien se hubiese atrevido a encerrar en casa durante tres meses a una familia de tipo medio en España? Estoy seguro de que en muchos hogares, al tercer día de convivencia, la Segunda Guerra Mundial hubiese sido poco más que una de estas partidas de la PlayStation de quince minutos, en comparación con lo que se hubiese vivido detrás de sus paredes.

Sin ir más lejos, ¿qué hubiésemos hecho los niños de aquella época sin poder salir de casa? Joder, si se nos caía el techo encima a las dos horas de llegar del colegio, y en cuanto podíamos nos tirábamos a la calle y no volvíamos hasta que nuestra madre, a la que no le hacía falta cobertura de ningún tipo para hacer llegar el mensaje, se asomaba por la ventana y se desgañitaba para hacernos entender que, o subíamos cagando leches, o las leches bajaban a por nosotros.  Se me ponen los pelos de punta imaginando a esos niños encerrados en su cuarto, o corriendo por el pasillo sin escapatoria alguna, perseguidos por una zapatilla que a buen seguro, después de varios días de encierro, habría sido capaz de cruzar la casa en vuelo rasante y regresar al brazo de partida con un complicado efecto bumerán tras hacer impacto en el objetivo.

O a esas adolescentes, humillantemente incomunicadas, lanzándole carantoñas al noviete por el teléfono fijo en el salón de su casa, frente a la mirada perdida de un padre atrapado durante horas en el sofá, desesperado sin poder salir ni a trabajar, imaginando con nostalgia las partidas de tute en el bar con los amigos, y viendo una y otra vez los goles de Hugo Sánchez repetidos sin descanso en la Segunda Cadena de TVE. Y qué decir de esa pobre madre, que además de practicar por obligación el lanzamiento de bumerán con la zapatilla, habría sido capaz de arrancar las juntas de los azulejos de la cocina pasando la aspiradora sin descanso por cualquier lugar de la casa que estuviese a tiro de bayoneta.  Seguramente algún que otro escobazo hubiese aterrizado en el mismo punto que la zapatilla, después de estar aguantando sin remedio los gritos, pellizcos, arañazos, mordiscos, o cualquier otro tipo de agresión entre hermanos aburridos, surgida de una simple batalla por el turno en el cuarto de baño para ducharse, después de llevar casi una semana sin hacerlo.

En definitiva, una cuarentena en nuestra infancia habría sido una verdadera hecatombe familiar, salvo por el hecho de que con total probabilidad hubiese supuesto una época fantástica para afianzar una afición que antes había entre la juventud, un poco más saludable que esta de las nuevas tecnologías. Seguramente entonces al bueno de Isaac Molina no le hubiese costado entrar a formar parte de muchas de esas familias.

Pero tal vez por eso, por ventaja comparativa, que durante esta época a nuestros hijos se les haya puesto cara de pantallita no es algo tan grave. Simplemente es una cuestión que va acorde con los tiempos, y quizás lo que tenemos que hacer es aprender con ellos a dosificarlo, sobre todo una vez que se ha terminado la excusa del encierro.

Lo que sí debemos esperar es que una vez decidida la vuelta a los colegios, este esfuerzo que están haciendo los profesores para adaptar las aulas a la maldita nueva normalidad valga para algo. Sabemos que los cientos de chistes que circulan por la red con madres pidiendo prisión incondicional en el colegio para sus hijos durante todo el invierno, o alguna gritando desesperada tras la verja del centro a un niño que no parece darse cuenta de que durante un tiempo la escuela será un tanto diferente, no pasan de ser puro teatro. Pero lo que no es comedia es lo que estamos viviendo, así que tratemos de transmitir a nuestros hijos, sin asustar claro está, la gravedad del asunto, y pongámonos por un momento en el pellejo de ese profesor que tiene que ser capaz de hacer que veinte niños, sentados todos en la misma aula durante cinco horas, mantengan unas normas que a nosotros nos ha costado muchas veces hacer que uno solo, o alguno más, es lo mismo, cumplieran durante un par este verano.

Y si al final lo de la escuela falla y terminan todos de nuevo encerrados en casa, pues no nos quedará más remedio que hincar una vez más la rodilla en el suelo y rezarle una oración a las nuevas tecnologías.  Aunque bueno, también podemos hacer la prueba de levantaos una de estas mañana sin colegio antes que el resto de la familia, acercarnos sigilosamente al cacharrito negro que tenemos conectado a un cable escondido detrás del mueble del salón, y pulsar el botón de Off, dejando toda la casa en la más absoluta oscuridad comunicativa. A ver si tenemos el valor de aguantar un solo día.

