Indultos para los infectados

Seguramente, alguien habrá pensado al leer el título del artículo, que me iba a meter en el cenagal en el que andan estos días nuestros políticos chapoteando. Nada más lejos de la realidad. Dios me libre de colarme en el medio de un dilema que divide a esta nación en dos mitades equidistantes. Por un lado, los que tratan de vender el asunto como un paso hacia adelante, como un acto de confianza y buena fe para acercar posiciones con esa mitad de catalanes que sueñan con la secesión, cuando está claro que lo único que están haciendo es pagar el primer plazo del rédito político que compraron hace ahora un par de años; y por el otro, los que en lugar de presentarse como solución al problema, han decidido echar más leña al fuego de la que es capaz de soportar la hoguera. Estos últimos le están metiendo tanto combustible al dilema, que terminarán sofocándolo por falta de oxígeno, y serán ellos los primeros en pagar las consecuencias en unas próximas elecciones. Será ahí cuando se den cuenta de que el papel de pirómanos ya está copado por otros. Y entre tanto, los indultados, que en lugar de arrepentirse del pecado, están vendiendo esta decisión democrática y constitucional, que no se le olvide a nadie, como una derrota absoluta del Estado opresor que no les deja echar a esa misma hoguera de la que hablo la Carta Magna que ahora les ha dejado salir de la cárcel. En fin, como digo, prefiero no hablar de este tema porque no consigo verle nada bueno, lo mire desde el lado que lo mire.

Sí en cambio me ha parecido oportuno comentar esta semana lo ocurrido en Mallorca con ese montón de adolescentes, y no tan adolescentes, que se ha pensado como tantos otros primero, que lo del virus no iba con ellos. Y es que al final, la fiesta ha terminado con 1.200 contagios relacionados con este brote balear, más de 4.500 personas en cuarentena, alguno seguramente aterrorizado notando que el bicho volvía a estar cerca ahora que cada vez lo estamos viendo más lejos, y alrededor de unos 300 encerrados con pensión completa durante un par de semanas en bonitos hoteles con vistas al mar.
Bueno, pues con este panorama, justificando entre todos tamaña desfachatez con el discurso de lo difícil que es contener el ímpetu pubescente después de un año de restricciones, pues resulta, que hemos estado toda la semana viendo en televisión a unos cuantos cabreados por haberse quedado encerrados en la isla con todos los gastos pagados, en lugar de regresar a sus casas a continuar la fiesta con los amigos el fin de semana posterior al viajecito a Mallorca. Cabreados los reos, y cabreados los padres, que hablaban incluso de secuestro. Y me pregunto yo, ¿estaban estos, los enfadados, y los que no, que como siempre en estos casos pagan justos por pecadores, y esta vez también los hay que no se lo han tomado mal, como los hay que lo han hecho bien y han caído en el mismo saco que los imprudentes, tan preocupados por ver a sus padres cuando saltaban al calor de una hoguera en la playa, el día después de aterrizar en la isla, botella en mano junto con otros cientos que se habían olvidado por completo de dónde venimos este año tan largo? Pues seguramente no, como tampoco esos padres cuando decidieron financiar el viaje, con los dedos cruzados primero para que no sucediera nada de lo previsible, y con los ojos cerrados después para no ver las consecuencias del maremoto que provocó ese macrobrotellón de Mallorca, si se me permite la palabra.

Dicho esto, también soy consciente de que es muy complicado meter en la cabeza de algún chico de 17 años que el virus mata, porque su cabeza está repleta de muchas otras cosas difíciles de controlar a esas edades (parezco el abuelo cebolleta, lo sé). Y del mismo modo, entiendo que es complicadísimo gestionar para los padres esa revolución hormonal tan descontrolada en algunos casos. Así que no vamos a culparlos solo a ellos por lo sucedido. En esto también hay que sacarle los colores a los que autorizaron en Mallorca, y en otros sitios de este país en los que está sucediendo algo similar madrugada tras madrugada, que cientos de chavales se apelotonaran sin tener en cuenta ninguna medida higiénica en un momento en el que aún no hemos derrotado por completo al dichoso virus. Aunque creo que esto también ocurre porque los mensajes que se envían a veces desde las organizaciones son tremendamente contradictorios, por eso de guardar la imagen de tranquilidad con vistas al turismo, que no nos olvidemos, es la principal fuente de ingresos de esta nación regada por el sol del Mediterráneo.
Quizás por todo esto de lo que hablo, debemos ser un poco más comprensivos con lo  sucedido en Mallorca y pensar en concederles a los chicos el indulto, como ha hecho una juez en Mallorca dejando marchar a los que estaban en cuarentena, en lugar de criminalizarlos ahora que ya ha pasado. Si no a todos —porque igual que son mayorcitos para irse a coger una tranca a mil kilómetros de su casa, después de lo que llevamos encima, también lo son para saber cuándo hay que ponerse la mascarilla por mucho que alguno se quiera agarrarse ahora precisamente a la falta de supervisión—, al menos a los que visto lo sucedido han creído oportuno arrepentirse o incluso disculparse. Pero igualmente, me gustaría aprovechar estas pocas frases para recordarnos a todos que aunque el final del camino está cerca, debemos medir con calibre lo que hacemos, porque cualquier descuido nos vuelve a la casilla de salida antes de que nos demos cuenta, y creo que ya ha llegado la hora de dejar de contar muertos. Recordad, mientras no estemos todos vacunados, el virus seguirá corriendo entre nosotros. No estamos libres de contagiarnos y solo los que tengan ya la vacuna podrán pasar la enfermedad sin sufrir los efectos más graves. Si es ya es casi imposible evitar el contagio cuando el virus pasa cerca, por muy bien que lo hagas, qué decir si además nos dededicamos a montar fiestas multitudinarias.

Tenemos que empezar a vivir libres cuanto antes, pero todos, no solo los chavales. Y mientras no llegue la vacuna a la mayoría de la población, cada vida que consigamos salvar gracias al trabajo colectivo, habrá hecho que merezca la pena el esfuerzo.

Francisco Ajates

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