Compartir

Y a pesar de todo, elijo no perder la sonrisa

Son tiempos difíciles para los humanos, no lo vamos a negar. Nadie contaba con ello, y de repente, un bicho pernicioso, un ser microscópico escapado de una de las novelas de Stephen King, ha salido de la nada y nos ha demostrado lo débiles que somos como especie. No me refiero solamente a la debilidad física, que también, y si no, que se lo digan a los miles de personas que por desgracia están dejando este mundo antes de lo que esperaban a causa de la enfermedad. De lo que hablo, es de la flaqueza cooperativa de la que hemos hecho gala desde que se declaró la pandemia… y en esto, como siempre, y lo digo con mucha tristeza, los españoles en las trincheras y a la cabeza. Con tristeza y con rabia. Porque si no bastaba con llevar años contemplando cómo la clase política se devaluaba en nuestro país jugando al populismo, cómo los partidos independentistas se radicalizaban y le vendían ideas utópicas a su gente con la única intención de pescar en río revuelto, cómo la crisis del 2009 se volvía eterna, o nuestros jóvenes más inteligentes tenían que emigrar para labrarse un futuro, el déficit insalvable, la corrupción, las pensiones en la cuerda floja ―casi un sueño en el futuro como el de la independencia―, el paro que no termina de bajar, la sanidad sin presupuesto, los colegios bajo mínimos; pues ahora, cuando el virus entra en Europa, nosotros ahí también los primeros, no fuera a ser… Joder, si hasta el rey emérito ha decidido largarse del país porque no aguantaba el bochorno…

La verdad es que es para mear y no echar gota, para salir corriendo y no detenerse hasta llegar a Marte.

Pero no os desesperéis. Coged un buen libro y sentaos con tranquilidad a disfrutarlo, porque creedme si os digo que como todo en esta vida, lo del COVID acabará pasando, y seguro que entonces recuperaremos eso que hemos perdido hace unos meses sin comerlo ni beberlo. Y ahora no hablo de los debates televisivos, ni de las elecciones cada seis meses, eso si Dios quiere tardaremos en volver a verlo. Me estoy refiriendo a las reuniones con los amigos los viernes en la terraza del bar, mientras nuestros hijos juegan a ser mayores con un móvil sin tarjeta. Las cenas con la familia, las verbenas de verano con la caja de sidra entre las piernas mientras escuchamos a Ráfaga como si estuviésemos en un concierto de los Rolling, o el Molinón hasta los topes llorando los goles del contrario; las manifestaciones en el barrio porque no se ve bien la tele, las bodas hasta las tantas de la madrugada bailando poseído con la tía del pueblo como si fuese esa tu última noche en la tierra. Los abrazos y los besos entre conocidos que hace tiempo que no se ven, las fiestas de fin de curso con espuma, y los carnavales, y el Domingo de Ramos bendiciendo la palma con la única intención de que la madrina suelte el bollo. Los viajes del INSERSO a Benidorm en noviembre para menear el esqueleto, los guiris, apelotonados en la playa empapándose de este sol tan nuestro hasta conseguir un bronceado tipo cangrejo, algo con lo que regresar a su país y presumir de quemadura con el vecino. Incluso los hippies agolpados vendiendo pulseritas en los mercados medievales, el descenso del Sella, el Xiringüelu un día más tarde, la despedida de soltero, la del jubilado que lleva cuarenta años en la empresa…

En fin, son tantas cosas las que hemos dejado de hacer, que aunque en España nos empeñemos siempre en estar a la cabeza de lo malo, hay algo en lo que nadie nos gana, y tal vez por eso nos critiquen desde fuera y seamos la envidia de todos los que vienen aquí por el verano y se desmadran sin control. A los españoles nos han enseñado desde pequeños el verdadero significado de la palabra VIVIR, y lo hacemos como nadie y siempre en compañía. Pase lo que pase.

Solamente tenemos que ponernos las pilas y hacer que entre todos, unidos en el respeto principalmente, logremos que este mal trago acabe pronto y no se nos vaya de las manos más de lo que ya se nos ha ido. Tratemos de proteger lo que tenemos y quitémonos de la cabeza eso de que España es un país de pandereta, porque es mentira, aunque pandereteros haya muchos. Esta es una nación rica en sentimientos y eso es lo que siempre nos ha unido, así que hagamos de nuestra manera de ser un baluarte para ganar esta batalla, y no miremos más arriba buscando responsables. Esto ha llegado aquí sin merecerlo, de acuerdo, pero ahora es cosa de todos, y cuando nos demos cuenta de ello, el camino hasta la salida se hará mucho más corto.

Es precisamente por esta fe que tengo en los que me rodean, por lo que, a pesar de todo, elijo no perder la sonrisa, aunque ahora nadie pueda verla porque una mascarilla oculta mi rostro.

Compartir